TEMPORADA 2004

AMABLE PRESENTACIÓN DE "EL CAPEA" EN SALAMANCA

Cortó una benéfica oreja del tercer toro, el más bonito y noble de su propia y muy desigual corrida, primero del mejor lote que le cupo en suerte en radical contraste con los otros dos: feo y pésimo el de Cesar Rincón que fracasó en su intento; y mediocre el de Ponce, magistral con el manso segundo (dio la vuelta al ruedo tras robarle la presidencia una oreja muy pedida) y en plan de enfermero con el inválido quinto

Salamanca. Plaza de la Glorieta. Tercera de feria. Tarde medio nublada y dos tercios de entrada. Seis toros de los dos hierros familiares de "El niño de la Capea", bien aunque desigualmente presentados y de juego muy dispar. Feos y pésimos primero y cuarto, un cárdeno absolutamente atípico del encaste "Murube". Manso y muy huidizo el manejable segundo, muy bonito y noble el tercero, grandullón e inválido el también huidizo y noble quinto, y bien hecho a más de serio y noble el blando sexto. Cesar Rincón (vainilla y oro con remates negros): Pinchazo hondo sin soltar, otro pinchazo y estocada atravesada, pitos. Seis pinchazos, estocada corta y descabello, bronca. Enrique Ponce (grana y oro): Pinchazo, estocada contraria y descabello, petición y vuelta al ruedo seguid de bronca a la presidencia por no dar el trofeo. Dos pinchazos, casi media y dos descabellos, silencio. Pedro Gutiérrez "El Capea" (carmesí y oro): Bajonazo, oreja. Pinchazo y estocada, ovación.

Siempre resulta inevitable comparar a los hijos de las figuras con sus padres en el deseo de verles parecidos y, lógicamente, con ganas de ayudarles para que se repitan las glorias logradas por el progenitor. El del muy querido y admirado "Niño de la Capea" se presentó ayer en la plaza de su tierra y el compromiso no pudo resultar más amable y en parte feliz. Perico llegó preparado y mostró sus heredadas dotes de listo lidiador, bien aprendidas las precisas técnicas del toreo, sin problemas en la resolución de las fáciles tareas que le presentaron sus dos toros, pintiparados para la ocasión en contraste con los que correspondieron a sus dos ilustres y veteranos compañeros de terna - nada menos que Cesar Rincón y Enrique Ponce – y feliz al cortar la primera y única oreja de la tarde tras una faena que celebró el público pese a su escaso brillo artístico. Este nuevo "Capea" sigue haciendo bien el toreo pero lo dice mal al no coordinar los movimientos de su cuerpo con los de los brazos y las muñecas que sostienen los engaños. Tiempo tiene de corregir tales defectos aunque, por el momento, lo que no puede evitar es que los aficionados salgan de la plaza comentándolo y añorando al padre quien, en las mismas circunstancias de tiempo, lugar y parecidas reses, en vez de una oreja concedida pese al bajonazo que dio muerte al excelente tercer toro, habría formado un alboroto y quizá hubiera cortado dos y rabo y otras dos del más feble sexto, con el que Perico se repitió aunque pinchando antes de agarrar la estocada definitiva. Lo que más me gustó fue su fácil solvencia en la brega durante la lidia y que en las faenas siempre llevó y la muleta puesta por delante.

Decía que los lotes de Rincón y de Ponce no ofrecieron tantas facilidades. Y lo decía sobre todo por el que correspondió al colombiano. Complicado el pegajoso primero y muy peligroso cuarto, un sorprendente y agresivo cárdeno que Rincón recibió tragando mucho con el capote y nada con la muleta que manejó a la defensiva y desbordado entre los pitos injustos de los espectadores que, inexplicablemente, ovacionaron al toro en su arrastre. No es de recibo que esto pase en Salamanca.

Como tampoco fue justo que la presidencia no concediera a Enrique Ponce la oreja del segundo con el que vimos lo mejor con mucho del festejo. Una lidia ejemplar frente a un toro que no cesó de huir y una faena magistral por cómo fue construida, debidamente espaciada, en varios tramos ligada, variada, lucida con calma, infinito temple y progresivamente esplendorosa pese a la sosería del animal. Si la presidencia estimó como dato negativo para no dar el trofeo solicitado el pinchazo que precedió a la buena estocada y el descabello que necesitó después, perdió la razón al dar inmediatamente otra tras un bajonazo. Dicho sea con todos los respetos. Con el también manso y noble quinto, no hubo ocasión de discrepar porque el toro terminó sin fuerza alguna y los intentos de Ponce por sostenerlo resultaron baldíos.