José Antonio del Moral

TEMPORADA 2007

 

APUESTAS TORCIDAS, ILUSIONES TRUNCADAS

 

Sebastián Castella empezó muy bien este año pero no fue capaz de repetir su histórica campaña de 2006 y terminó tirando la toalla al tiempo que cambiaba de apoderados. José María Manzanares tuvo que abandonar antes de concluir una temporada espléndida, víctima de una extraña enfermedad. Alejandro Talavante asombró en las tres primeras grandes citas pero decepcionó en casi todas las demás, dejando un espacio abierto a la esperanza en sitios menores. Morante de la Puebla decidió cortar la que podría haber sido su mejor campaña tras una bronca con quien nunca debería haberle dirigido, Rafael de Paula. Por sufrir una grave lesión que le dejó en el dique seco casi dos meses, El Fandi no pudo terminar siendo líder por tercera vez consecutiva aunque anduvo a las puertas de lograrlo.   

 

Aparte lo que para Ponce y para las empresas que le tenían anunciado supuso tener que sustituirle en las últimas ferias como consecuencia de su lesión en Murcia, las temporadas de los cinco toreros que analizamos a continuación también se vieron interrumpidas por varios motivos. Lo que, asimismo, obligó a sustituirles y no siempre con diestros de igual categoría porque llegó un momento en el que, ante tantos percances y deserciones, no hubo manera de encontrar suplentes adecuados salvo honrosas excepciones. Tantos y tan abundantes contratiempos convirtieron en desconsoladora una campaña que había empezado con más fuerza atractiva y pasión que desde hacía mucho tiempo.   

 

 

LA DIFÍCIL ENCRUCIJADA DE SEBASTIÁN CASTELLA

 

El reto que todavía tiene por delante Sebastián Castella (noveno en el ranking con 67 corridas y 67 orejas) pese al lugar que ocupa en el toreo desde su histórica temporada de 2006, se le ha puesto aún más cuesta arriba tras los muchos traspiés y misteriosos sucesos que nublaron su campaña de 2007, cerrada precipitadamente con un parte facultativo que, de ser cierto, sería una excusa menos grave que las razones de fondo que dicen vinieron limitando el sitio y la frescura interpretativa del diestro francés a medida que fue avanzando su última campaña. Sobre todo después de la Feria de San Isidro. 

 

Feria de la que resultó triunfador como lo había sido en corridas anteriores dando la impresión de que volvía a estar dispuesto a dar otra batalla más. Y ésta, ya situado en la cumbre. Así lo pensaron también las empresas que enseguida le anunciaron en los carteles más atractivos y en los enfrentamientos más apasionantes con las máximas estrellas, bien en corridas normales o en varios mano a mano. Pero como acabo de decir, Castella perdió repentina e inexplicablemente el sitio con la espada inmediatamente después de San isidro y empezó a no cortar orejas. Primero tras muchas estupendas faenas. Después, sin andar tan dispuesto. Algo que también fue la causa de que, poco a poco, el torero pareciera no ser el mismo del año anterior. Y es que tantos fallos con la espada se convirtieron en preocupante obsesión y Castella se mecanizó cual funcionario simplemente dispuesto a cubrir cada expediente. Con mucho valor – el que tiene – pero sin espontaneidad, triste, cariacontecido, nada feliz. “¿Qué le ocurre de verdad a Sebastián?”, se oía decir por todas partes. Él mismo lo descubrió tras tirar la toalla después de un mano a mano con El Juli a primeros de septiembre en Dax en el que el gran torero madrileño no encontró competidor y tuvo que hacerlo consigo mismo. Terminado el evento, los más cercanos al espada galo, explicaron que su abandono se debía a la anemia ferruginosa que venía padeciendo. Pero esa misma noche se supo que Castella había procedió a despedir a su cuadrilla y a sus apoderados.      

 

Respetando, como no podía ser menos, las decisiones que Sebastián Castella tome al respecto de su administración – cada cual tiene todo el derecho del mundo a hacer con su vida particular y profesional lo que quiera –, parece más creíble explicar su inquietante cansancio por dolores del alma que por los del cuerpo, afortunadamente todavía muy joven. El año pasado hubo marejada en su muy particular y especial apoderamiento aunque, tras correr el rumor – cierto – de que iba a ser Martín Arranz quien se encargaría, a la postre continuaron al frente del “navío” Luís Álvarez y José Antonio Campuzano, si bien éste último hubiera seguido como consejero aún en el caso de haberse producido el cambio de Álvarez por Arranz.

