José Antonio del Moral

LOS TOROS EN INVIERNO

QUE NADIE SE ENGAÑE: SI LOS MEXICANOS ROMPIERAN EL CONVENIO, LA SITUACIÓN ALLÍ SERÍA

AÚN PEOR DE LO QUE VIENE SIENDO

LA CERRIL EXIGENCIA DE QUE EN LOS FESTEJOS QUE ACTÚEN DIESTROS EXTRAJEROS TENGAN QUE PARTICIPAR ESPADAS MEXICANOS EN EL MISMO NÚMERO E IDENTIDAD PROFESIONAL, ADEMÁS DE SER UN DISLATE ABSOLUTAMENTE CONTRARIO A LA LIBERTAD DE CONTRATACIÓN QUE MÁS CONVIENE A CUALQUIER MANIFESTACIÓN ARTÍSTICA, PODRÍA ARRUINAR LA FIESTA BRAVA EN EL GRAN PAÍS HERMANO. YA QUISIÉRAMOS TODOS QUE TANTO DE MÉXICO COMO DE CUALQUIER OTRA PARTE DEL MUNDO, AUNQUE FUERA DE LA MISMÍSIMA CHINA, SURGIERAN NUEVAS, NUMEROSAS Y ATRACTIVAS FIGURAS DEL TOREO

Ahora que tan en boga están los nacionalismos y sus caprichosas cuando no alocadas imposiciones gracias a la catastrófica gestión de nuestro actual presidente Zapatero quien, desgraciadamente, sigue malbaratando a imparable velocidad la estabilidad que gozaba España, también los nacionalistas del toreo en México pretenden implantar sus más particulares intenciones sin darse cuenta que – al igual que en España está ocurriendo con la política – tales dislates suelen conducir a la ruina de todos empezando por la que los promueven.

La alarmante situación que desde hace años atraviesa la Fiesta Brava en México - nuestro muy querido país hermano y desde siempre segunda patria del toreo mundial - se está convirtiendo por momentos en un espectáculo casi impracticable por ruinoso.

La gente no va a los toros en número suficientemente grande para hacerlos rentables salvo en muy pocas y particulares ocasiones, sencillamente porque en la mayoría de las corridas los espectadores se aburren sin remedio. El progresivo descastamiento cuando no la degeneración que sufren la mayoría de las ganaderías mexicanas y, consecuentemente, lo que de ello depende la formación de nuevos toreros – sin materia prima mínimamente brava es imposible conseguirlo – está llevando el toreo mexicano a una tumba ya abierta de par en par a la espera de los últimos cadáveres.

Si en España muchos hablan desde hace tiempo de crisis taurina, lo de México es un cáncer con metástasis por todo el cuerpo. Si aquí en España nos quejamos de que no hay suficientes figuras y de que las que todavía siguen en activo están desgastados pese a su plenitud artística – lo que no obsta para que las ferias más importantes sigan siendo un éxito de público aunque no tanto en el aspecto artístico - en México el panorama resulta desolador porque los pocos toreros aztecas que destacan con "Zotoluco" a la cabeza no son suficientemente atractivos y las figuras más o menos brillantes que les llegan de afuera, sobre todo desde España, padecen allí los mismos o parecidos síndromes que los que sufren sus colegas mexicanos.

Cuantos en México llevan años imponiendo cerrilmente que en todos los festejos que actúen diestros extranjeros tengan que participar obligatoriamente igual número de espadas nacionales de idéntico grupo profesional (tampoco para ellos un rejoneador puede contabilizar la paridad con un matador de a pie), no se dan cuenta de que, a la postre, están tirando piedras contra su propio tejado. Pues si los públicos apenas van a ver a sus toreros y algo más a la inmensa mayoría de los nuestros, de quedarse solos con los de allá, tendrán que apagar la luz y cerrar la tienda. ¡Qué más quisiéramos todos los aficionados del mundo que tanto de México como de cualquier confín, hasta de la mismísima China, surgieran nuevas, numerosas y atractivas figuras del toreo¡.

Fue por ello una torpeza que las agrupaciones profesionales españoles firmaran un acuerdo con sus colegas mexicanos por el que se aceptaba la imposición absolutamente paritaria en número y clase de éstos últimos siempre que actuaran con extranjeros porque, digan lo que digan los más directamente implicados desde sus respectivos cargos directivos - tanto allí como aquí toreros sin vitola ni profesionalismo acreditado –, no es lo mismo ver una corrida con tres figuras que otra con uno y otros dos que no lo son. Como dicho sea de paso tampoco el relleno con rejoneadores por buenos que sean, artilugio que las empresas han venido utilizando como explicable fórmula para paliar de alguna manera la sinrazón de tener que programar a cuatro matadores con ocho toros cada vez que dos de los anunciados son extranjeros.

