FERIA DE ZAFRA
UN ESPORTÓN DE OREJAS PARA TODOS LOS GUSTOS
Tres orejas para Ponce, otra vez pletórico y por fin bien con la espada, otras tantas para Ferrera, entusiasta y pueblerino, y dos para Rivera Ordóñez, valiente y torero en su despedida de la temporada. Desigual aunque con buenos toros la corrida de Santiago Domecq y lleno de no hay billetes
Plaza de toros de Zafra (Badajoz). 2 de septiembre de 2004. Segunda de feria. Mucho calor y llenazo. Seis toros de Santiago Domecq, bien presentados y de juego desigual con predominio de los nobles. Excelentes primero, segundo y quinto. Enrique Ponce (amapola y oro): Gran estocada, dos orejas. Buena estocada, oreja. Francisco Rivera Ordóñez (marino y oro): Dos pinchazos y estocada contraria, oreja. Buena estocada, oreja y petición de otra. Antonio Ferrera (burdeos y oro): Estoconazo caído, dos orejas. Pinchazo, otro hondo tendido y estocada, aviso y oreja. Los tres matadores salieron a hombros.
Ambientazo por todo lo alto y tarde feliz para todos los gustos. El llenazo se produjo por la fuerza del cartel, bien conjuntado para los varios gustos de los asistentes: La maestría indestructible de Ponce, la popularidad a flor de piel de Rivera y el muy querido en la región extremeña, Ferrera. Los tres salieron a por todos y fueron ampliamente recompensados. Nada que ver, sin embargo, las orejas que cortaron unos y otros porque en otros ruedos de más envergadura, no se hubiera concedido ninguna a Rivera tras matar mal a su primer toro ni a Ferrera por maltratar al estupendo sexto al que tampoco mató bien. Asimismo excesiva la segunda de este mismo en el tercero. Y justas las demás, sobre todo la tres que cortó Ponce que hizo lo mejor con mucho de la tarde.
Tras quince minutos esperando a que saliera el primer toro, al parecer mal encerrado en su chiquero, se dio salida al que debería haber sido cuarto. Precioso animal. La tarde empezó por ello con el trueno gordo de la traca. Enorme Ponce, le cuajó una de sus grandes obras – no sé cuantas lleva ya – y lo mató en corto y por derecho entre la sorpresa de los que llevábamos varias de sus tardes viéndole fallar con los aceros y pinchando obras realmente magníficas. ¡Alabado sea al Santísimo Sacramento! Y vaya usted a saber por qué Enrique una veces parece incapaz con la espada hasta la desesperación y otras el mismo "Frascuelo". Luego con el más difícil de los suyos, Ponce lo metió en su muleta como solamente él sabe hacerlo y aunque el bicho no se lo puso fácil para entrarlo a matar, volvió a enterrar el acero en lo alto y como mandan los cánones.
Rivera tuvo un lote complicado. Sus dos toros le miraron mucho, tanto o más que las mujeres que había en la plaza. No se arredró por ninguna de las dos clases de miradas. Las peligrosas de los toros la encaró con fibra y torería. Las de las damas, con las suyas. La gente se deshizo viendo a Francisco en persona. Sonriente, feliz y emocionado cuando brindó a su cuadrilla el último toro de su temporada.
Y Antonio Ferrera, como pez en el agua. Totalmente desinhibido con capote, banderillas y muleta, se hartó de pegar saltos, quiebros y requiebros con la velocidad que le suele empujar y más en su tierra. Su desmesura y ordinariez alcanzaron grados inenarrables con el estupendo sexto que desperdició eternizado en su intención, supongo, de cortarle un rabo. Se pasó tanto que tuvieron que avisarle desde el palco, falló a espadas y tuvo que contentarse con una sola oreja. El público no cesó de jalearle y él tampoco de exhibirse. Todo un poema que acabó con los tres toreros a hombros y la gente encantada de no haberse perdido el triunfal acontecimiento.