 

Pero este año parece que las relaciones entre el torero y sus apoderados fueron empeorando y, aunque no trascendió, sí se intuyó al evidenciarse las progresivas baja forma y menor fondo del torero por aquello de que para torear hay que estar completamente relajados. Tras la “huída a Egipto” de Dax y una vez descubierto lo que tanto le bullía e inquietaba por dentro a Sebastián, sin duda desasosegado, pesaroso e imagino que insomne por las graves decisiones que había decidido adoptar sin atreverse a tomarlas de una vez y antes de que los compromisos toreros que le quedaban por cumplir resultaran tanto o más decepcionantes que los que venían ensombreciendo su temporada, tiró por la calle de en medio y cortó en seco. Quedaba por cumplir un contrato de apoderamiento hasta diciembre, sí. Pero como en el toreo siempre están reñidos los avatares administrativos con la imprescindible tranquilidad espiritual que se necesita para torear, hubo que desenredar el enredo con una víctima muy cercana incluida. 

 

Ojala que sea para bien, que el año que viene y los que sigan vuelva Sebastián Castella a ser quien debe ante el toro. Porque de lo contrario, los muchos que todavía no entienden las razones que le han obligado a separarse de quien era como un padre o más, José Antonio Campuzano – sería terrible que por indicación o exigencia de terceras personas –, no terminarían de entenderlo. Y, consecuentemente, le sería muy difícil hacerse perdonar y aún más que los públicos volvieran a quererle además de admirarle. Y es que todo el mundo tiene su corazoncito. Y en el toreo, mucho más.   

        

 

EL TOREO DE MÁS ALTA ESCUELA LO HIZO MANZANARES, PERO TAMBIÉN TUVO QUE CORTAR

 

Aunque José María Manzanares (undécimo en el ranking con 54 corridas y 64 orejas) venía precedido por el prestigio que alcanzó en anteriores campañas como gran intérprete del toreo de alta escuela, en la que motiva este análisis fue cuando rompió con más persistencia y nitidez. Que toreaba muy bien ya lo sabíamos desde que le vimos de novillero. Pero que además iba a ser capaz de hacerlo con la regularidad requerida para ser figura, lo que implica llevarlo a cabo frente a toda clase de toros, en todas las plazas, y con los buenos cuajar obras verdaderamente excepcionales, fue este año cuando cualquier duda quedó despejada.

 

De las muchas grandes faenas que ha cuajado este año Manzanares, voy a referirme a siete significativas de lo que este torero puede llegar a ser por distintas razones. La que hizo a primeros de febrero en la Monumental de México a un toro de Teófilo Gómez le consagró allá como gran intérprete del toreo con lo que ello supone para su carrera en las Américas. Volverá cuantas veces quiera. Llegó luego la de Sevilla en plena feria con un toro de Zalduendo, unánimemente premiada por todos los jurados. Fue la de su consagración en La Real Maestranza. Acontecimiento muy difícil de lograr tan precozmente y en una feria en la que tantas buenas faenas se vieron de las manos de otros diestros, algunos sevillanos. Lo lógico es que, en la próxima Feria de Abril, Manzanares estará al menos en dos corridas y, desde luego, en la del Domingo de Resurrección por derecho propio. La tercera fue la de Madrid con un bravísimo e imponente ejemplar de Victoriano del Río. Fue muy difícil triunfar esa tarde después del faenón que acabada de cuajar El Juli. Carta abierta, pues, en Las Ventas. La cuarta faena, quizá la mejor del año  artísticamente hablando de entre las mejores tanto de Manzanares como de los demás toreros, fue la del Corpus en Toledo frente a un toro de El Ventorrillo y alternando con Ponce, que por cierto estuvo cumbre y José Mari le superó. La sexta, el día de san Juan en Alicante mano a mano con El Juli y en la que José María terminó gravemente herido – fue su bautismo de sangre - después de torear como un emperador a un gran toro de su apoderado que mató a toda ley, una vez le anudaran un torniquete en el muslo. Y séptima, la que tuvo lugar en la plaza francesa de Bayona con una muy seria corrida de Valdefresno actuando con Sebastián Castella que la contempló atónito. Faena que, por pinchar, no llegó a mayores en trofeos pero dejó boquiabiertos a los aficionados galos, por otra parte encantados de ver torear así al hijo del torero que tanto admiraron.

