José Antonio del Moral

TOROS EN EL PUERTO DE SANTA MARÍA

 

MAESTRÍA Y VALOR DE EL JULI Y MANZANARES EN LA CARIÑOSA DESPEDIDA DE JESULÍN

 

Con una corrida muy desigual de Torrehandilla, el de Ubrique cortó una oreja. Dos El Juli por su entregadísima faena al quinto. Y otra Manzanares que fue el autor de la obra más enjundiosa del festejo frente al nada fácil tercer toro que no fue el peor porque el de Alicante tuvo que matar en sexto lugar una alimaña criminal que pareció ya toreada.    

 

Plaza de toros de El Puerto de Santamaría. 6 de agosto de 2007. Corrida del abono de verano. Tarde medio nublada con brisa y algo más de media entrada. Seis toros de Torrehandilla, bien aunque desigualmente presentados y de juego desigual con predominio de los complicados. Justos de fuerza en su mayoría, por más nobles destacaron primero, cuarto y quinto; y por más difíciles el tercero y, sobre todo, el sexto que resultó peligrosísimo. El segundo se rajó enseguida y solo sirvió en los dos primeros tercios. Jesulín de Ubrique (blanco y oro): Pinchazo hondo, ovación. Estocada caída, oreja y cariñosa petición de otra con vuelta emocionante. El Juli (corinto y oro): Estocada, ovación. Gran estocada, dos orejas. Salió a hombros.  José María Manzanares (añil y azabache con golpes rojos): Estoconazo desprendido, oreja. Estocada de efectos fulminantes, ovación. A caballo destacó Chocolate en un gran puyazo al tercero. En la brega, Antonio Caba, Juan José Trujillo y Curro Javier quien, con Carmelo, fueron ovacionados en banderillas.

 

Aunque la Real Plaza de El Puerto no se llenó, en el ambiente que se respiraba era de expectación. Jesulín iba a decir adiós en el histórico coso que tanto le vio triunfar, El Juli estaba obligado a lo mismo porque en su primera tarde de este año se había ido de vacío, y a José María Manzanares se le esperaba con enorme ilusión porque ya corre de boca en boca que el alicantino no solo parece que va para gran figura sino que posee el don del toreo eterno.

 

Como cada vez que bajamos a El Puerto, nos complacieron los detalles que adornan su plaza de toros. Junto a la bandera Nacional enhiesta sobre el Palco Regio, las de las regiones origen de los actuantes. Flameaban al viento, pues, porque soplaba fresco la española, la de Andalucía y la de Alicante. Los alguaciles, ataviados de lujo, los areneros y asistencias ataviados de blanco con pañuelo rojo anudado en la nuca, los balcones de gradas y andanadas engalanados como en ninguna otra plaza del mundo, los virtuosos clarineros situados detrás de la presidencia, vestidos con levita azul marino y tocados con bicornio. Y una banda de música realmente magnífica, casi sinfónica. La escenografía decimonónica y el comportamiento del público, en su mayoría compuesto por buenos aficionados de la Baja Andalucía y de veraneantes de otros lugares, completaban el inigualable ambiente. Solo faltaba que la corrida de toros de Torrehandilla embistiera en correspondencia a tanto lujo. Pero esto no ocurrió y los que embistieron fueron los toreros.

 

El cariño con que los públicos de toda España están despidiendo a Jesulín de Ubrique se manifestó en El Puerto con mayor intensidad que en ningún otro sitio. Las continuas palmas por bulerías de los portuenses subrayaron cuando hizo Jesús Janeiro con sus dos toros y también la dadivosidad porque allí todo el mundo estaba dispuesto a que el gaditano saliera a hombros por última vez. Para ello, la suerte le sonrió con el mejor lote porque ambas reses resultaron muy nobles aunque sin apenas fuerza. Soso el primero y derrengadillo el cuarto por lo que se defendió, con ambos se templó Jesulín en dos faenas marca de la casa sin llegar a mayores. Del primer toro pudo cortar una oreja Jesús pero lo impidió su garrafal puntillero que repitió fallos entre la impaciencia del público. Y del cuarto, dos. Pero la señora presidenta negó la segunda en estricta razón si hubiera sido una corrida más para el de Ubrique porque no la mereció aunque sí en esta especial ocasión como bien pudo comprobarse en la despedida apoteósica del torero al abandonar la plaza.

 

Despedida que también fue muy grata para los otros dos espadas aunque El Juli lo hizo a hombros y José María Manzanares entre la admiración de sus ya muchos nuevos partidarios, la mayoría felices tras haberse librado el joven diestro con rápida soltura y estocada superior de una de las reses más avisadas y peligrosas que hemos visto en la presente temporada.

 

Dos exhibiciones protagonizó El Juli en sus toros. Perfecto, variado y brillante con el capote – recibo por verónicas, galleo por chicuelinas y quite por tafalleras y revoleras - en su primero hasta que luego, en la muleta, el animal se rajó por completo y tuvo que abreviar con también magistral resolución. Y a sabiendas de que el cuarto no habría dado nada de sí de haberse picado formalmente, ahorro total de castigo y ni un capotazo de más en la brega para encontrárselo crudo en el último tercio y así poder triunfar como tenía previsto desde que apareció por la puerta de cuadrillas. De ahí que la faena de El Juli con este quinto fuera más de fe en sí mismo que de fe en el toro porque la verdad es que este toro no valió un pimiento. Sí y mucho hasta grados inimaginables en el momento que El Juli brindó su trasteo, cuanto tuvo que exponer el madrileño para meter al toro en cintura hasta convertir la entrega y el valor en una obra de admirable orfebrería que puso la plaza en pie. Y más el gran volapié con que la clausuró.

 

Con todo y con ello, lo más enjundioso de la tarde aconteció en la faena de muleta de José María Manzanares al tercero. Un toro que no paró de escarbar desde que salió de los chiqueros hasta el punto de ponerse realmente difícil lograr que, una faena tan forzosamente entrecortada, resultara a la vez magistral y bellísima. Y es que Manzanares supo colocarse perfectamente para cada tanda – cuatro por redondos y una al natural – además de esperar pacientemente que el toro dejara de escarbar para reemprender sucesivamente su obra, clamorosamente jaleada con sentidos y largos olés al compás de cada pase mientras la banda lo envolvía todo con un pasodoble asimismo acompasado a la situación, lo que produjo un clímax para recordar. Claro que, para que tan exclusiva y especial obra aconteciera, el toro embistió con motor y transmitiendo mucho en cada arrancada posterior a mostrase acobardado, y el torero aportar su natural apostura mientras tuvo que esperar quieto sin descomponer su escultórica presencia y torear con rumoroso empaque y señorial temple al recetar y ligar un muletazo a otro completamente arrebujado con su oponente. Subyugados terminaron los espectadotes y el toro rápidamente rodado de una contundente estocada. Señores, ¡qué pedazo de torero¡.