José Aº del Moral

Jadmpc@terra.es

ANÁLISIS DE LA TEMPORADA 2003 (I)

LA SENSACIÓN DE CRISIS PESÓ MÁS QUE LA REALIDAD DE UNA CAMPAÑA EN TODO CASO ATÍPICA

EL SORPRENDENTE BAJÓN PROFESIONAL DE "EL JULI" EN LA PRIMERA PARTE DE LA TEMPORADA, EL DIFUNDIDO Y ALARMANTE DESASTRE ISIDRIL, EL MENOR RENDIMIENTO DE CUANTO SE ESPERABA LOGRARÍAN LA MAYORÍA DE LOS ÚLTIMOS NUEVOS VALORES Y LA DISMINUCIÓN DE ESPECTADORES EN LAS PLAZAS, MARCARON UN AÑO TAURINO CON MÁS DECEPCIONES QUE ATRACTIVOS

 

LA OPINION DE

QUIEN DICE

LO QUE PIENSA

Hasta que, bien entrado mayo, "El Juli" despertó en Valladolid del letargo profesional que padeció a principios de temporada, el toreo tembló ante su sorprendente bajo rendimiento por ser la figura que más venía tirando del carro desde que tomó la alternativa mediante una entrega y una regularidad triunfal que parecían imparables. Ni siquiera la importantísima aunque torpemente ensordecida encerrona con seis toros en la Corrida de la Prensa de Madrid - inmersa en la feria de San Isidro - le sirvió para despejar las incógnitas que surgieron acerca de por qué Julián no se parecía a él mismo. Y como la feria más trascendental del mundo fue un desastre apenas paliado por la gran corrida de Victorino Martín que cerró el ciclo, la sensación de crisis tomó cuerpo. Ni siquiera las grandes faenas que protagonizó Enrique Ponce en varias plazas desde su posición de figura galáctica, ya por encima de todos y de todo, lograron paliar tan extendida sensación. Los pocos que tenían que despertar tardaron en hacerlo y no del todo, y muchos de los que habían quedado en primera línea de salida para renovar el agotado y engrosado escalafón no respondieron a las expectativas despertadas. Únicamente Cesar Jiménez, "El Fandi" y en parte "El Cid", pese a que se le escaparon con la espada varios triunfos importantes; un más profesionalizado Javier Conde aunque sin entrar en el gran circuito; en cierta medida, Dávila Miura, por sus muy cantados éxitos sevillanos; y también el recién doctorado y muy puro interprete del toreo, Matías Tejela, que cayó lesionado y tuvo que aplazar su reconocido ascenso, nos ilusionaron por su afán de conquistar mejores puestos. Tan solo tres de los más nuevos pegaron un serio aldabonazo: El más tierno alevín entre los recientemente surgidos artistas andaluces, Salvador Vega, con más consistencia y regularidad que José María Manzanares Jr - dulce e imperial con gran futuro si apuesta de verdad -, y Serafín Marín en la doble versión de muy valiente en San Isidro y sorpresivo artista en El Pilar y en el otoño de Madrid. Porque ni Antonio Fererra, abrumado, desdibujado y a la baja tras sus muchas cornadas; ni el eterno aspirante al estrellato Uceda Leal que no acabó de romper definitivamente desde su reconocido gran estilo pese a las muchas ocasiones que le dieron; ni mucho menos los superprotegidos aunque inevitablemente modestos, Fernando Robleño y Antonio Barrera, lograron aprovechar las lujosas oportunidades que sus apoderados les pusieron en bandeja cuando les colocaron junto a los más grandes y con ganado a modo. En cuanto a los veteranos emperrados en volver o en seguir, destacó el enorme mérito de los reaparecidos Cesar Rincón y "Jesulín de Ubrique" quienes superaron con creces su empeño en ponerse delante de los toros aunque ya sin el atractivo ni la fuerza de arrastre que gozaron en sus mejores tiempos. Demasiado presente "Joselito" porque, salvo en Jerez y en Aranjuez, resultó más imitador de sí mismo que fiel a lo que fue. Y peligrosamente aventurero con desastre anunciado en su vuelta, Dámaso González, que no tuvo más opción tirar la toalla cuando comprobó que no había nada que hacer. Antes de todo ello y tras el éxito económico - que no artístico - de los abonos más asegurados de Fallas, Castellón, Sevilla y Madrid, mucha gente desertó.

