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José Aº del Moral |
8ª DE LA FERIA DE SAN JAIME EN VALENCIA JOSÉ MARÍA MANZANARES JR. ECLIPSA EL TRIUNFALISMO DE "EL JULI" Y DE BARRERA EL CALMADO Y ELEGANTÍSIMO TOREO DE JOSÉ MARÍA MANZANARES MERECIÓ LOS HONORES DE UNA SALIDA A HOMBROS QUE TAMBIÉN LOGRÓ "EL JULI" POR UNA LABOR PRODUCTIVISTA Y QUE VICENTE BARRERA BUSCÓ SIN CONSEGUIRLO EN UNA CORRIDA DE DANIEL RUIZ QUE DIÓ DE TODO |
LA OPINION DE QUIEN DICE LO QUE PIENSA |
Valencia. Plaza de la calle Xátiva. 26 de julio de 2003. Octava de feria. Calor sofocante y más de tres cuartos de entrada. Cinco toros de Daniel Ruiz Yagüe, desigualmente presentados, justos de fuerza y de vario juego, destacando por su mayor nobleza primero, quinto y sexto. Deslucidos aunque manejables los otros dos y devuelto por su nulo trapío y extrema debilidad el tercero, se corrió un bonito sobrero completamente rajado e imposible de "El Casillón". Vicente Barrera (marfil y oro): Estocada desprendida, oreja e injustificada petición de otra en la que participó con descaro el propio matador. Pinchazo, estocada baja y tres descabellos, vuelta por su cuenta a pesar de las protestas al iniciarla. "El Juli" (añil y oro): Estocada corta atravesada caída y tres descabellos, silencio. Estoconazo trasero desprendido, dos orejas con ligeras protestas para la segunda. José María Manzanares (turquesa y oro): Gran estocada al hilo de las tablas, palmas. Buena estocada, dos orejas pedidas con unánime clamor. "El Juli" y Manzanares salieron a hombros.
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Vicente Barrera necesitaba triunfar a cualquier costa porque Valencia es su principal feudo y aquí basa su cada vez más difícil presencia en las demás ferias. "El Juli" también porque, aparte la desigual campaña que corroe su enorme prestigio, en Valencia no había cortado ninguna oreja en sus anteriores actuaciones de este año y no era cosa de irse de vacío después de haber logrado altas cotas en Mont de Marsan y con el último toro de su encerrona en Santander. Para la ocasión ambos eligieron la corrida más fácil de las contratadas por la empresa y la compañía del nuevo Manzanares que cerraba el cartel con más fuerza del ciclo. Por eso casi se llenó la plaza de gentes dispuestas a premiar a sus ídolos a poco que lograran lucirse. A Barrera le suelen regalar todo en el patio de su casa y como siempre le tocan los mejores toros, no fue de chocar que su primero fuera uno de los más proclives del envío de Daniel Ruiz. Algo distraído y huidizo, Barrera lo sujetó templado con el capote y no tanto con la muleta en una muy larga y monocorde faena que acabó en tablas con feas roblesinas y un espadazo suficiente. La gente, que apenas había jaleado el trasteo, se aplicó a pedir las orejas del bicho con el griterío habitual, logrando una del palco negado a dar la segunda con razón mientras los tendidos continuaron demandado el despojo y, lo más insólito, también el matador que lo hizo sin disimulos ni dignidad. Manso, cambiante, rebrincado y algo gazapón el segundo ejemplar del campo albaceteño, "El Juli" sólo pudo cubrir un muy gris expediente que terminó mal con la espada. El tercer toro, una birria sin pitones ni fuerza, enfadó al público y fue devuelto sin más contemplaciones que los infructuosos intentos del nuevo Manzanares por sostenerlo. Circunstancia que hubo de repetir con el sobrero, rajado desde que salió y muy pronto aculado en tablas, donde el alicantino entró a matar con tan buen estilo como sorprendente decisión.
Así estaban las cosas después de la merienda. Ganaba Barrera, perdían sus colegas y nada especial ni de premio en el recuerdo. No fue tan bueno el cuarto como el primero y tampoco la ramplona faena que Barrera enjaretó hasta necesitar cinco agresiones con los aceros para clausurarla. Perdida definitivamente la ocasión de doblar el triunfo y de salir a hombros, Barrera decidió dar una vuelta al ruedo sin que la pidiera nadie y la dio entre palmas y protestas, supongo que en su desesperado intento de sumar méritos contables a su actuación. Muy chico, bizco, blando y noble el quinto, "El Juli" le cuidó y a la postre le banderilleó y toreó con tanto entusiasmo como vulgaridad aunque con la suficiente intensidad y entrega para que la obra tomara vuelo y llegara al tendido la pasión. A muchos les pareció que "El Juli" debería haberse contentado con una solitaria oreja y por eso protestaron la segunda que el presidente concedió perdiendo la ecuanimidad por término de comparación con su negativa anterior. Mientras "El Juli" daba su vuelta al ruedo, en los tendidos de sombra una señora julista agredió a un inconforme espectador y se armó el lío consiguiente con la detención de la dama y su expulsión al tiempo que alguien tiró un gallo al ruedo que no paró de escabullirse de los que le persiguieron hasta que un peón lo cazó. Pero salió el sexto y se acabó el carbón.
Bonito el toro, muy noble y flojo también, el nuevo Manzanares no acabó de confiarse con el capote y Barrera se lo descubrió en un quite de supuesto perdón. Hasta que, de pronto, cambiaron por completo el ambiente y la decoración. Manzanares se estiró y, !cómo se estiró¡. Planta principesca, dulzura imperial, calma infinita, temple colosal. Olor, color y sabor en cada uno de los muletazos que engarzó al tiempo que los olés rugieron extensos y mecidos al compás del sentimiento con que el nuevo matador fue sembrando el ruedo de pinturas y pasión. Era su primera faena en una plaza de primera categoría y Manzanares la cuajó con tanta distinción que eclipsó por completo todo lo anterior. Y ya no hubo discusión sino unánime entusiasmo de los que le habíamos visto y de cuantos todavía no. Cuando Manzanares creyó que era suficiente y se fue desde los medios a las tablas para cambiar la espada de madera por la de verdad, lo hizo andando lentamente y sin ninguna prisa, como si no necesitara más, como si ni siquiera tuviera que entrar a matar en un sencillo ademán de ahí quedó eso para la eternidad. Pero cuando volvió a la cara del toro vino lo mejor, dos ayudados por alto, dos por bajo y un cambio de mano resuelto en pase de la firma que nunca olvidaremos porque fue la rúbrica de una faena de ruptura. La luminosa obra de quien parece al fin dispuesto a poner un punto y a parte estelar que rompa con la monotonía reinante y acabe con la depresión. La estocada, tan buena o mejor que su anterior. Las dos orejas, de las de verdad. Mientras se llevaban a hombros al hijo de Manzanares, la gente abandonó la plaza feliz por el descubrimiento y deseando volverlo a ver. !Qué bonito¡. Regresa la ilusión.