José Antonio del Moral
FERIA DE
FLOJEARON LOS CUVILLOS
PERO NO CESAR JIMÉNEZ NI CASTELLA QUE, ADEMÁS, YA MATA
El gran torero francés corto
un par de orejas y otra que pudieron ser dos el de Fuenlabrada
frente al sexto toro, el mejor y más entero ejemplar de la muy bien presentada
aunque desigual corrida de Núñez del Cuvillo en la
que la peor parte le correspondió a El Juli, muy
eficaz con el gazapón que abrió plaza del que perdió un apéndice por fallar a
espadas. Así terminó esta feria que ha vivido la recuperación de
Nueva plaza cubierta de Vitoria. 9 de agosto de
2007. Sexta y última de feria. Tarde cálida con más de tres cuartos de entrada.
Seis toros de Joaquín Núñez del Cuvillo, muy bien
presentados y en su mayoría descarados de cuerna. Dieron juego muy desigual con predominio de los
flojos. Los más deslucidos fueron el primero por muy gazapón aunque con nobles
intenciones y, sobre todo, el tercero y el cuarto, realmente impracticables por
derrengados. El lote medio fue el compuesto por los toros segundo y quinto. Y
el mejor de los seis resultó, con mucho, el sexto por su extrema docilidad. El Juli (azul mahón y oro): Más de media trasera atravesada y
dos descabellos, ovación. Casi entera, silencio. Sebastián Castella
(fresa y oro): Estoconazo trasero, aviso y oreja.
Pinchazo arriba y gran estocada, oreja. Cesar Jiménez (purísima y oro):
Estocada corta tendida, dos pinchazos y estocada, silencio. Pinchazo, buena
estocada y descabello, oreja. Curro Molina sobresalió en palos.
Hay que celebrar por todo lo alto la más que
evidente recuperación de la feria de
Buena prueba de lo que digo es cuanto ocurrió
ayer durante la lidia del sexto toro. Que la banda de una de las peñas de
blusas se adelantó a la banda municipal con el pasodoble “Ópera Flamenca”
magníficamente interpretado y todo el público empezó a palmotear al compás de
la melodía, por otra parte a tono con la pulquérrima faena de muleta que
acababa de iniciar Cesar Jiménez. Animado así el ambiente, también Cesitar se fue arriba y lo que empezó siendo un trasteo
simplemente delicado y suavecito, terminó en gran y honda faena que, si no
terminó con la salida del torero por la puerta grande, fue porque pinchó entes
de agarrar una gran estocada. Bien de verdad anduvo Cesar Jiménez con este toro
que compensó el calamitoso juego que dio su anterior y tercer toro con el que
no pudo lucirse, sino querer mucho sin poder hacerse con las continuas huidas y
cabezazos que pegó el animal.
El Juli anduvo de
notable alto con el imparable gazapón que abrió plaza. Lo paró, lo sujetó y lo
toreó sobre la mano derecha como solo los más privilegiados podrían hacerlo con
un toro tan incómodo aunque en el fondo tuviera nobles intenciones. Pero falló
Julián con los aceros y la que podía haber sido primera oreja de la tarde quedó
en ovación. Brindó inexplicablemente el aún más deslucido cuarto y bien que lo
sintió porque ni él mismo logró hacerle casi nada, culminando así El Juli una de las pocas corridas de este año en las que no
tocó pelo.
Quien sí lo tocó y por partida doble fue
Sebastián Castella a quien vimos totalmente repuesto.
Hace pocos días, concretamente en El Puerto de Santa María, volvió a coger el
sitio que había perdido con la espada y, como si se hubiera obrado un milagro, pudo
respirar tranquilo sabiéndose seguro en la suerte suprema. Y es que tantos
pinchazos después de tantas buenas faenas le tenían tan acomplejado que incluso
con la muleta parecía haber perdido ilusión y brillo. Ayer ya era otro hombre
aunque, como siempre capaz de meterse en cintura frente a toda clase de ganado
con la impávida quietud, el incuestionable aguante y el envidiable sentido del
temple que le son propios.
Su primer toro de Cuvillo
le permitió al final acercarse y aquietarse al límite de lo imposible como es
su gusto hacerlo al final de sus faenas. En esta primera faena, por cierto,
tuvo que tirar del toro en todos los pases porque el bicho no se le vino nunca
por su cuenta. Pero el quinto sí. Sin embargo y aunque también noble, este toro
no admitía cercanías ni ahogos y por eso Sebastián lo toreó citándolo casi siempre
desde largo o desde la media distancia y perdiéndole pasos entre pase y pase y
dar el hueco que el animal necesitaba para acudir con brío gracias a la inercia
de cada viaje. Lo difícil fue aguantarle siempre hasta engancharlo y llevarlo
muy templado. De ahí que, ya desengañado y entregado el descaradísimo animal, Castella hasta pudo ligar algunas tandas sin pausas ni
esperas. La meritísima obra caló tanto en el público que, pese a pinchar una
vez antes de recetar la gran estocada con que mató, le fue concedida otra
oreja. Bien por Castella y por lo que nos espera
mañana en Dax donde, en terreno propio, se enfrenará
con José Tomás por primera vez desde que el francés es figura del toreo. Desde
allí les contaremos.