FERIA DE LA PEREGRINA EN PONTEVEDRA
José Antonio del Moral
CASTELLA DA UN PASO DE GIGANTE Y PONCE LE RESPONDE CON LA MEJOR FAENA DE LA TEMPORADA
FRENTE A UNA EN GRAN PARTE EXCELENTE Y MUY SERIA CORRIDA DE ROMÁN SORANDO, EL JÓVEN ESPADA FRANCÉS Y EL MAESTRO VALENCIANO PROTAGONIZARON EL MOMENTO ESTELAR DEL AÑO MIENTRAS RINCÓN, CON TANTAS GANAS COMO TODAVÍA SIN SITIO, SE CONVIRTIÓ EN EL TESTIGO PRIVILEGIADO DEL EVENTO
Plaza de toros de Pontevedra. 7 de agosto de 2005. Primera de feria. Tarde agradable en recinto semicubierto con casi lleno. Seis toros de Román Sorando sorprendentemente presentados como para una plaza de primera con muy buenas hechuras, magníficamente armados, hondos y astifinos. Dieron buen juego en general, destacando por mejores el primero, el tercero – que fue el más completo – y el cuarto. Los demás presentaron dificultades salvables. Cesar Rincón (marino y oro): Pinchazo y estocada caída, ovación. Bajonazo, pitos. Enrique Ponce (celeste y oro): Media caída, oreja. Estoconazo desprendido, dos orejas con fuerte petición de rabo y dos vueltas al ruedo clamorosas seguidas de bronca a la presidencia. Sebastián Castella (malva y oro): Buena estocada, dos orejas. Casi entera desprendida, oreja.
Jamás pudimos imaginar que en la plaza de Pontevedra tendría lugar el momento estelar de la presente temporada. Pero el toreo siempre fue así de sorprendente para mal o para bien. En el caso que nos ocupa en esta crónica, definitivamente para bien ya que al paso de gigante que con el tercer toro de la tarde dio Sebastián Castella – una de las actuaciones más rotundas que hayamos visto este año con capote, muleta y espada a cargo de quien más cerca está de entre los jóvenes de lograr un puesto de privilegio en la primera fila del toro – respondió Enrique Ponce tal y como viene siendo norma obligada de la primerísima figura cada vez que alguien le acosa, con la mejor faena que hayamos podido disfrutar en lo que va de campaña. Obra de verdadera antología que entra en la colección de las más celebradas joyas poncistas y que un presidente sin la más mínima sensibilidad se negó a conceder el rabo pedido en medio de un indescriptible clamor.
Lo mereció Ponce y por eso dio dos vueltas al ruedo recogiendo prendas de vestir, flores y puros como ocurría antiguamente. Por cierto que, también nos sorprendió la magnificencia y belleza del escenario, repleto de buenos aficionados en sombra y de cantidad de peñas uniformadas, alegres y entusiastas en las localidades de sol que ofrecieron un ambiente de gala. Pocas plazas ahora mismo son tan gratas sin que ello quiera decir fáciles ni alocadas. Hilan fino los pontevedreses independientemente de su abierto talante.
Que se lo pregunten a Cesar Rincón quien, tras matar el primer toro de la tarde con el que anduvo bien aunque por bajo de su calidad, los mismos que le habían jaleado y aplaudido durante su faena de muleta, se limitaron a premiarle con una cariñosa ovación. Y no es que estuvieran fríos, es que miden y sopesan. Ocurrió también con el segundo y más incómodo toro con el que Enrique Ponce permitió – u ordenó – le castigaran duramente en varas y los tendidos se lo reprocharon aunque luego de que el valenciano lograra una de sus faenas milagro, nadie daba un euro por la faena, Ponce la consiguió extremando su excepcional sentido del temple acoplado en cada viaje incierto del toro a su cambiante e informal embestir. Esta primera faena de Ponce fue la primera premiada con oreja de una tarde que rompió a excepcional con el siguiente toro, el mejor del envío de Román Sorando.
Bueno, bravo, con fijeza y con clase pese a la voltereta que se pegó al salir de un capotazo en la brega, Sebastián Castella lo recibió con amplio ramillete de mecidas, muy templadas y ajustadísimas verónicas que anunciaron lo que vendría después, un redondo faenón de superior factura, variedad, templanza e intensa ligazón digno de una auténtica figura del toreo, la que seguro va a ser al espada francés tras romper ayer con tan distinguido trasteo ante dos estrellas consagradas. Ritmo, hondura, sentimiento, clase, entrega y valor, mucho valor de este Castella ya lanzado hacia la gloria sin que nadie pueda pararlo ni negarlo y que se enteren sobre todo en Francia del suceso.
Castella había puesto la plaza boca abajo y recibido las sinceras y más personales felicitaciones de cuantos estábamos en el callejón, incluida la de Enrique Ponce, gran compañero como siempre y encantado con ver por segunda vez tan felizmente triunfal al joven espada francés tras el grave percance de Valencia. También Cesar Rincón, ansioso por triunfar con el cuarto toro pese a las serias dificultades por violento e incierto que mostró. Pero Rincón no ha recuperado todavía el sitio perdido con su percance de Valencia, el toro lo detectó y el muy enrazado aunque frustrado empeño del matador colombiano, terminó por desbordarle con la fiera haciendo hilo, persiguiendo y desarmando al torero que acabó como mejor pudo con su enemigo, de un infamante bajonazo por lo que la clientela se enfadó sin disimulos.
Como no podía ser menos, de inmediato llegó la apuntada y desde luego esperada respuesta de Ponce al último reto de los muchos que ha tenido que encarar a lo largo de su vida. Impresionantes sus verónicas de recibo rodilla en tierra y luego despatarrado en pie. Y colosal su faena de muleta que empezó algo impreciso por sufrir un par de enganchones con la mano derecha – el toro rompería mejor por el lado izquierdo – y siguió con un portentoso recital de naturales en todas las versiones que el valenciano imaginó y llevó a cabo con excepcional sutileza en un derroche de temple, buen gusto e inagotable inspiración. Inenarrable el deleite que produjo tal concierto entre los espectadores puestos en pie cuando, finalmente, Ponce logró por redondos lo que no había conseguido en la apertura del trasteo antes de recetar varias roblesinas y sensacionales ayudados por bajo que terminaron – esta vez sí – con una contundente y efectiva estocada. El frenesí se desató y las aclamaciones llegaron hasta el mismísimo Chiva, patria chica del gran torero, otra vez en el pináculo de su propia gloria e historia y otra vez más dueño del cetro imperial del toreo en todo su esplendor.
A este nuevo "si tu bueno, yo mejor" de Ponce, también respondió Sebastián Castella con otra faena de aún mayor mérito que su anterior trasteo porque el sexto toro fue de los menos proclives al lucimiento. No solo se jugó Castella su novena cornada sino que terminó toreando por redondos y al natural como si el toro hubiera sido bueno. Otra oreja igualó su cosecha con la de Ponce y ambos fueron aupados a hombros para compartir una salida por la puerta grande de las que hacen época. ¡Enhorabuena a ambos!tra O