José Antonio del Moral

FERIA DE SAN MIGUEL EN SEVILLA

 

BIEN EL CID Y VEGA AUNQUE LES REGALARON LAS OREJAS

 

Una cortó el malagueño del tercer toro de Parladé y otra el de Salteras del quinto que fue el más encastado y que más trasmitió.  Pero el más bravo se lo llevó Julio Aparicio en primer lugar, desperdiciando una gran ocasión por ser excesivamente castigado en varas ni atreverse el torero con él. En conjunto, la actuación más seria y solvente fue la de El Cid pero falló a espadas. Lo más ilusionante, comprobar la recuperación anímica de Salvador Vega. Y lo más decepcionante, Aparicio demasiado prudente y hasta a la deriva con el cuarto al que también masacraron en varas y quedó inédito. Lo más grato, la preciosa tarde que cuajó en el marco incomparable de la Maestranza y la amabilidad del público, muy favorablemente interpretada por una debutante señora presidenta.

 

Sevilla. Plaza de la Real Maestranza. 29 de septiembre de 2007. Primera de feria. Tarde excelente con casi lleno. Seis toros de Parladé bien aunque desigualmente presentados. Por más serios y cuajados destacaron el primero y el sexto. Y por más terciado el tercero que desmereció del conjunto. Dieron juego dispar en distintos grados de bravura y de fuerza. El más bravo y, de no ser tan castigado en varas, también el más noble, el que abrió plaza. Noble aunque a menos en la muleta el segundo. Muy suelto y sin apenas fijeza el tercero. Inédito el cuarto tras cumplir sobrado en varas. Encastado y francamente repetidor por el lado derecho el quinto. Y noble aunque de escaso brío y cortos viajes el sexto. Julio Aparicio (burdeos y azabache): Pinchazo hondo y cuatro descabello, pitos tras ovación para el toro en su arrastre. Dos pinchazos volviendo la cara, media a paso de banderillas y dos descabellos, pitos. El Cid (musgo y oro): Pinchazo, otro hondo y tres descabellos, palmas. Pinchazo y media estocada, aviso y oreja generosa. Salvador Vega (blanco y plata): Estocada casi entera desprendida y descabello, aviso y oreja generosa. Estocada caída, ovación. Muy bien en palos Alcalareño y El Boni. También en pares sueltos Paco Peña y Curruco de Algeciras.

 

Siempre es grato regresar a Sevilla y, no digamos, sentarse en los tendidos de la Maestranza que casi se llenó pese a las obligadas sustituciones y a la inevitable devolución de entradas, en su mayoría recompradas. Y es que el remendado cartel resultaba tanto o más atractivo que el original. A la presencia casi siempre infalible en Sevilla de El Cid, se añadió la de dos artistas del toreo de los que se ha oído decir que andan en franca recuperación. La de Salvador Vega ya la habíamos comprobado en Huelva. No la de Julito Aparicio – ya don Julio – aunque los ecos de una faena suya en El Escorial habían despertado no pocas esperanzas de sus antiguos fieles - por cierto, no vimos a Pedro Trapote en su barrera –, la mayoría varios años escondidos por el irreparable ostracismo del madrileño.

 

Siento decir que enseguida nos dimos cuenta de que, si Dios no lo remedia, Julito va a seguir oculto. La imponencia del primer toro que, además, fue muy bravo, hizo que sonaran las alarmas y el picador de turno se aplicó con tanto exceso a su tarea que acabó prácticamente con las energías del animal aunque, no obstante tan duro castigo, continuó embistiendo en la muleta obediente aunque lógicamente tardo. Hasta entonces, Julio se había contentado con detalles de su especial concepto del toreo con el capote y, a partir del inicio de su faena, otro tanto con la muleta. Destellos aislados con la derecha sin lograr ninguna tanda, tardío descubrimiento de que el toro también servía por el lado de los naturales en los que nunca se cruzó, y regreso ya baldío a la diestra mano con lo que, el hasta ese momento paciente público, empezó a enfadarse y más cuando vieron a Julito sin atreverse nada con los aceros.

 

Peor fue lo del cuarto al que los montados dieron aún más leña que al anterior y Julito no quiso ver ni en pintura perdiendo los papeles e imagino que los posibles contratos que, sin duda, le aguardaban hasta ver como resolvía su paso por la Cátedra. Y es que no es lo mismo torear en El Escorial que en La Maestranza. Incluso en una tarde tan benevolente como la de ayer en la que bastó mostrarse responsable y con ganas de triunfar para conseguirlo incluso sin matar pronto ni bien.

 

El Cid, como casi en todas sus tardes, bien y muy templado con el capote en el segundo de Parladé, ni mucho menos tan bravo como el anterior, hizo concebir un seguro primer éxito cuando brindó al público la muerte del toro, muy bien lidiado y cuidadísimo en varas por su debilidad inicial. Y así pareció que iba a suceder cuando se empleó con fe y firmeza por naturales pese a lo mucho que el toro le miró por el lado izquierdo – no había resultado cómodo por el derecho en el arranque del trasteo – hasta que en una tercera tanda el toro se le fue a la hombrera, instante el que también se vino abajo en animal pidiendo que lo mataran cuanto antes, cosa que El Cid no logró correctamente por perfilarse demasiado fuera de cacho.

 

Por la misma razón pinchó antes de la media que tardó en liquidar al muy encastado y entero quinto después de una faena que, no obstante, fue premiada en recuerdo de los lances semigenuflexo con que lo recibió y de las vibrantes tandas por redondos que ocuparon la mayor parte de un trasteo que transcurrió de muy más a menos, sin que ello restara el mérito que tuvo el solo hecho de ligar cuatro y hasta cinco muletazos seguidos a un animal tan encastado e incómodamente repetidor. Incomodidad que, por cierto, a El Cid le va de perlas porque tapa sus carencias por la velocidad que imprime a la acción, lo mismo que no logra taparlas cuando los toros embisten más despacio y hay que tirar de ellos. Incierto el toro por el lado izquierdo, cuando El Cid intentó los naturales, no consiguió casi nada a la misma altura que como empezó aunque, otra vez y brevemente a derechas y unos ayudados finales, levantaron el bajón.

 

Los sevillanos tenían muchas ganas de ver otra vez al recuperado Salvador Vega y en éste ansia se volcaron con el malagueño cada vez que se estiró o se inspiró en esos retazos improvisados que le caracterizan. Y más en su primer toro que con el sexto al que, en mi opinión, le hizo las cosas más bonitas como un ramillete de redondos citando frontalmente a pies juntos y girando la cintura al compás de viaje del toro. Por cierto, tan deslucido o más que el tercero porque ambos, demasiado sueltos, distraídos y de medios viajes, no permitieron que Vega ligara y menos que lograra estructurar ni redondear faenas propiamente dichas. Además, al tercero lo toreó más despegado de la cuenta aunque siempre templado y, a veces, meciéndose. Y asimismo al sexto hasta que se paró casi por completo. Pese a los defectos apuntados, celebramos esta nueva etapa del artista malagueño a quien esta temporada le queda su paso por Zaragoza donde está obligado a dar el do de pecho a poco que un toro le meta la cara y le repita.