Salvando la más exitosa feria de Granada que acaparó en cantidad y calidad "El Fandi" por todos los conceptos - ha sido uno de los muy pocos que han salido de la temporada en alza y en figura imprescindible pese a la lesión que le tuvo apartado de los ruedos en las fechas que más corridas tenía contratadas - y hasta que llegaron los siempre rentables ciclos de Pamplona y, un mes más tarde, los de San Sebastián y Bilbao, no conozco a nadie que haya presumido de haber mantenido las cifras de años anteriores y menos de haber constatado mayor asistencia de público. Y eso que fue cierto que "El Juli" se recuperó y terminó su campaña por todo lo alto; también que Ponce se mantuvo en su privilegiado y ya indiscutiblemente histórico lugar; y que "Morante" volvió a ser irregular; esto es, que empezó a cuajar preciosas faenas en medio de otras de susto. Pero también lo fue que "Finito" siguió tapándose con el medio nivel que logra anudando su privilegiada técnica al indiscutible porte de su figura, casi nunca dispuesto a torear con el relajo y la entrega exigibles en su caso; que Manuel Caballero hizo una extraordinaria faena por naturales en San Sebastián pero ninguna más en plazas importantes; que Rivera pinchó en demasía buenos trasteos aunque quedó triunfador en Barcelona; y que la mayoría restante no dio la talla ni convenció de modo incontestable. Ni siquiera el último que más sonó entre los nuevos y todavía endeble, Juan Diego, consiguió repetir los tardíos y excitantes éxitos que logró en Madrid y en Salamanca aunque quepa esperarle por su gran capote y buen estilo muletero.

Los escasos y privilegiados seguidores de los toreros que más triunfaron en la temporada 2003 creyeron sinceramente que fue buena. Pero todos los demás no opinaron lo mismo. Unos, que muy mala; otros, que regular; y la mayoría, que resultó atípica y extraña. Entre estos últimos, los empresarios se llevaron la palma en cuanto a opiniones pesimistas porque la mayor parte sufrieron en sus carteras una evidente disminución de espectadores en sus plazas y ferias - algunas ruinosas -, no tanto por las deficiencias que tanto achacaron a los toreros más grandes señalados sino como consecuencia de la galopante inflación de festejos que ellos mismos venían produciendo desde hace tiempo sin tener en consideración que las pocas figuras que tenían tirón empezaban a no tenerlo, por lógico desgaste, y que los demás que engordan la cartelería carecen de fuerza en las taquillas. De otra parte, los grandes abonos en plazas importantes con ferias que vienen agotando el billetaje, toree quien toree, y el abuso que tal circunstancia provoca organizar largos ciclos sobre la base de diestros baratos y la escasa o testimonial participación de los más caros, empezaron a hartar a los clientes que en su mayoría ni son aficionados. Precisamente y como ya hemos dicho, fue la más trascendental de estas ferias, la de San Isidro en Madrid, la que más sensación de crisis produjo con los efectos subsiguientes. Y cuando terminó el larguísimo ciclo, más aburrido e insoportable que nunca, todo el mundo empezó a decir que la fiesta iniciaba un declive irremediable.

Pero afortunadamente y aun sin dejar de preocupar la motivada crisis de asistencia, siguieron organizándose tantas o más corridas que el año pasado y el toreo no cesó en su tradicional empeño de seguir y seguir como si nada ocurriera aunque los empresarios no ocultaron el disgusto que les producía ganar menos dinero del que veían obteniendo. Tampoco lo ocultó alguna gran figura, como "El Juli", que empezó a escuchar las quejas de quienes le pagan cada tarde mientras los de su entorno lo achacaron a campañas en su contra, negándose a aceptar que por ser el número uno se había convertido en inevitable pararrayos de todos los males aunque en el caso de Madrid fue verdad que intentaron su desgaste y rebajar sus humos, sin que unos y otros quieran afrontar el problema de fondo con la debida seriedad y menos renunciar a nada sin darse cuenta que quienes verdaderamente sostienen el negocio son los públicos que pasan por taquilla, cansados de pagar mucho por ver poco en casi todas las corridas que se celebran.

Ante tal estado de cosas, algunas medidas se deberían tomar urgentemente por quienes corresponda aunque parezcan utópicas por drásticas o duras. Y que nadie se engañe. Si todo sigue cual está, más pronto que tarde el tinglado podría venirse abajo y la fiesta entrar en barrena. Veamos, pues, los remedios que, en mi opinión, se deben aplicar.

