José Antonio del Moral
FERIA DE
IMPORTANCIA Y TRASCENDENCIA
DE
Los resultados de la quinta
corrida de la feria de Vitoria no habrían sido los que fueron de no haber
fallado Enrique Ponce a espadas tan estrepitosamente y si Manzanares hubiera
matado de una estocada en lo alto en vez del bajonazo con que liquidó al sexto
toro, un sobrero muy entero y complicado de Mercedes Pérez Tabernero. El
valenciano habría cortado tres orejas, dos el de Alicante y ambos hubieran salido a
hombros mientras El Cid lo habría hecho como lo hizo, a pie tras cortar una sola oreja del mejor de
los cinco mansos lidiados de Puerto de San Lorenzo gracias a la estocada que
pegó porque, salvo con el capote, no anduvo fino ni confiado el de Salteras en
radical contraste con las dos lecciones que dio Ponce y con la muy importante
faena que llevó a cabo Manzanares.
Nueva plaza de toros de Vitoria. 8 de agosto de
2006. Quinta de feria. Tarde fresca con más de tres cuartos de entrada en plaza
semicubierta. Cinco toros de Puerto de San Lorenzo,
enormes y sobrepesados con tres sin trapío – los
primeros – y dos más cuajados, bastante más armados y mejor hechos (cuarto y
quinto). Todos mansos en distintos grados salvo el quinto que fue el único
bravo y el de mejor comportamiento aunque no para tirar cohetes. El primero,
manejable pero si fuerza y huidizo, el segundo se metió por lo dos lados, sobre
todo por el derecho por donde evidenció peligro desde que salió. Y el tercero,
absolutamente imposible porque se paró. El cuarto se dejó sin humillar nunca
por falto de raza y de fuerza. Por devolución del derrengado sexto, un sobrero
muy serio de Mercedes Pérez Tabernero, muy manso en varas por lo que llegó a
banderillas insuficientemente castigado y a la muleta casi entero, resultando
apenas manejable por el lado derecho sin humillar y abriéndose, y muy incierto
por el izquierdo. Enrique Ponce (celeste y oro): Seis pinchazos y descabello,
aviso y silencio tras fuerte división de opiniones. Dos pinchazos y estocada,
aviso y petición con posterior vuelta al ruedo. El Cid (burdeos
y oro): Estocada ladeada, silencio. Estocada, oreja. José María Manzanares
(turquesa y oro): Pinchazo hondo arriba y dos descabellos, silencio. Estocada
baja, oreja. Bien a caballo Chocolate. Tanto en la brega como en palos destacó
Curro Javier.
Enrique Ponce hizo el paseo descubierto porque
debutaba en esta nueva plaza de Vitoria. También yo me sentaba en una localidad
de sus tendidos por primera vez. Cuando fui a verla por la mañana, ya me había
impresionado su gran solidez, su espléndida funcionalidad y hasta su empaque
pese al enrevesado modernismo de su cúpula móvil y acristala sobre un
espectacular entramado de acero parecido al de las plazas también cubiertas de
San Sebastián y de Logroño. La verdad,
me gustó esta nueva plaza donde, por cierto, nos refugiamos del frío reinante
en una medio nublada e invernal Vitoria.
A Ponce también le debió gustar mucho el nuevo
coso porque, además, allí no podía molestar nunca el viento que tanto inquieta
a los toreros. Por eso puso tanto empeño en triunfar. Se esmeró incluso en
demasía con el enorme toro aunque sin fuerza ni trapío que abrió el festejo,
utilizando todos los recursos técnicos posibles para pasarlo de muleta. Un trabajo
ímprobo aunque en apariencia intrascendente dada la aplastante sosería del
animal que, si bien fue noble, no trasmitió nada al público que casi llenaba
las 8.500 localidades con ganas de divertirse y que entes de paseíllo ya se
había animado con las charangas de algunas peñas de blusas - ¡volvieron por fin
aunque no todas¡ - y, sobre todo, con la estupenda banda Les Armagnac de Eaux que hasta
atacaron el pasodoble España Cañí entre el regocijo
de no pocos hartos ya de tantos nacionalismos irredentos.
