José Antonio del Moral
FERIA DE SANTIAGO EN
SANTANDER
LOS ÚLTIMOS HIJOS DE PAPÁ
Palomo Linares y Dámaso González (hijos)
cortaron una oreja de los dos últimos ejemplares de Hierbabuena, los mejores de
la mínima y muy noble novillada que abrió la feria de la capital Cántabra.
Ningún trofeo consiguió Ángel Teruel pese a su mayor bagaje profesional y
mejores maneras que sus colegas, aunque con peor suerte en su lote. Tan pobrísimo
balance de trofeos conseguido por la ilustre terna de aspirantes frente a ganado
tan propicio, fue el comentario general al final del festejo que terminó casi a
media noche.
Aunque Ángel Teruel me gustó mucho la primera vez que le vimos
hace dos años en Valencia, cada vez que le he vuelto a ver me ha ido interesado
menos por la creciente frialdad que ha ido desmereciendo su buen concepto del
toreo. Muy conservador, muy por las afueras, demasiado prudente para lo que de él
esperábamos. Está claro que Ángel sabe torear pero no como debería - cada vez
mejor - sino haciendo todo lo posible para que los novillos no le hagan ni un
rasguño y eso, desde luego, lo consigue. A poco menos de un mes y medio de
tomar la alternativa en Dax, no le veo todo lo
sobrado ni tampoco todo lo vozalón e ilusionado que siempre
sabe esperar de alguien tan en principio magníficamente dotado para ser gente importante
en esta difícil profesión. Mal asunto. Y si esta impresión es la que muchos
sacamos después de lo poco que pasó con el hijo del gran torero madrileño, peor
la que ofreció Sebastián Palomo a quien aún le falta menos para doctorarse. A
primeros de agosto en Pontevedra. O sea, mañana mismo como quien dice.
Aunque más alto, Palomito es físicamente exacto a su padre
cuando era joven. Y como además le imita en todos y cada uno de sus gestos que
parece ha estudiado hasta en los más mínimos detalles y en la manera de vestir
– ayer de rosa y plata - solo con verle hacer el paseo nos quita treinta años
de encima. Pero como en lo que no se parece ni de lejos es en el tremendo valor
ni en la incuestionable raza que derrochaba el progenitor, las ilusiones
primerizas se nos vienen abajo en cuanto toma el capote y la muleta. Otro que
no quiere arrimarse, entonces. El quinto novillo que le tocó ayer fue de rabo y
solo le cortó una orejita.
Ambos, vistos ya para fatal sentencia en algunas plazas
importantes – la reciente cita de Bilbao fue nefasta con otra novillada
magnífica de El Torreón -, nos quedaba
por descubrir cómo sería el hijo de Dámaso González. Pues otro que tal baila
aunque algo más valiente que sus ilustres congéneres en herencias taurinas. Se
queda más quieto y ayer hasta templó paternalmente al sexto novillo, que
también resultó obedientísimo pese a lo reparado de la vista que pareció al
salir el ínfimo animal, pero citando siempre detrás de la mata. Supo, eso sí,
taparle muy bien con la muleta cual hacía de maravilla su progenitor a quien,
por cierto, físicamente apenas se parece. En fin. ¿Qué quieren ustedes que les
diga más? Pues que también me defraudó Damasín.
Lo único que se me ocurre es en qué pensarían por dentro los
padres de estos niños, que ayer estaban en el callejón, mientras seguían las
evoluciones de sus retoños. E imaginar lo que les dirían una vez concluida la
novillada. Yo les hubiera quitado la idea de ser toreros. Pero claro, ahora lo
que se lleva es que los niños de papá ganen unos cuantos millones exponiendo lo
menos posible y así les va a casi todos salvo escasísimas excepciones. Por
ejemplo, Manzanares. Sin embargo, apuesto
lo que quieran que seguirán en el machito tan felices. Y que, una vez
doctorados, aparecerán anunciados en
varios carteles de tronío – “¿no lo ha hecho Capeita
y aún lo sigue haciendo pese a los destares que colecciona…?” – y que ya
veremos lo que pasa cuando tengan que ponerse delante de un toro con rizos y
con pitones sin “tocar” que, no lo dude nadie, un día les saldrá. Cuando menos
se lo esperen. Será entonces cuando les llegará la temida hora de quedarse
solitos y sin papá. Ya veremos…