José Antonio del Moral
CONCLUSIONES SOBRE LA GRAN TEMPORADA 2005
LOS TOREROS (III)
LA CUESTA ARRIBA DE CASTELLA Y LA CUESTA ABAJO DE "EL CID"
Sebastián Castella (65 corridas, 62 orejas), terminó ocupando el cuarto lugar en el rankig. "El Cid", el noveno (59 festejos y 57 orejas) por culpa de sus varios percances, el último de ellos antes de torear la Goyesca de Ronda, en donde se resintió de una grave y reciente luxación en el brazo derecho que le obligó a cortar su temporada por lo que perdió todas las ferias de septiembre y octubre. También Castella cayó herido de gravedad, aunque mucho antes, en su única tarde de la Feria de Abril de Sevilla. Ambos, ya cosidos a cornadas, fueron los dos principales protagonistas del año aunque cada uno por su lado, con trayectorias muy distintas y finales asimismo opuestos. El sevillano empezó por todo lo alto y con todo a favor pero acabó bajo de forma, mermado de sitio y, por lesionado, en el dique seco. El francés, por el contrario, empezó en la cama y terminó cuajándose en figura y como máxima esperanza de cara al inmediato futuro.
Sebastián Castella lo consiguió incluso a pesar de su habitual mala suerte con el ganado. Casi ninguno de los toros que le correspondieron fueron fáciles y muchos casi imposibles. Anduvo por encima de todos. Pese a ello, en San Isidro la presidencia le quitó dos puertas grandes y en Otoño una oreja ganada en toda lid. Curiosamente y lo digo como síntoma característico que distingue a las figuras, Castella tuvo en contra a los del tendido 7 y a sus satélites "batasunos". Buena aunque incómoda señal de la que, por cierto, no disfruta "El Cid", torero gestualmente sumiso a los reventadores. Tomen nota los más estudiosos e interesados en el tema.
Una vez sobrepasado el rubicón isidril - ciclo del que Sebastián Castella salió en gran triunfador moral y reforzado - y con más suerte con el ganado en las ferias que siguieron, fue conquistando plaza a plaza con las faenas más comprometidas y emocionantes de toda la campaña. Algunas, verdaderos monumentos al toreo más caro de hacer en el que aunó valor, entrega, técnica, ajuste, quietud, intensidad y temple hasta convencer a todos los que le vieron destapar su misterio tan solo empañado a veces con la espada, lo que le privó de cortar muchas más orejas. Sorprendió a la mayoría de los aficionados. Castella, además, logró tapar los defectos de las reses en muchas de sus actuaciones, consecuentemente a su distinguida y precoz maestría. Memorables resultaron sus actuaciones más brillantes en como las de Pontevedra, Almería y San Sebastián de los Reyes. Y especialmente en Bayona y Nimes, plazas de las que salió coronado como el mejor de los toreros que ha dado Francia a lo largo de su historia.
Capítulo aparte merece, precisamente, la irresistible ascensión de Sebastián en su país natal, donde curiosamente había sido injustamente minusvalorado e incluso despreciado por parte de la crítica y por algunos empresarios a los que ha dejado en ridícula evidencia. A partir de ahora, será Castella quien disponga lo que quiera torear en las ferias galas y no las empresas ni sus empleados mediáticos que tanto le detestan. Y al que le pique, que se rasque. El crédito y todas las puertas del toreo están definitivamente abiertos para Sebastián Castella, la auténtica gran revelación de la pasada temporada en su todavía tierna juventud. Una feliz cuesta arriba en la que Sebastián subió todos los peldaños con desahogo y resultados cada vez más brillantes.
En un trayecto diametralmente inverso, Manuel Jesús Cid, "El Cid" arrancó este año viento en popa y a toda vela tras varias temporadas apuntando serias posibilidades de posible figura del toreo tan solo frenadas con sus pertinaces e inoportunos fallos con la espada. Se lo había ganado sin discusión en su meritísimo empeño de matar camadas enteras de Victorino Martín. Primero como imperiosa necesidad, dada su modestia profesional. Después, por puro y más fiel sentimiento a sus principios. Como ya podía, éste año decidió hacerlo solo en las plazas de primera categoría en las que, además, solió entrar anunciado junto a las máximas figuras y el detalle predispuso a la afición.