Si esto se llevara a cabo en otra clase de espectáculos, si cada vez que en cualquier parte cantara, por ejemplo, un famoso extranjero hubiera que dar la misma cabida a otro sin la misma categoría del país que organiza el evento, el negocio de la música también empezaría a resentirse. La situación que atraviesa la Fiesta en México no está precisamente para que la dejen aislada del resto del mundo taurino y si quienes así lo intentan lo consiguieran, terminarán viéndose ahorcados en su propio patíbulo.

Tendrían que hacer todo lo contrario: Procurar en la medida de lo posible juntar a los mejores toreros en muchos más festejos, fueran de donde fuesen, para que los públicos se engancharan de nuevo a las corridas de toros. Y ello además de propiciar que las reses de lidia volvieran a ofrecer garantías suficientes en cuanto a trapío y a comportamiento más bravo y más encastado del que últimamente exhibe el ganado mexicano.

Persistir en lo que ahora ocurre es ya está resultando demasiado peligroso. Pero lo sería aún más, instalarse en espectáculos limitados a participantes locales sin que nadie disponga atender urgentemente lo que más necesita la Fiesta en México: la búsqueda y formación de nuevos valores que verdaderamente sean capaces de ejercer como figuras con todas sus consecuencias, en todas las plazas del mundo y no sólo en las mexicanas. Cuestión que, para colmo y de llevarse a cabo, costaría al menos cinco años.

¿Por qué se llena La México todos los años en la corrida conmemorativa del 5 de febrero?. Simple y llanamente: porque en esta ocasión actúan tres o cuatro figuras que casi siempre ofrecen un gran espectáculo. Ahí es nada: ¡La México llena hasta los topes y en todo su esplendor!. Un acontecimiento de reconocida e inigualable magnitud mundial. ¿Es o no lógico que nadie se lo quiera perder y que hasta México lleguen cada año centenares de aficionados extranjeros desde Europa y de toda América para presenciarlo?. Pero por desgracia, esto solamente sucede ese día.

Si ni siquiera Enrique Ponce logró algo más de media entrada de la Monumental de Insurgentes en su segunda corrida de la presente Temporada Grande a pesar de las cuatro orejas y el rabo que había cortado en la primera, fue porque sus compañeros de cartel de ese día no ofrecieron mayor interés al público en general ni, por tanto, hubo la más mínima atracción competitiva que alterara los ánimos de la colectividad potencial que, nadie lo dude, sigue existiendo aunque viva su afición alejada de la plaza de esa inmensa ciudad que ya todos llamamos Distrito Federal.

Me han contado que en la corrida que mentamos muchos espectadores llegaron a la plaza con intencionado retraso para ver exclusivamente a Ponce. Que para empezar lo consiguieron con el tercer toro – fue tarde de alternativa que no apadrinó el valenciano -. Que tras la actuación inicial de la gran estrella – otra vez magistral logrando partido milagroso frente a dos toros podridos aunque de nuevo fallido con la espada - muchos espectadores abandonaron los tendidos hasta regresar para verle otra vez con el quinto. Y que, una vez muerto y arrastrado este animal, muchos más huyeron definitivamente sin esperar a que finalizara el festejo.

¿Quieren más, o tapo?.

P/D. Al terminar este artículo me llegan las sorprendentes a la vez que sensatas declaraciones del matador mexicano, Humberto Flores, cuarto participante en la corrida del domingo 11 de diciembre en la Monumental México junto al rejoneador azteca, Rodrigo Santos, y a los diestros españoles "Finito de Córdoba" y "El Fandi". Con toda la razón del mundo se queja Humberto de la persecución y de los insultos que le dedicaron antes, durante y después de la corrida en los que se le acusaba de traidor a sus colegas mexicanos por acceder a torear en este festejo que, según la agrupación de matadores aztecas, contravenía lo acordado con los españoles, argumento suficiente para proceder a la ruptura del convenio. De las manifestaciones de Umberto Flores se deducen algunas conclusiones: Que lo que en el fondo y una vez más se pretende es apartar a Rafael Herrerías de la plaza México y que a los agrupados les preocupa esto mucho más que ayudar a sus miembros. Las valientes declaraciones de Humberto Flores han desbaratado el sucio tinglado en el que también participa parte de la prensa siempre enemiga de la actual empresa. Desde luego discutida y discutible como cualquiera otra que estuviera al frente de la Monumental. Sin embargo, conviene recordar que quienes hace doce años abrieron la a cal y canto cerrada plaza México fueron precisamente Miguel Alemán ayudado por "Televisa" con Herrerías al frente del equipo gestor. Al fin y al cabo y a pesar de los pesares, a ellos se les debe que en México se sigan celebrando corridas de toros.