José Antonio del Moral
FERIA DE SANTIAGO
EN SANTANDER
TRIUNFAL DESPERTAR DE EDUARDO
GALLO CON UNA EXCELENTE CORRIDA DE ORTIGAO COSTA
Desde sus mejores tiempos novilleriles, nunca habíamos visto tan firme ni tan
templado ni tan rematadamente bien al salmantino. Cortó tres orejas que
pudieron ser cuatro y salió a hombros tras dos completas labores de categoría
rematadas con sendos y fulminantes estocadas frente a los dos mejores toros de
una magnífica corrida portuguesa de Ortigao Costa en
la que solo falló el cuarto con el que Finito de Córdoba, que se había estirado
como sabe en el primer toro, anduvo mal y fatal con la espada. Aunque causó
buena impresión, el almeriense dejó escapar los dos toros de su también más que
bonancible lote.
Santander. Plaza de Cuatro Caminos. 28 de julio
de 2007. Corrida de
La muy noble, dulce y bien encastada corrida de Ortigao Costa fue el mejor postre posible de esta feria
tras dos festejos aburridos, y más dulce aún la también postrera actuación de
Eduardo Gallo que ayer nos sorprendió – a mí mucho, desde luego – al verle tan
cambiado en el sentido más encomiable de la palabra. Decidido, seguro de sí
mismo, acertado en cuanto hizo con capote, muleta y espada, o sea,
funcionándole la cabeza y por lo tanto, valiente. La verdad es que yo nunca le
había visto tan bien desde sus mejores tiempos novilleriles
y mucho que celebro poderlo escribir después de tres años seguidos pegándole
palos hasta el punto de creer que el salmantino estaba perdido y sin remedio.
Ignoro la causa de la feliz transfiguración de
Gallo – dicen que le habían advertido que este era el último año de prórroga
bajo las alas de su poderosa administración -, pero sea por lo que fuere, ayer
dio gusto verle. Tuvo material sobradamente idóneo para poder desplegar cuanto
llevaba y lleva dentro. Pero ello no es demérito porque es con los buenos toros
con los que hay que demostrar si es posible o no actuar con categoría. Esto es,
salirse de lo común y corriente. Sobresalir sobre el pelotón para poder acceder
al grado de figura. Gallo no solo anduvo sobrado y bien con el capote en los
recibos y en los quites – uno realmente preciosos por tafalleras
-, sino ponerse el sitio debido con la muleta, permanecer firme y templar
deliciosamente en cada pase y a lo largo de cada tanda que es como lo hizo
sobre todo en su segundo toro con la sobriedad y el buen gusto que ya le
descubrimos cuando saltó a lo más alto de la novillería
y en tal o cual faena de sus inicios como matador.
Ojala que siga así y que no vuelva a dormirse en
la comodidad de saberse contratado pase lo que pase y haga lo que haga. Y es
que en estos casos de precoz y pertinaz desperdicio de oportunidades, quizá sea
necesario ver las orejas al lobo de la oscuridad. Y como nunca es tarde si la
dicha llega, que sea para bien es lo que deseamos por el bien del torero -
todavía a tiempo porque es muy joven – y de
A Finito de Córdoba también le vimos muy animado
y animoso con su primer toro, tanto de capa como en la faena de muleta hasta
que el toro empezó a rajarse. Con este toro no anduvo tan pendiente de la
técnica y si lo estuvo lo tapó con el inmarcesible porte torero que le es
propio. Fue una lástima que pinchara porque tenía la oreja ganada. Con el
cuatro, animal muy alto de agujas y no fácil, Finito no quiso complicarse la
vida y menos arriesgarse, lo que puso fatalmente de manifiesto con la espada pegando
un sainete cuando, la verdad no era la cosa para tanto.
En cuanto a Torres Jerez, por fin frente a una
buena oportunidad en el norte, la perdió con la espada y, en mi opinión,
también aunque no en la misma medida con la muleta. Y eso que causó buena
impresión cuando se templó – no siempre – en el correcto planteamiento de su
primera faena. Al contrario que en la segunda porque este toro tuvo mucho
volumen – quizá demasiado para lo que se lleva en las plazas del sur – y su
picador se empleó tanto en el puyazo que el toro perdió casi todo su brío
inicial, lo que obligó al torero a no poder meterse dentro de los terrenos del
animal en la faena que sucedió en forma de acompañamiento, siempre por las
afueras. Y entre la sosería del toro y la poca sal que pudo echar el torero, la
ensalada resultó insípida y más los pinchazos que siguieron. Otro día tendrá
que ser aunque éste sí que debió serlo.