José Antonio del Moral

REPASO DE CAMPAÑA

MUY POBRES SANFERMINES

Todos los toreros a una, como en Fuente Ovejuna. Ni las grandes figuras ni los que andan mejor este año actuaron más de una vez. Ningún novillero ni matador logró triunfar sin discusión ni por todo lo alto pese a las orejas y hasta el rabo que le dieron a Antonio Ferrera que, nadie lo dude, fue de regalo. Sólo el inigualable Pablo Hermoso de Mendoza, siempre profeta en su tierra, puso a todos de acuerdo. Las corridas de toros, mal presentadas en su mayoría: casi todas en escalera de tipos, tamaños y pesos. Los toros más grandes y feos que había en cada camada de las ganaderías participantes y remiendos a lo zapatero, como sea. Tampoco hubo una corrida completa en cuanto a comportamiento y ni siquiera un toro de campeonato aunque el Jurado oficial sí los encontró dignos de premio. Pese a los llenos diarios, el ambiente de la plaza declinó. Las peñas, fatal. Los tendidos de sombra con menos buenos aficionados que nunca. Y la presidencia, como desde hace tiempo, para el arrastre en falta de criterio y trato desigual.

Los inigualables encierros mañaneros y la incesante juerga, lo taparon todo. Como siempre en San Fermín. Taparon hasta al concejal de Aralar que este año encendió el cohete anunciador del inicio de las fiestas y se negó a gritar el tradicional "!Viva San Fermín¡". Tuvo que hacerlo la alcaldesa, Yolanda Barcina, sin que faltaran las protestas de varios miembros de la oposición consistorial. Mal asunto. Y aún peor lo que en la plaza cantaron todas las tardes los de las gradas altas de sol nada más terminar cada paseíllo: "Alcohol…alcohol, alcohol, alcohol, queremos emborracharnos, la corrida nos da igual…". Tomen nota de hacia donde van los Sanfermines los que siempre dicen que nunca pasa nada. Si continúa la escalada ultranacionalista y antitaurina, no duden que algo gordo pasará y no tardando. Pero vayamos al grano de la feria taurina de este año que es de lo que se trata y por orden para que nadie se enrede en la lectura.

Muy buena como de costumbre la novillada de Miranda de Pericalvo. Y los tres aspirantes por debajo de los novillos. Incluido quien más gustó, Angelito Teruel. Pinchó su buena labor con el tercero y dejó que le mataran a sexto en el caballo.

Y tras el aperitivo, otra cumbre más de Pablo Hermoso de Mendoza. Inagotable y a más y a mejor cada año como si fuera un semidios. Hermoso fue, por ello y con sus cuatro orejas y un rabo, el máximo triunfador de estos Sanfermines.

Había ganas de ver a José María Manzanares hijo y aunque fue quien mejor anduvo en la primera corrida de toros formal, la del Marqués de Domecq, los buenos toros se los llevaron sus colegas, Serafín Marín y Eduardo Gallo, y ambos dejaron pasar la ocasión. El catalán parece atravesar un mal momento que ya dura demasiado y el salmantino continúa sin levantar del todo el vuelo. Si al hijo de Manzanares le hubieran tocado cualquiera de los lotes de sus compañeros, hubiera abierto el ciclo por lo grande. Así pues, primer gran fiasco.

Por presencia y potencia, me gustó la mansota corrida de Dolores Aguirre. Y por esencia, los dos toros que no lograron aprovechar como era debido, Uceda Leal y Eduardo Dávila Miura. Uceda fue cogido al empezar su faena al primer toro, uno de los dos con alta nota, y aunque se repuso no anduvo a su altura. Y peor aún Dávila al que ya no hay quien le aguante como torero de ferias. Dávila debería dedicarse a otras labores. Dispusto sin más Robleño, se llevó lo peor de la corrida.

La corrida de Miura fue infumable pero que la televisaran para todo el mundo, un atentado contra el prestigio de la Fiesta. El Fundi, Juan José Padilla y un más compuesto que sus compañeros, Luis Vilchez, naufragaron víctimas de un envío imposible. Segundo gran petardo ferial.

Menos mal que en la desigual corrida de Cebada hubo toros con movilidad y encastada nobleza. Uno de ellos le correspondió al torero navarro, Francisco Marco, al que sus paisanos y la presidencia de turno regalaron una oreja de pueblo. Sin embargo, quien si ganó otra con total merecimiento fue Fernando Cruz. Autor de la primera faena propiamente dicha de la feria, Cruz consolidó su difícil marcha y dejó constancia de la pureza de su estilo. Valor y verdad fue su bandera. Si hubiera matado bien al sexto, hubiera cortado dos. Inexplicablemente mal y torpe vimos a Domingo Cháves Flores después de sus éxitos en Sevilla y Madrid.

Los toros de Osborne gustaron mucho en los nuevos Corrales del Gas pero no en la plaza. De espectaculares pelos pintados, por sus variadas y enormes cabezas, destartaladas, cornivueltas y hasta aliradas más parecieron bueyes que reses de lidia. También dieron juego desigual aunque en su mayor parte sin fuerza por lo que no cesaron de defenderse, de echar la cara arriba al final de los viajes y, en definitiva, de molestar a los toreros. Con tal materia prima, naufragó un Fandi extrañamente torpe en su fuerte que son las banderillas y apenas salvado por su templada aunque inocua faena al nobletón cuarto. La tarde, por ello, quedó en un duelo entre Sebastián Castella y César Jiménez.