Tanto trabajó Ponce que hasta podría haber
cortado una oreja si hubiera matado a la primera. Simplemente a la primera,
fuera la estocada como fuese. Pero mató a la séptima. Un desastre en el que el
mayor culpable sigue siendo el frustrado matador que lo sigue siendo de jure
pero no de facto porque en vez de echar la muleta a las pezuñas del toro se la
echa a los ojos y en vez de llevar la mano que mata por delante, ataca con
retraso.
La corrida se precipitó después en un pozo de
total aburrimiento por la inapelable mansedumbre de los dos toros que siguieron
de Puerto de San Lorenzo, otros dos “armarios” sin trapío que no sirvieron para
nada positivo. El de El Cid se metió por los dos pitones y aunque el de
Salteras lo intentó torear, solo consiguió desesperarnos porque, además de no
ponerse casi nunca en el sitio y de tener por ello que quitarse feamente a la
hora de aguantar los acosones del animal, se eternizó
sufriendo avisos de cogida que, por pura fortuna, no llegó. Manzanares no estuvo delante del tercero durante
tanto tiempo aunque sí con otro talante más torero y más atractivo, momento en
el que yo comenté que si su padre se hubiera encontrado con un toro así, se lo
hubiera quitado de en medio sin contemplaciones.
Una vez en el ruedo el mejor hecho y mucho más
armado cuarto, Ponce se animó con las buenas y más alegres arrancadas del toro
y enseguida vimos que podría contecer un faenón del valenciano. Pero el toro embistió siempre por
arriba, desrazado, y no hubo faenón
pero sí una faena modélica de lo que es torear a media altura. Algo que es
dificilísimo de conseguir porque el toro siempre ve al torero mientras pasa y
hacen falta unas dosis de valor y de temple tan grandes que a la mayoría de los
coletudos les parece imposible y más si hay que hacerlo en más de treinta
muletazos. Lo cierto fue que Ponce dio de nuevo una lección y como, además,
supo venderla maravillosamente y prorrogarla con elegantísimos y bellísimos adornos,
la gente se volcó a la espera de que acertara con la espada. Pero otra vez
falló y las dos orejas se le escaparon de las manos pero no la vuelta al ruedo
que esta vez quiso dar como señal de sus indisimulados
deseos de pasear triunfalmente el anillo en esta nueva plaza. Momento agridulce
en el que pregunté a mis amigos vecinos hasta donde hubiera llegado el número
de orejas cortadas por Enrique en su vida de haber sido solamente un mediano
matador. Al más del doble de las que suma. Y es que Ponce casi siempre fue una
calamidad en la suerte suprema hasta el punto de haber perdido salir por la
puerta grande de Madrid más de diez veces y al menos ocho rabos en
Espada que sí le funciona ya a El Cid y de qué
modo, como también progresa día a día en el toreo a la verónica que, ahora mismo,
suele interpretar como pocos. Tanto en el recibo como en el quite en el quinto
toro – el mejor y más claro de los corridos – El Cid puso a todos de acuerdo
con el capote. Pero no con la muleta que volvió a utilizar sin precisión e
inseguro, demasiado prudente, por las afueras y por ello sin lograr la redondez
en una faena que apenas encontró firmeza ni solución hasta terminar con
detalles de mal gusto como el de echarse la “manta” al hombro tras un abaniqueo
que no vino a cuento aunque, finalmente, lo arregló todo a volapié y por eso
cortó la primera oreja de la tarde. ¡Fíjense, si no, lo mucho que arregla las
cosas una buena estocada!.
Un bajonazo – posiblemente accidental por la
gran alzada del sobrero de Mercedes Pérez Tabernero en el momento de arrancar – le quitó la
segunda oreja a José María Manzanares que habría logrado en buena lid gracias a
la importante faena que hizo al sexto. Compendio de valor, de inteligencia y
buen gusto, Manzanares volvió a demostrar que estamos ante un torero de enorme
relevancia. Nada fácil este sobrero que, además de llegar muy entero al último
tercio, resultó incierto por el lado izquierdo y por el derecho embistió altivo,
como desentendido y abriéndose demasiado, lo que José María solucionó llevando
siempre la muleta muy adelantada sin dejar que el toro la perdiera nunca de
vista o la enganchara. Fue un placer verle tanto por cómo resolvió el trance
como por cómo fue poco a poco convirtiendo el vino avinagrado en vino añejo con
solera.