 

URGE TOMAR MEDIDAS RADICALES

PRIMERA. Reducir el número de festejos en la misma o mayor medida de ese 20 o 30 por ciento de rebaja que casi todos esgrimen.

SEGUNDA. Terminar con el camelo de ofrecer al mismo precio carteles con interés o sin ninguno que, para colmo, vienen siendo abrumadoramente mayoritarios en las mejores ferias.

TERCERA. Que guste o no a los organizadores, hay que volver a confeccionar más combinaciones cerradas que abiertas o sin participación alguna de figuras ni de aspirantes con fundadas posibilidades de serlo. Y, en consecuencia, dejar en la cuneta de una vez por todas a la inmensa grey de toreros avejentados, incapaces, estancados o apoltronados que nos colocan en detrimento de los nuevos por catar. Y que en cuanto éstos últimos demuestren que no sirven, convencerles de que no han sido llamados para ser toreros o no ponerlos más.

CUARTA. Que también los toreros más caros deben aceptar que en sus corridas actúen diestros atractivos ganando lo que les corresponda por lo que, asimismo, tienen que adaptarse a la situación y no llevarse todo en detrimento de los que, en lugar de ayudarles, quitan público.

QUINTA. Que en función de la falta de interés hay que invertir más en la materia prima toro. Porque el caso es al revés en demasiadas plazas - incluso en alguna de las más señeras e importantes - donde contratan a los más famosos pero compran lo barato de cada camada para compensar gastos.

SEXTA. Y ésta para los ganaderos. Que tienen que olvidar la exagerada ampliación de sus camadas y/o la implantación de hierros con la misma procedencia que los originarios, lo que evidentemente perjudica al rendimiento de sus productos aunque los criadores lo nieguen cada vez que se les inquiere sobre el tema.

SÉPTIMA. En correspondencia a la anterior, que para ello es obligada una mayor selección en la tienta y en la elección de las reses atendiendo a la fuerza, a la bravura, a la raza y a la presentación más conveniente en cada caso aunque los toreros protesten. Y a los que no les guste, que se vayan. Y en base al coste que todo ello supone, que las plazas de propiedad pública e incluso de sociedades más o menos oficiales o privadas, de ninguna manera pueden seguir aumentando los cánones por arrendamiento y menos primar o favorecer el aumento de festejos en sus respectivos concursos porque ello conduce a plazo medio o largo a la ruina de todos. Mejor sería que lo rebajaran.

OCTAVA. E importantísima, hasta el punto de que debería ser tomada por delante de todas. Que el toreo al completo debe procurar ante quien haga falta la necesidad imperiosa de que los medios de difusión, con las televisiones a la cabeza, dediquen suficiente espacio al mundo de los toros y que los periodistas que se ocupen de ello sean reconocidos aficionados y expertos en la materia. Porque, ahora mismo, la fiesta brava apenas goza de eco en los medios y muchos de los que ocupan las tribunas saben muy poco o nada del toreo con el efecto contrario al que deberían obtener sus escritos y programas. No es de extrañar que la mayoría de los públicos que van a los toros tampoco sepan una palabra del toro y del toreo y, si saben algo, lo hayan aprendido leyendo u oyendo vulgares e imprecisos tópicos cuando no absolutas barbaridades. Da pena leer o escuchar algunas crónicas que no tienen nada que ver con lo acontecido. Espanta lo que se dice en la mayoría de los coloquios que se organiza. Duele ver, salvo raras excepciones, en qué manos anda ahora la información taurina, tan solo interesada en montárselo para ganar dinero. De ahí que, en la práctica, la tal fiesta no atraiga al gran público, entretenido con otros espectáculos - deportivos o de otras índoles -, con los avatares políticos o con la infinidad de sucesos que se producen y difunden en imparable catarata, aparte con el siempre inquietante devenir de sus propias vidas.