 

Y es que, por concepto, Manzanares hijo es tan renacentista o más que su padre. Y por su mayor envergadura física, su toreo resulta más empacado y hasta catedralicio, hasta el punto de que muchos creemos que el de José Mari se parece más al de Antonio Ordóñez que al de José María aunque de él haya heredado y de qué manera ese modo inconfundible y único de torear siempre acompasando el viaje del toro girando la cintura y volcando el tronco sobre la res, toreando en definitiva meciéndose y con todo el cuerpo por delante. Como las olas del mar cuando rompen en la playa, que se van y se vienen, se van y se vienen… tal y como me explicó un día el ya retirado maestro de Alicante. La monumentalidad  escultórica del toreo de Manzanares será paradigmática – ya lo es – y en cuanto pasen dos o tres temporadas en este mismo plan, no habrá quien lo pare.

 

Por todo ello, por la ilusión que despertó allá donde fuimos a verle o en las ferias en las que compareció, disgustó tanto que a raíz de sufrir un desmayo en Linares y alertado desde hacía tiempo por sucesivos bajones de tensión y alarmantes faltas de azúcar en los análisis que le hicieron  - la cogida de Alicante sucedió precisamente al no poder quitarse por falto de reflejos como consecuencia de lo que ya padecía – decidió acudir a la Clínica Universitaria de Pamplona en donde, tras someterse a muchas pruebas, descubrieron que padecía la enfermedad llamada del “dengue” que al parecer trasmiten algunos mosquitos en las zonas tropicales. José María al menos ya sabe lo que tanto le preocupaba y ojala que tras el descanso total que le han impuesto los médicos, regrese el año que viene para seguir igual o mejor que cuando tuvo que dejarlo. Como el torero con más clase y futuro de entre los que ahora empujan a los veteranos.

 

 

EL DESCONCERTANTE DEVENIR DE ALAJANDRO TALAVANTE

 

La primera vez que vimos a Talavante (séptimo en el ranking con 71 corridas y 72 orejas) siendo aún novillero en Madrid, nos asombró tanto que incluso afirmamos estar ante un nuevo figurón del toreo. Luego de su pronta alternativa, confirmamos el descubrimiento en Granada. Y después en Santander y en Huelva. Su marcha parecía imparable hasta que, de pronto, le vimos totalmente cambiado, como si se hubiera olvidado de sí mismo, incluso perdido y sin saber qué hacer ante los toros. Este año ocurrió lo mismo al principio de la temporada solo que al revés. En Écija dejó escapar una gran oportunidad con un extraordinario toro de Zalduendo. Pocos días después, le vimos medio reaccionar para bien en Olivenza y en Fallas, por fin uno de sus sorprendentes faenones. Respiramos al saber que en la corrida del Domingo de Resurrección en Madrid había cuajado un final de faena memorable que le abrió la Puerta Grande de Las Ventas. Y cuando le vimos asombrar en La Maestranza y dar aquel natural en redondo que todavía dura en plena faena al gran toro de Torrealta, nos volvió a conmocionar. Pero, al menos yo, no pude verle bien una sola vez más. Me llegaba el eco de sus éxitos en plazas de menor rango que las que yo suelo cubrir cada temporada, las del gran circuito; me llegaban triunfos obtenidos gracias a las ya manidas e inevitables manoletinas del final de sus faenas; me pesaban los fracasos como el de Toledo en cuya corrida pareció un sonámbulo al lado de los pletóricos Ponce y Manzanares; y en los sitios que le vimos repetir o debutar en medio de la gran expectación que había levantado, como por ejemplo en Santander o en Palencia, el disgusto del público cuando no la contradicción que sufrimos los que habíamos anunciado su excelencia, fue más que patente. ¿Por qué razones, a qué se deben estos desconcertantes cambios de aptitud y, sobre todo, de actitud de Alejandro Talavante?

