José Antonio del Moral
FERIA DE SAN
FERMÍN EN PAMPLONA
¿HASTA CUANDO TENDREMOS QUE
AGUANTAR LAS CORRIDAS DE MIURA?
Puede que el descomunal y pavoroso envío
sirviera para correr en el encierro matinal, pero de ningún modo para la lidia
contemporánea. Ni siquiera para la antigua porque hace años sí que echaba toros
bravos y encastados la histórica ganadería. Últimamente parece imposible. Reses
todo lo imponentes y terribles de aspecto que se quiera, pero absolutamente
inservibles para el toreo. Ayer, únicamente Rafaelillo
logró la atención del público y ello porque anduvo hecho un tío frente al peor
lote que se pueda imaginar. Y dicho sea con todos los respetos que merecen Luís
Miguel Encabo y Fernando Robleño por el solo hecho de
ponerse delante de semejantes animales: aunque quisieron no pudieron hacer nada
destacable y, además, aburrieron en sus baldíos intentos
Plaza Monumental de Pamplona. 8 de julio de
2007. Cuarta de feria. Tarde entoldada y progresivamente ventosa y fresca con
el llenazo habitual. Seis toros de Miura de sobradísma
presentación, enorme alzada y pavorosa cornamenta. Todos mansos en distintos
grados de fuerza, imposibles para el toreo formal y algunos con mucho peligro
como el segundo y el quinto. Luís Miguel Encabo (malva y oro): Bajonazo y dos
descabellos, silencio. Sartenazo en el costillar, silencio. Rafaelillo
(turmalina y oro): Estocada corta caída y media perpendicular, aviso y ovación.
Estocada algo perpendicular y tres descabellos, dos avisos y gran ovación.
Fernando Robleño (blanco y oro con remates negros):
Tres pinchazos y estocada caída, silencio. Dos pinchazos y tres descabellos,
silencio. Muy oportuno en quites, Niño de Santa Rita.
Breve ha de ser esta crónica como, por fortuna,
lo fue la corrida de Miura pese a las muchas dificultades que presentaron los
impresionantes torazos que compusieron la imposible mansada
que, eso sí, fueron picados, banderilleados y muertos a estoque como buena o
malamente pudieron los alternantes con la ayuda de sus cuadrillas. Cumplieron, pues, con lo que suelen anunciar
los carteles pero con nada que gente
espera. ¿Solo valor y ganas en este tipo de corridas? Creo que algo más porque,
de lo contrario, no se entiende el masivo concurso de espectadores y de su
infinita paciencia.
Pero es que las corridas de Miura siguen
figurando como estrellas en varias ferias, sobre todo en esta de San Fermín, y
la verdad es que llevamos años que no hay manera de ver un lote medianamente
potable. Puede que los toros de Miura sirvan de perlas a la organización de las
fiestas taurinas por lo que se refiere a los encierros mañaneros porque, aunque
algunos no lo sepan, estas reses suelen correr bastante reunidas y sin apenas
peligro por las calles pese a que, en los fines de semana, están atiborradas de
un gentío en su mayoría ajeno al cómo y al por qué de los universalmente
famosos encierros. Pero luego, en la plaza, no dan el menor juego aprovechable
salvo dejarse castigar y matar por quienes los lidian aunque hablar de lidia en
estos casos es decir que se les hacen cosas sin más motivo que procurar que no
cojan a nadie hasta que llega el momento de darles muerte y acabar – cuanto
antes casi siempre – con tales alimañas.
Un espectáculo realmente deplorable que, encima,
da razones que no tienen o no deberían tener los antitaurinos.
La masacre de seis animales por el solo hecho de hacerlo sin la menor
contrapartida artística es un dislate además de una vergüenza. Esta clase de
corridas no deben dar motivos para criticar a los toreros que bastante hacen
los pobres que ponerse delante y tragar quina. Por eso hoy me voy a limitar a
hacer un encendido y entusiasta elogio del proceder inequívocamente entregado
de Rafaelillo que, con los dos toros más complicados
y peligrosos, derrochó valor, pundonor, sentido de la responsabilidad y mucha
habilidad.
Ni un lance ni muletazo en serio o formal pudo
dar Rafeaelillo a ninguno de sus toros, pero sí
aguantar firme y asentado tarascadas y hachazos con tanta e incondicional
disposición como inaudita presencia de ánimo que nos sobrecogió a todos los
presentes y aún más después, cuando los mató con enorme corazón y entrega
absoluta. Solo la estocada que pegó al quinto que, por cierto, brindó a quien
más le ha estado apoyando, José Ignacio de