NOVENA. Y la más difícil. Que toda la profesión y los representantes más solventes de la afición sin exclusiones deberían impulsar, cueste lo que cueste, la creación de un organismo autorregulador de la fiesta que no dependa solamente de las variopintas autoridades gubernativas salvo en lo que respecta al mantenimiento del orden público en las plazas de toros. Porque ya es hora de que termine la anquilosada y supuesta tutela del Estado - y últimamente también de las Comunidades Autónomas - sobre un espectáculo en el que cuantos se juegan su dinero para llevarlo a cabo con éxito o sin él son particulares y los que lo protagonizan arriesgando su vida, su prestigio o ambas cosas a la vez, también, en contraposición a una ley reglamentaria que linda la inconstitucionalidad y que se aplica sin responsabilidad ni coste alguno por quienes vienen haciéndolo con infundado y radical protagonismo desde los palcos presidenciales, desde los reconocimientos veterinarios y hasta desde el callejón. Un espectáculo que, además, genera infinidad de puestos de trabajo, ayuda a todo el comercio dependiente por su influencia en todas las fiestas donde hayan lugar corridas de toros y proporciona un dineral por impuestos varios al propio Estado sin que éste le preste la menor ayuda como lo hace con otros espectáculos que, si viven, es gracias a sus subvenciones.

Ahí está el sistema francés en donde casi todo funciona bastante mejor que en España por la sencilla razón de que quien manda es el público. El ganadero que comete una pifia o fracasa estrepitosamente, no vuelve en varios años y en paz. Y los toreros que no demuestran la suficiente destreza ni arriesgan un alamar un par de veces seguidas, lo mismo. Pero ya que hablamos de Francia y para seguir su ejemplo, cada vez que asistimos a una corrida en el país vecino y lo hacemos con frecuencia, se nos cae la cara de vergüenza al comprobar el extraordinario comportamiento del público, en más de su mitad compuesto por jóvenes, atentos siempre a la lidia, a la vez respetuosos y exigentes cuando procede, y, desde luego, mucho más preparados por estudiosos que cualquiera de los que actualmente asisten a los toros en nuestra patria. Y es que, aunque parezca mentira, los medios galos también sobrepasan en espacio y dedicación al toro y al toreo a la mayoría de los nuestros.

No digamos en lo referente al reconocimiento de las reses que en Francia llegan reseñadas y aprobadas desde cada ganadería - tan solo en Bilbao se procede de la misma manera y casi siempre con buenos resultados - y sobrada antelación a su lidia, mientras que en España y en demasiadas plazas lo hacen a toda prisa, mediante el transporte tercermundista que todavía impera - también habría modernizar radicalmente este asunto - y, en demasiados casos, inmediatamente antes de empezar las corridas aún a riesgo de que los toros padezcan incomodidades o calores extremos que tanto perjudican, como sucedió este año en la feria de Huelva con varios toros de Cuadri que llegaron a la plaza muertos.

Y DÉCIMA. Hay que invertir en televisión que por su fuerza merece un punto y aparte. Y lo merece por cuanto ha influido para bien o para mal en el devenir de la fiesta. Que la televisión hace falta, no lo duda nadie. Sobre todo desde que los canales que venían retransmitiendo festejos taurinos dejaron de hacerlo en la cuantía que durante años lo hicieron. Lejos de perjudicar la imagen de la fiesta, la potenciaron. En cuanto por las pantallas no se vieron toros, pareció que la fiesta no existía. La inversión del medio televisivo en las corridas de toros ha sido enorme mientras duró y las ganancias de los empresarios y profesionales en consecuencia proporcional a tal enormidad. ¿Por qué, entonces, y en vista de que los pocos canales que televisaban corridas se resisten a hacerlo, el toreo no invierte un solo euro en que inmediatamente antes o después de los telediarios de medio día o de la noche ofrezcan tres o cuatro minutos de información taurina?. Sería la única manera de que el toreo recobrara el interés que ha perdido entre la generalidad del público y de que las propias televisiones decidieran regresar al directo en las plazas. Algo imprescindible para que la gente volviera a hablar de toros e hiciera cola en las taquillas a poco que los carteles fueran atractivos. No se eche en saco roto lo que decimos. Dejen de ganar una mínima parte los que tanto dinero amasan, súmenlo, y compren espacios divulgativos para la televisión sobre lo sustancioso que ocurre diariamente en los ruedos más determinantes. Porque es una vergüenza que, salvo lo poco y en horas inconvenientes que se ofrecen en "Tendido Cero" de TVE, en el valenciano "Canal Nou" y el andaluz "Canal Sur", lo único que la gente ve de toros en las televisiones es la basura sobre la vida privada y más escandalosa de algunos toreros, o solamente imágenes de algunas cogidas de los más famosos, pero nunca nada sobre la competencia ni sobre los triunfos que protagonizan los más destacados y mejores.