 

Se me dirá que porque su toreo solo se puede hacer a muy determinados y escasos toros. En cuyo caso, respondo, nunca podrá ser una verdadera figura y tendrá que contentarse con ir de inepto arista, irregular y muy pocas veces genial. Sin embargo, lo que a mi más me interesa y me preocupa de Alejandro son sus cambios de actitud. Y es que sospecho que sus modales no son naturales sino adquiridos por consejo ajeno y, por lo tanto, artificiales, falsos de toda falsedad. De ahí que únicamente cuando se muestra a gusto y es él mismo, surgen las mejores versiones de su toreo que no son como dicen algunos las imitativas de José Tomás, sino las suyas propias desde parecida inmovilidad de pies, sí, pero mucho más dulces, más dúctiles y desde luego bastante más templadas que las del torero de Galapagar.

 

Me dice un amigo que le conoce desde que era niño que, en privado y como persona, Talavante no tiene nada que ver con el personaje que suele representar en público o cuando habla delante de un micrófono o ante las cámaras de televisión. Y como lo sé y veo que no termina de sincerarse ni de cuajar en lo que podría ser, ni tampoco le veo satisfecho, sino escurridizo y huidizo, ¿por qué sigue representando el personaje que no es? Le abro un paréntesis en la esperanza de que se decida a prescindir de esa doble personalidad que, sin duda, le corroe por dentro y puede terminar en una grave crisis de identidad. Paréntesis que, seguro, también le han abierto todos los aficionados. Pero, cuidado. Si en las plazas donde todos los que le esperaban no arregla el desencanto que produjo y repite el fiasco, dudo que le esperen más.            

 

 

MORANTE, ¿VÍCTIMA DE PAULA?

 

Si tuviésemos que atenernos a las 16 corridas y a las 12 orejas que ha toreado y cortado respectivamente este año Morante de la Puebla, ni siquiera le hubiéramos nombrado en este análisis. Pero, ¿cómo no hacerlo de quien, pese a su precipitado corte de temporada, ha sido uno de los pocos – siempre fue así – capaces de ponernos la carne de gallina y hacernos llorar de emoción por su arte en una plaza? Sobradamente reconocidos sus resortes artísticos, sus geniales “chispazos”, sus inimitables improvisaciones, la puesta en escena de sus muchas recreaciones sobre viejos detalles, adornos y suertes que amarillean en las fotografías de los Gallos; y no tan reconocidos la indiscutible pureza de su toreo al natural o cambiado, su excepcional sentido del temple, su valor y hasta su regularidad en el éxito, superior con mucho a la que tuvieron los más famosos y celebrados artífices de la historia…. la verdad es que Morante nos dejó este año el inolvidable recuerdo de algunos faenas inolvidables y, sobre todo, el de su desgraciada y a la vez más genial actuación en Madrid la tarde que se encerró solo con seis toros.

 

¿Por qué, entonces, decidió quitarse otra vez de en medio al día siguiente? Porque la otra vez fue porque sufrió un bajón de autoestima y se agravó su bipolaridad mental. Pero este año?. Eso solamente lo sabrá el interesado, lo sabrá solo Morante, quizá ni se lo habrá contado a nadie – o quizá sí – y quizá lo intuirá quien este año fue su nuevo y sorpresivo apoderado, Rafael de Paula. Pero, hombre, por Dios, ¿a quien se le ocurrió la fatal idea de juntar a dos bipolares en pos de un mismo negocio? Eso solo se le pudo ocurrir a Morante, como aceptarlo El Paula. Y, claro, no podía terminar bien de ninguna de las maneras.