En Sevilla se disparó hacia la cumbre con una velocidad que no se veía desde hacía mucho tiempo. Aparte sus dos discutibles salidas por la Puerta del Príncipe – siempre lo fueron y lo seguirán siendo -, su gran faena con un difícil y muy encastado toro de Victorino en La Maestranza, fue quizá la obra más importante de toda la temporada. Pocos días después conquistó Madrid con otra gran faena a un excelente toro de "Alcurrucén" en la famosa tarde asimismo triunfal para Cesar Rincón. Y para rematar la cosa, a hombros en la Corrida de la Beneficencia. Otra Puerta Grande discutida y discutible aunque en indudable olor de multitudes, a partir de ese momento incondicionalmente volcadas con el torero de Salteras en todas partes, hiciera lo que hiciese.
Estado de gracia, pues, para "El Cid" con lo que tan favorable circunstancia lleva aparejado para bien y para mal. Porque si el favorecido no termina de creérselo y se aplica en repetir frecuentemente lo que le acaba de llevar a la cumbre, confirma un costoso aunque muy buen síntoma. Por el contrario, si el torero se confía, se aprovecha del favoritismo exacerbado del público y, en vez de persistir en su mejor versión, se tira por lo fácil, mal asunto.
Desgraciadamente, "El Cid" prefirió ir por el mal camino y aunque en tal o cual plaza volvió a repetir su versión más genuina del toreo, empezó a tirarse por lo fácil. Aunque siguió triunfando casi a diario, la irregularidad hizo su distorsionada aparición y, poco a poco, fue perdiendo fondo al tiempo que alterando sus magníficas formas. Para colmo, se metió – o le metieron - en la cabeza que tenía que adornar su sobrio y puro estilo, vender más ostensiblemente su mercancía. Craso error. Porque los adornos no le van para nada a "El Cid" ni, además, los sabe hacer y los resolvió con horribles y forzados ademanes. Peor aún sus sorprendentes, teatrales y achuladas salidas o mutis tras cada tanda mirando desafiante a los tendidos mientras se marcaba el paso de la oca. Todo un desproporcionado adefesio que, para más inri, casi nunca vino a cuento.
La última gran faena en versión marca de la casa que yo le vi a "El Cid" fue en la feria Burgos, donde por cierto también fue cogido por marear torpe e insensatamente la perdiz mientras se eternizaba buscando colocar al toro para entrarlo a matar en terrenos adecuados que no terminó de encontrar. Después de ese día previo a los Sanfermines y quizá por la cornada que acababa de sufrir – nada serio aunque por lo que ocurrió después, muy negativo - no volví a ver al gran "Cid" en ninguna otra plaza ni feria aunque en alguna ocasión se acercó a su mejor toreo con la izquierda como en la feria de Bilbao. Pero ya no era ni de lejos "El Cid" de Sevilla ni el mejor de Madrid.
Es verdad que su evidente y progresiva falta de sitio no le impidió seguir triunfando gracias al persistente apoyo de la mayoría de los públicos. Tan verdad como el cansancio que incluso se instaló en su semblante. Pendiente y anunciada desde marzo su encerrona en Sevilla con seis toros de distintas ganaderías y dado su decreciente estado anímico apenas sostenido por su incuestionable raza, lo mejor que pudo ocurrirle a "El Cid" fue no poder cumplir el arriesgado compromiso. El grave inconveniente de la luxación del codo de su brazo derecho que le obligó a cortar la campaña de raíz, fue el más triste y a la vez el más oportuno final de su cuesta abajo. Ese mejor mal que por bien no le venía destinado al torero de Salteras.
Lo que hace falta es que descanse, que se reponga y que medite. Todavía tiene una vuelta entera en figura por todos los confines. Será la próxima campaña cuando "El Cid" tendrá que pronunciar sus definitivas palabras.