José Antonio del Moral
FERIA DE SALAMANCA
TODOS HELADOS MENOS CASTELLA
Salvo el siempre calentísimo e inasequible a cualquier desaliento Sebastián Castella que cortó la única oreja del festejo de un segundo toro medio potable sin renunciar a su imparable escalada frente a otro imposible y en tarde repentinamente invernal, ni los demás toros de Valdefresno dieron el juego esperado, ni El Fandi se pareció a sí mismo, ni Cesar Jiménez encontró cobijo triunfal pese a intentarlo mientras los espectadores no lograron resarcirse del tremendo frío que lo impregnó todo.
Salamanca. Plaza de La Glorieta. 14 de septiembre de 2006. Quinta de feria. Tarde muy fría y ventosa con tres cuartos de entrada. Siete toros de varia presencia entre bonitos y feos de Valdefresno incluido el alto y destartalado sobrero que reemplazó al quinto, devuelto por renquear de patas. Este último, prácticamente imposible por manso y complicado, fue el peor de un lote que no rompió pese a que algún toro tuvo buen fondo y nobleza. Así el primero aunque fue soso y el muy huidizo segundo tras cumplir con aparente bravura en un puyazo. Los demás, por rajados o por venirse muy abajo, apenas dieron opción de triunfo. El Fandi (encarnado y oro): Pinchazo y media estocada, silencio. Media estocada, silencio. Sebastián Castella (rosa y oro): Media estocada, oreja. Estoconazo trasero desprendido, gran ovación. César Jiménez (blanco y plata): Pinchazo y media estocada, palmas. Pinchazo y estocada, silencio.
Nos sorprendió el gélido viento que heló la tarde hasta hacerla insoportable pero no la inasequible disposición de Sebastián Castella que está en ese momento que solamente disfrutan los que tienen madera de grandes figuras cuando gozan del estado de gracia exclusivo de los elegidos. No hay toro que se le resista, ni viento que le moleste, ni calor que le canse, ni frío que le atenace. La corrida de ayer en la Glorieta fue de las de salir corriendo. Sobre todo después de la muerte y arrastre del tercer toro de Valdefresno. Únicamente Castella mereció la progresivamente calurosa atención del público mientras duró la lidia del segundo toro, el único medio potable de la decepcionante corrida y eso gracias al francés que, desde que se abrió de capa en su recibo hasta que lo mató de medio espadazo, lo entendió a las mil maravillas.
La subyugante muleta de Castella, primero usada para someter con la derecha lo que incomodó notoriamente al bicho cuando se sintió dominado y después para atraer o imantar sus intenciones de irse al tiempo que el torero se complacía en ligar acariciantes pases a pies juntos bailando un angustioso aunque muy templado chotis sobre sus propios talones en trance arrebujado, tuvo la virtud de lograr que subiera la temperatura reinante o así lo pareció porque durante esos minutos nadie se quejó del frío. Lo que no pudo Castella fue que los de las filas bajas de sombra agitaran sus pañuelos con intensidad suficiente para que el presidente no hubiera tenido más remedio que sacar el segundo pañuelo. Lo de casi siempre en esta plaza salmantina que, entre fríos y cicaterías catetas, no termina nunca de levantar cabeza ambiental. Hasta un funeral parece a veces.
El Fandi hizo como que quería sin cruzarse una sola vez frente al soso que abrió plaza y no sabemos si porque al granadino ya se le había metido el frío en los huesos o porque está cansando del trajín que supone su larguísima campaña, ni en banderillas logró calentarse ni, por ende, calentar a la parroquia. Tampoco Cesar Jiménez con su primer oponente pese al espejismo de varios exclentes lances de recibo y sus primeros templados redondos un tanto arroyistas, por cierto. Muy remiso y enseguida rajado el animal, la obra del torero de Fuenlabrada se diluyó cuando tomó la izquierda entre el molesto viento, lo que se rajó el toro y como la tarde en su insufrible segunda mitad que no merece mayor comentario que lo dicho y lo hecho por Castella con el imposible quinto en su feliz momento de gracia.
Fue, en efecto, con el sobrero que reemplazó al devuelto quinto. Un alto y cornalón galán astillado que se aculó en tablas sin ninguna gana de embestir ni de moverse lo más mínimo. ¿Y hasta con este marrajo va a intentarlo Castella?, pregunté francamente incrédulo a mis compañeros de localidad. Pues hasta con tan funesto e imposible material y mientras la tarde ya se teñía de cárdeno obscuro polar, fue capaz de ilusionarse Sebastián. Una y otra y otra vez lo sacó de su querencia a tablas para intentar torearlo hasta que, harto el bicharraco de tanto esfuerzo, le tiró un terrible gañafón al torero y por última vez se fue de naja. Y hasta en ese mal trance lo mató pronto y bien. La gente correspondió con una ovación tan grande como el indeclinable ánimo del torero galo y muchos decidieron irse a casa.