 

Cuando se supo la noticia, pensé que mi tocayo Morante lo que quería era ayudar a Paula en su lamentable e indigente pobreza y que simplemente le acompañaría bien pagado a donde fuera a torear mientras alguien más ducho y sensato le organizaría todo en cuanto a toros, contratos, cobrar, etc. Pero es que Paula ejerció a apoderado con todas las consecuencias aunque, según dicen, sin siquiera disponer de un teléfono móvil – nunca lo usó ni seguro lo usará en su vida – ni preocuparse de casi nada más que de vivir como un marqués. Le vimos muchas veces comiendo, bebiendo y fumando abundantemente antes y después de las corridas junto a varios ¿invitados? Le vimos entrar en los callejones en torpe busca de su burladero, barbudo cual vendedor de barquillos, tocado con sombrero de ala ancha de retrato en feria de pueblo, y hasta tambaleante por la melopea que acababa de cogerse. Le vimos manotear y proferir dicterios en plena lidia o celebrar los éxitos de su torero con comentarios despreciativos hacia los demás toreros. Hasta vimos, en fin, como en plena madrugada le llevaban desmadejado en volandas hacia donde pudiera estar alojado. Lo que nunca le vimos fue en persona seria ni formal. Y es que el insigne artista nunca lo fue. ¿Cómo podía haber llevado bien este sujeto a Morante? Como tampoco nunca le admiró desde el fondo de su alma por envidia y hasta le despreció olímpicamente. Un gran error de Morante nombrarle apoderado y mal que lo padeció el torero y todos sus partidarios. Hizo bien en soltar pronto las amarras y ojala que nunca vuelva a hacerlo. Porque es que, además, Paula no le llega a Morante ni a la suela del zapato.       

 

 

EL FANDI, CONTRA VIENTO Y MAREA

 

Segundo en el ranking con 90 corridas y ¡228 orejas¡ pese a tener que quedarse sin torear casi dos meses en el momento más intenso de la temporada, julio y agosto. Líder moral, pues, de la temporada 2007 porque si habiendo perdido más de venticinco corridas cortó 7 orejas más que el año pasado en 108 festejos y 20 más que en 2005 con las 107 que cumplió logrando el liderato por primera vez, ¿con cuantos trofeos hubiera terminado éste? Sé perfectamente que muchos no entienden por qué defiendo a El Fandi. Sencillamente, porque me encanta como a tantísima gente. ¿Por qué está donde está y lo seguirá estando mientras mantenga sus facultades físicas y su disposición y ánimo no decaigan?. Sintiendo mucho lo que les duele este liderato a los contrarios, creo que van a tener que seguir sufriendo. De cualquier modo, sigo sin explicarme la enemiga que le tiene gran parte de la crítica y de la afición tenida por purista cuando cada tarde que actúa, sea la plaza que sea y salga el toro que salga, solo por cuanto derrocha en los dos primeros tercios – digan lo que digan, es un gran y variado capotero y con las banderillas un fuera de serie histórico – y casi siempre con la espada, cumple sobradamente con los que pagan para verle y sin fallar casi ninguna vez. ¿O no?

 

¿Entonces? Se agarran a que con la muleta baja. Y yo respondo: ¿Y Esplá, no bajaba también sin que ello sea motivo para que los mismos que detestan al granadino, adoran al alicantino y hasta le tratan de maestro consumado y ejemplar? Pues eso. Lo que nadie puede negar es que El Fandi es ahora mismo uno de los grandes animadores de la Fiesta y que mientras siga como está será imprescindible contratarle porque resuelve muchas tardes. Que es lo que, por ejemplo, hizo en su última corrida en Zaragoza, feria de la que, por cierto, ha sido proclamado triunfador por los jurados oficiales. Le pretendieron en Madrid por San Isidro, donde nadie hace falta entre tanta farfolla con llenos asegurados de antemano, y como no le dieron fecha ni corrida ni compañeros acorde a su categoría, resolvió quedar ausente, cuestión que no le hizo ni cosquillas ni le restó un ápice del cartel en las demás plazas. Le sobran arrestos y recursos a El Fandi para que le inquiete nada ni nadie. Tiene el respeto, el afecto y hasta la admiración de todos sus compañeros. Lo tiene también de los que vamos a verle sin prejuicios – la inmensa mayoría - y sabemos apreciar cuando con la muleta también templa aunque carezca de clase. Tiene su capacidad de crear un soberbio espectáculo con las banderillas y poner las plazas boca abajo cada tarde. Tiene, definitivamente, su sitio porque puede y porque lo mantiene contra viento y marea.