José Antonio del Moral
FERIA DE SAN
FERMÍN EN PAMPLONA
CATASTRÓFICO DEBUT DE
Muy bien presentados los
toros aunque inválidos cuando no increíblemente quebradizos de patas, dos
fueron sustituidos por sendos y vulgares sobreros de Peralta. Tan solo el
quinto se mantuvo entero tras simularse la suerte de varas para luego resultar
muy peligroso. El pavoroso sexto quedó inservible por lastimarse de una mano
nada más iniciar el trasteo de muleta Sebastián Castella
a cuyo cargo corrió la única faena importante de la tarde con el segundo
sobrero aunque volvió a estropear todo con la espada. El Juli
pasó prácticamente desapercibido. Y El Cid pasó uno de los tragos más amargos
de su vida, librándose de ser corneado por puro milagro.
Plaza Monumental de Pamplona. 13 de julio de
2007. Novena de feria. Tarde muy calurosa con el llenazo habitual. Cuatro toros
de Antonio Bañuelos, muy bien aunque desigualmente presentados y sobradamente
armados, algunos espectacularmente veletos, como el
sexto, de aspecto pavoroso y a la postre inútil tras romperse una mano nada más
iniciada la faena de muleta por su matador. Muy débiles de remos cuando no
quebradizos de patas o de manos, como el segundo y el tercero que fueron
devueltos, siendo sustituidos por sendos sobreros sin buenas hechuras ni clase
aunque en las manos de los dos toreros que cayeron resultaron manejables. Los
de Bañuelos apenas resultaron lucidos salvo el quinto que desarrolló mucho
peligro hasta ponerse imposible. El Juli (corinto y
oro): Bajonazo, silencio. Pinchazo, casi entera trasera y descabello, palmas
con saludos. El Cid (amapola y oro): Cuatro pinchazos y tres descabellos, aviso
y silencio tras algunos pitos. Pinchazo corrido que abrió un largo ojal y
estocada trasera caída, ovación mientras pasaba a la enfermería donde fue
atendido de contusiones múltiples y de posible luxación en el hombro pendiente
de estudio. Sebastián Castella (turquesa y oro): Tres
pinchazos y cinco descabellos, silencio. Pinchazo muy hondo en los bajos,
palmas seguidas de protestas a la presidencia por no haber devuelto el
toro.
Una corrida desgraciada, se mire por donde se
mire, y para colmo aciaga para uno de los actuantes, El Cid, que vino para
sustituir al todavía convaleciente de su grave cornada en Alicante, José María
Manzanares, y por poco la termina en el quirófano por la tremebunda cogida que
sufrió en plena faena del quinto de Bañuelos, el único que se mantuvo entero
por apenas picado – ni le hicieron sangre –, llegando a la muleta con un pitón
derecho peligroso por el que ya había avisado durante la brega en el primer
tercio. Más adelante hablaremos de este inoportuno percance de El Cid y de por
qué sucedió, lo que en todo caso dejó en evidencia lo equívoco del
planteamiento de la faena del torero de Salteras. Pero siguiendo con las
desagracias, señalar como mayor de todas el catastrófico juego que dieron los
toros de Antonio Bañuelos que ayer debutó como ganadero en Pamplona y no pudo
tener peor suerte ni sufrir más daño con las repercusiones que tal desastre le causará
de ahora en adelante, sobre todo en las corridas que podría lidiar en plazas de
gran categoría.
Porque una cosa es lidiar y triunfar tal y como
viene logrando en la plaza de Burgos, en cuya provincia pastan los toros quizá
demasiado afectados por el frío, las heladas y las lluvias invernales, y otra
muy distinta en ruedos donde se exigen tamaños y pesos enormes sin contar la intensa
lidia que, por lo visto ayer, les resultó muy difícil de soportar. La corrida
empezó con un animal que no cesó de caerse aunque, por muy noble, El Juli pudo pasarlo de muleta con buen son sin que la bondad
de algunos pases repercutiera lo más mínimo en el aprecio del público. Y es que
este toro debió ser devuelto. Tal como ocurrió con los dos que siguieron.
El Cid anduvo correcto con el primer sobrero de
Peralta aunque tan vulgar como el toro y, encima, se eternizó con los aceros lo
que enfadó al público. Este mismo fallo a espadas privó a Sebastián Castella de triunfar como hubiera merecido con el tercero,
segundo sobrero de Peralta. Un toro más en Contreras que el anterior pero de
complicado juego porque en corto se metía por dentro y en la media distancia
reponía de inmediato, razón por la que Castella tuvo
siempre que perderle un par de pasos para, en cada pase, citar a unos tres
metros que fue por lo que, poco a poco, logró corregir al animal, mejorando el
trazo de la faena a medida que fue avanzando. Trasteo importante y de maestro
consumado el del francés que supo y pudo tapar todos los defectos que tenía el
toro hasta hacerle embestir, para la mayoría de los espectadores, como si fuera
bueno. Otra nota muy alta más para Castella aunque
con la espada pegara luego un verdadero y lamentable sainete.
El cuarto fue el más corriente de los de
Bañuelos aunque a la postre se dejó gracias a la lidia que le dio El Juli quien, además, lo toreó por lo clásico sin que tampoco
el público le hiciera caso hasta que Julián se tiró por peteneras de cara a la
galería del sol, logrando que al menos las peñas le aplaudieran. Pero como sus
colegas falló con la espada y todo se fue al garete.
Y llegó el quinto. Un mal toro que, supongo, El
Cid cuidó en varas pensando que se iba a caer como los hermanos, equivocándose
de medio a medio porque el animal se fue arriba en palos y en la muleta con las
pésimas intenciones que ya había cantado en el capote. Sobre todo por el lado
derecho. Garrafal fue empezar la faena por ese pitón con la mano retasada en los cites y sin confianza
por lo que el toro se adueñó de la situación mientras el torero naufragaba una
y otra vez. También en sus intentos al natural. Y terriblemente cuando volvió a
citar por las afueras con la mano derecha. Le vio el toro, se fue para el
torero como una exhalación y surgió el volteretón que
debió dejar grogui al matador, zafado finalmente de los que corrieron a
auxiliarle para matar, menos mal que pronto, de pinchazo y estocada, gesto que
agradeció el público a El Cid mientras pasó maltrecho aunque por su pie a la
enfermería.
Así de mal las cosas, saltó el muy cornalón
sexto al ruedo y Castella se hizo presente con la
calma, el temple y la seguridad que acostumbra dando esperanzas a todos de
triunfar y hasta de armar un alboroto. Lo que sucedió al empezar su faena en
los medios con un emocionatísimo pase cambiado con la
derecha por la espalda, instante en que el toro se rompió la mano y entre la
protestas del público que pidió se devolviera el toro a los corrales,
acrecentadas cuando el palco se negó – reglamentariamente con razón pero
estratégicamente sin ella -, a Castella no le cupo
otro remedio que matar al toro mientras la gente abandonó la plaza más que
disgustada.