José Antonio del Moral
FERIA DE SAN
FERMÍN EN PAMPLONA
CASTELLA PINCHA UNA GRAN
FAENA Y JESULÍN DOS LECCIONES DE TEMPLE
El de Ubrique,
que se despidió de la afición pamplonica, pudo haber salido a hombros, lo mismo
que el diestro francés quien, tras andar desdibujado con su primer toro – una
ruina como los de la primera mitad de la corrida del Marqués de Domecq – cuajó una memorable actuación por valiente y
magníficamente ligada frente al toro más serio y astifino de la feria, mientras
Talavante, que no había andado mal con su primero,
pegó un petardo con el imponente y bravo sexto.
Plaza Monumental de Pamplona. 12 de julio de
2007. Octava de feria. Tarde por fin radiante y calurosa con el llenazo
habitual. Siete toros del Marqués de Domecq incluido
el sobrero que reemplazó al primero, devuelto por romperse una mano nada más
salir. Casi todos adolecieron de fuerza y de raza, sobre todo los de la primera
mitad, si bien el que abrió plaza y el tercero resultaron nobles. También el
más cuajado cuarto, el impresionante quinto y el asimismo serio sexto que fue
el más bravo del envío. Jesulín de Ubrique (mandarina y plata): Dos pinchazos y casi entera
caída tendida, aviso y silencio. Tres pinchazos y descabello, aviso y gran
ovación. Sebastián Castella (añil y oro): Pinchazo,
estocada baja y seis descabellos, aviso y silencio tras leve división. Dos
pinchazos hondos caídos y descabello, aviso y gran ovación. Alejandro Talavante (malva y oro): Media estocada, ovación. Tres
pinchazos y descabello, silencio. Muy bien en la brega y en palos, Curro
Molina. Y en pares sueltos, Pablo Delgado y El Niño de Leganés.
Hasta que salió el cuarto toro, la corrida iba
cuesta abajo si bien, Jesulín, había sido el que más
destacó de la terna. De primeras por su habilidad y listeza al marcharse bajo
las peñas de sol para brindarles su primera faena, lo que acalló como por
encanto la canción que estaban coreando los del graderío alto, hasta entonces
ajenos por completo a lo que había hecho el torero de Ubrique.
Allí mismo, a pleno sol y junto a las tablas, que era el sito donde el toro -
rajado desde mucho antes - embistió más cómodamente aunque también un tanto
mortecino en sus soso aunque dócil ir y venir, Jesulín
nos ofreció una primera lección de exquisito temple que, lamentablemente,
emborronó con la espada. Iba a ser el mal sino de una jornada en la que los
tres matadores fallaron con los aceros en cinco de los seis astados.
De lo contrario, se habrían cortado cuatro orejas y de las merecidas.
Porque Jesulín, que
volvió a dar otra exhibición de temple con el más serio y muy noble cuarto al
que toreó como si lo estuviera haciendo de salón en uno de los prados de su
famosa finca, “Ambiciones”, volvió a pinchar, perdiendo una segura oreja que
sumada a la que, posiblemente, también había perdido antes, se quedó con las
ganas de cerrar su vida torera en Pamplona saliendo a hombros de la plaza. El
público, no obstante y aunque no había prestado demasiado calor a la excelente
faena que cuajó el gaditano, le obligó a salir para corresponder a una
cariñosísima ovación de despedida. Bonito detalle en medio de la aquí
acostumbrada e incesante jarana.
Decía que uno de los seis toros fue el único que
murió de una sola estocada y éste fue el tercero que correspondió a Alejandro Talavante. Firme como en su primera corrida lo toreó
Alejandro aunque un tanto por las afueras y en esa media altura que, esta vez,
requería la debilidad del toro aunque, la verdad, sin llegar al público por la
sosería del animal y la poca pasión que le echó el torero a su fluctuante
empeño. La verdad es que a la gente le agradó Talavante
con este toro pero sin arrebatos de ninguna especie. Le quedaba otro toro y,
hasta que salió el quinto, muchos esperaron el campanazo del extremeño, sobre
todo tras el fiasco que sufrimos con un pésimo segundo del Marqués con el que Castella anduvo extrañamente desdibujado y hasta torpe
porque incluso fue desarmado tres veces en su nada interesante faena.
El quinto fue un toro de enorme seriedad. Alto,
hondo, largísimo y muy agresivamente armado con astifinos pitones. Un toro para
asustar al más pintado pero no a Sebastián Castella
que, enseguida apercibido de que metía la cara e iba largo pese a su debilidad,
lo toreó a placer, ajustado y templadísimo, en cuatro lances, media y tres revoleras
que pusieron la plaza boca abajo. Se mascaba el faenón
y, desde luego que llegó, aunque tras un sensacional tercio de banderillas
protagonizado por Curro Molina y Pablo Delgado que fue como una feliz y
emocionante premonición de lo que llegó de las manos del gran torero francés.
Sin duda y hasta ayer, la faena de la feria. Basada en la mano derecho, pitón
por donde con más profundidad embistió este quinto como también lado por el que
Castella se hartó de torear y de ligar tandas
soberanas que ligó a larguísimos pases de pecho,
recetados sin enmienda. Como también los naturales aunque por ese pitón empezó
a defenderse y a puntear el toro por arriba y no todos los muletazos resultaron
limpios aunque siempre emocionantes por lo quieto que los dio el torero y lo
muy cerca que se pasó los pitones. Un festín de circulares seguido de varias
manoletinas en las que los pitones del toro rozaron la pechera de la
chaquetilla de Castella, dejó la cosa para que, a
poco que la espada hubiera sido efectiva, las dos orejas habrían sido pedidas
con clamor y concedidas con todo merecimiento. Pero Castella
pinchó y el gran triunfo quedó en fuerte ovación.
Tan fuerte como el compromiso que tuvo que
afrontar Talavante con el sexto y también
impotentísimo ejemplar que, además de muy bravo en el caballo – derribó
espectacularmente al equino y al picador en un primer encuentro en toriles tras
llegar violentamente al relance de un capotazo inoportuno –, se fue arriba y siguió
siendo bravo en la muleta. Ocasión que ni pintada para haber dado la réplica al
francés. Pero en vez de réplica, Talavante presentó
su rendición. Un tanto desconcertado e imagino que también víctima de lo que
acababa de hacer Castella – cuando alguien torea tan
quieto, tan cerca, tan despacio, reunido y despreciando cualquier percance, los
demás se asustan - no se produjo el “si tu bueno, yo mejor”, sino un descalabro
inapelable. Derrota, pues, en toda regla de Talavante
a manos de su gran rival – Castella lo está siendo de
toda la cabeza del escalafón - y las apuestas que se habían hecho a favor del
extremeño, a la baja y a la espera de un nuevo enfrentamiento.