José Antonio del Moral
FERIA DE SAN FERMÍN EN PAMPLONA
SOLITARIA Y FELIZ OPORTUNIDAD PARA SALVADOR CORTÉS EN MEDIO DE UNA IMPONENTE MANSADA DE ALCURRUCÉN
El joven valor sevillano, muy dispuesto toda la tarde, cortó dos orejas del tercer toro - único que repitió con nobleza aunque sin clase del grandullón y malhadado encierro - y salió a hombros. Enrique Ponce se fue de vacío tras dar una de cal y otra de arena. Y El Cid, con más pena que gloria porque la suerte no le acompañó esta vez y, por ello, sin ningún acierto.
Pamplona. Plaza de la Misericordia. 12 de julio de 2006. Octava de feria. Tarde progresivamente calurosa con lleno total. Seis toros de Alcurrucén, de gran aunque desigual envergadura, muy altos de agujas y mansos en distintos grados de manejabilidad. Ninguna en el caso del primero y muy escasa en los restantes con la excepción del tercero que resultó noble y repitió los viajes con sostenido brío aunque sin humillar. Enrique Ponce (grana y oro): Cinco pinchazos, dos de ellos hondos, y descabello, aviso y gran bronca. Sartenazo en el costillar, aviso y silencio. El Cid (añil y oro): Bajonazo, palmas. Estocada caída y tres descabellos, silencio. Salvador Cortes (blanco y plata con cabos rojos): Buena aunque algo desprendida estocada, dos orejas. Estocada baja, palmas. Salió a hombros. De las cuadrillas destacaron los picadores Manuel Quinta y Antonio Saavedra.
Nos temíamos el fiasco ganadero porque últimamente lo de Alcurrucén no embiste y si algún toro les sale bueno parece de casualidad. Una pena porque era una de las vacadas más seguras del encaste Núñez y, sea por lo que fuere - me inclino por haber ampliado tanto la camada -, en casi todas las corridas que lidian nos dan el disgusto. Y ayer más con uno de los pocos carteles de fuste en estos sanfermines. Menos mal que salió uno de los buenos, el tercero. Si no lo hubieran echado, a estas alturas estaríamos escribiendo de una debacle irremediable.
Aunque El Cid figuraba en el cartel, esta vez no le favoreció la suerte como suele. Se la llevó el más joven y más necesitado de triunfar, Salvador Cortés. Y a fe que la aprovechó de cabo a rabo. Buenos lances en el recibo cuidando luego al toro en varas para que le quedara fuerza suficiente para hacerle faena. Una labor completa, casi redonda, iniciada con donaire, con muy cara torería. Mediada sobre la mano derecha por redondos muy templados y ligados a los de pecho para seguir con la zurda en una primera tanda buena y otra de menor nivel porque el bicho no quiso más coles por ese pitón, cerrando con un festín de variados muletazos ligados y un broche de manoletinas que levantaron la obra, mas la contundente y muy eficaz estocada que puso en sus manos las dos orejas del burel.
Luego del general fiasco con los toros que antecedieron y siguieron y llevado por el lógico favor del público, Salvador Cortés brindó el bastote y chorreao sexto a la parroquia aun a sabiendas de que no le daría la misma oportunidad de triunfar pese a que lo dejó crudo para la faena para que, al menos, se moviera. Y así ocurrió, que se movió mal y acabó parado. La innegable disposición del torero también fue apreciada por el público.
En lo demás y por lo que a positivo se refiere, solo destacó la inteligente - más bien científica - faena de Enrique Ponce al cuarto. Iba este toro sin querer ir, sin humillar una sola vez y abriéndose con la cara muy alta al final de cada viaje. Y Ponce, que lo vio, le aplicó la receta más conveniente: no molestarlo, no obligarlo, llevarlo siempre al aire que el toro quiso. Una maravilla que la mayoría del público no valoró y menos tras el sartenazo con que el valenciano liquidó a su oponente.
Con esta sabia labor sin apenas eco, logró hacerse perdonar Ponce su nula faena ante el manso integral que abrió plaza. Un toro muy bien picado, por cierto, porque si Manuel Quinta no hubiera traspasado las dichosas rayas para pegarle, no lo hubiera logrado ni una sola vez. Tampoco pasó nunca el toro y por ello no hubo pases. Simple macheteo sobre las piernas sin ningún disimulo ni concesiones a la galería y el broncazo consiguiente. Desde el que le dedicaron a Ordóñez en su última corrida en Pamplona, no había visto nada semejante. Recuerdo que Diego Puerta comentó después de aquella corrida que a él le hubiera gustado escuchar una bronca tan descomunal. Al tal señor, tal honor…
En cambio, qué bien trató el público a El Cid por hacer como que quería sin querer con el segundo toro, otro manso de libro aunque por el lado izquierdo fue un poco más largo que el anterior. El Cid no se puso delante del toro ni una vez. Todo por las afueras con la mano retrasada y así le fue. Y lo mismo o peor con el quinto, más difícil aún porque este se le metió por los dos lados, teniendo que poner tierra de por medio el de Salteras en espantoso trance. Dio pena verle.