Punto y aparte merece el espada francés porque quizá en esta ocasión pudimos emocionarnos con su actuación más valiente entre todas las valientes que le llevamos vistas. Fue cogido y herido muy gravemente por su segundo toro y siguió toreándole como si nada le hubiera pasado. Ni un gesto de dolor, ni un solo rictus de amargura, ni una sola duda en su volver a pisar terrenos a otros vedados. Y mucho, mucho temple en su angustiosa cercanía hasta matar al toro de espadazo algo defectuoso. Esperó a que le dieran la oreja - mereció las dos - y se fue por su pie a la enfermería sin perder el color rosa de su rostro. !Increíble!. Porque llevaba un cornalón que le rajaba el muslo en dos mitades aunque sin afectar órganos vitales.

Cesar Jiménez, por su parte, no le fue a la zaga aunque con menos aciertos. Lo mejor en sus dos faenas fue cómo toreó al natural con su ya virtuosa mano izquierda, especialmente el mejor tercer toro. Falló en lo dos con la espada y la gente no tomó en cuenta su gran inicio de faena al playerísimo y feísimo sexto, en lo medios y de rodillas.

Malísima la siguiente corrida de Alcurrucén con la excepción de un tercer toro al que desorejó Sebastián Cortés. El más joven sevillano, se empleó a fondo y anduvo pletórico dentro de su estilo algo vulgar. Con otra victoria más en Pamplona, fue al primer matador en salir a hombros y, a la postre, el único. Nada de nada de nada pudo hacer Ponce con el mansísimo primero que mató fatal escuchando la bronca de la feria. Luego anduvo muy por encima técnicamente del cuarto y como tampoco mató bien, nadie tomó en cuenta su científica faena.

Tampoco las dos de El Cid, aturdido y a la deriva con sus pésimos alcurrucenes.

El enorme aunque también desigual encierro de Fuente Ymbro embistió más de lo que muchos anunciaron dados sus exagerados pesos. Hasta su dueño, Ricardo Gallardo, se puso la venda antes de la herida. Pero es caso fue que sin ser nada del otro mundo, las moles se movieron. Unas mal y otras bien, pero se movieron. No dio la talla en cuanto a valor y seguridad en sí mismo el joven Ambel Posada que tomó la alternativa en medio de clamores luego convertidos en respetuosos silencios una vez muertos sus dos enemigos. Mientras que su padrino, El Juli, dio una de sus habituales lecciones magistrales con el segundo y difícil toro. Como tan magnífica labor sólo fue premiada con una ovación, no se empleó tanto ni tan acertadamente con el cuarto, quedando su actuación en tablas. Y peor Miguel Ángel Perera quien, tan valiente como soso, no logró trasmitir casa nada a los tendidos.

Finalmente, los victorinos. Corrida muy desigual en la que hubo de todo, dos anovillados asesinos, dos malos sin más, un quinto que se dejó y un magnífico sexto que salvó al ganadero de otra quema sanferminera tras su pésimo debut del año pasado. El protagonista de la tarde, sin embargo, fue Antonio Ferrera, espectacular, valiente, teatral como nunca y víctima de dos cogidas espeluznantes. Los otros dos espadas, Pepín Liria y Luis Miguel Encabo, anduvieron por encima de sus toros y la gente no les hizo ni caso.

La primera cogida que sufrió Ferrera se la propinó el tercer toro. A petición del propio diestro, le ataron un torniquete en el muslo y siguió en la lidia cojeando y doliéndose de la supuesta herida hasta matar a su oponente. Dado el dramatismo de las escenas, algunas exageradamente vendidas por el matador, la mayoría de los espectadores creyeron que no podría volver al ruedo para matar el sexto. Pero lo hizo por sorpresa en el último segundo, enfundado en un pantalón vaquero y como si nada le hubiera sucedido. Sin cojear y pletórico de facultades como bien se pudo apreciar en un primer par de banderillas. Al intentar quebrar al toro en un segundo par citando de espaldas, fue nuevamente cogido y esta vez más notoriamente herido. Con otro torniquete siguió Ferrera en la lid entre aclamaciones de los tendidos.

Excelente el toro para la muleta, Ferrera le hizo una buena faena repleta de emoción por la situación en que el heroico torero la llevó a cabo, mató de una estocada al encuentro muy espectacular que algunos calificaron como recibiendo y para el extremeño fueron dadas por u raudo presidente las dos orejas y el rabo del toro al que también premió con vuelta al ruedo. En mi opinión, tan inmerecida como el rabo. Ferrera fue atendido de dos cornadas graves sin que el parte facultativo distinguiera qué toros se las propinaron, el tercero, el sexto o los dos. Dada la tardanza en publicarse, su poca concreción y la entereza con que Ferrera volvió al ruedo, yo me incliné por pensar que el toro que de verdad le hirió fue el sexto y que lo del tercero fue más teatro que otra cosa. Mi versión, por eso, armó la de San Quintín. Lo siento. Pero eso fue lo que pensé y lo que sigo pensando.