José Antonio del Moral

FERIA DE SAN FERMÍN EN PAMLONA

¿SÓLO UNA OREJA?. INSUFICIENTE PREMIO PARA UN GRAN CASTELLA HEROÍCO HASTA EL NO VA MÁS

El inadmisible comportamiento de las peñas, la insensibilidad y escaso conocimiento del publico de sombra y una incompetente e injusta presidencia, limitaron los resultados de una corrida en la que el espada francés, que resultó gravemente herido, y César Jiménez se mostraron valentísimos y años luz por encima de los abueyados y destartalados toros de José Luis Osborne. Un encierro de espectacular pelaje y con tan feas como variadas hechuras increíblemente aceptado por los apoderados de los dos espadas mencionados y el de El Fandi, ayer sorprendentemente mal en banderillas.

Pamplona. Plaza de la Misericordia. 11 de julio de 2006. Séptima de feria. Tarde nublada y fresca con lleno. Seis toros de José Luis Osborne, muy desigualmente presentados en variedad de pelaje, feas cornamentas y hechuras. Todos flojos en distintos grados, mansos ante los montados y en su mayor parte a la defensiva pese a su nobleza de fondo. Por más entero y por ello más fácil, destacó el tercero. También el cuarto pareció mejor que sus hermanos en la muleta aunque duró muy poco. El Fandi (amapola y oro): Pinchazo y otro hondo atravesado, silencio tras algunos pitos. Pinchazo y estocada trasera, silencio tras algunas palmas. Sebastián Castella (almirante y oro): Pinchazo y estocada, gran ovación. Estocada caída, aviso y oreja que debieron ser dos pasando por su pie a la enfermería donde fue intervenido de cornada en un muslo de pronóstico grave. César Jiménez (marino y oro): Pinchazo y estocada casi entera, aviso y ovación. Pinchazo y estocada tendida caída, aviso y división de opiniones. Increíbles las protestas que surgieron de entre las peñas por la agonía del sexto toro antes de doblar. El Fandi también fue intervenido después de la corrida en la enfermería de una herida de la mano.

Vayamos por partes sobre esta corrida al mismo tiempo interesante, emocionante, importante, escandalosa e injusta en sus resultados. Nada fácil para los toreros ni, por lo que sucedió, tampoco fácil de comprender por el público. Sobre todo para los dos públicos de la plaza de Pamplona, el silente y últimamente como aletargado de sombra, y el cantante y emborrachado de sol. Éstos últimos antes siempre atentos cuando lo que pasaba en el ruedo tenía importancia y ahora casi por completo ajeno a lo que no sean sus canciones y buen pasar ocurra lo que ocurra en la arena.

Una plaza que suele premiar y hasta alborotarse con cualquier fruslería, como las de anteayer del local Marquitos, apenas se inmutó al día siguiente con lo que dos toreros llevaron a cabo en el límite de lo que se conoce por valor, la entrega y la auténtica torería. Esto es, lograr lucirse arrebatadoramente bien frente a reses poco o nada proclives que vendieron muy caro cuanto se les hizo.

Sobremanera Sebastián Castella y César Jiménez, comparecieron en su única tarde en San Fermín - deberían haber actuado en dos - a sabiendas que esta feria es una de las cinco claves de cada temporada y, por ello, dispuestos a demostrar que quieren ser figuras del toreo con todas sus consecuencias. Castella con un par de toros que no cesaron de defenderse por su escasa fuerza, echando la cara por las nubes en cada emboque y, sin embargo, con una firmeza y un temple colosales.

Con el capote, con la muleta y con la espada, Castella estuvo enorme. Ante su primero - un muy feo animal con pinta de camargués - despacioso a la verónica, ceñidísimo en el quite por chicuelinas e impertérrito en su aguantar derrotes con la muleta bien sujeta al tiempo que delicadamente manejada para que el bicho no pudiera engancharla desde los espeluznantes pases cambiados del inicio hasta los ayudados del final y más derecho que una vela al entrar a matar, lo que logró de pinchazo en lo alto y estocada hasta las cintas. Bueno, pues nada, todo ello a cambio de una simple ovación con saludos desde el tercio.

Y con el quinto, una res inmensamente avacada que apenas castigaron en varas para que pudiera llegar con un mínimo brío a la faena, otro tanto o más en todo y por todo que inició sentado en el estribo y terminó como si no hubiera sido gravemente herido cuando, en su tramo central, Castella se rompía entregado y mecido por redondos eternos.

Ni se miró Sebastián mientras todos los toreros que había en el callejón llegaron para salvarle de su presa a sabiendas de que uno de los astifinos y largos pitones le había rasgado el muslo derecho en casi toda su extensión. Y una vez los que habían saltado al ruedo de nuevo entre barreras, otra faena más de Castella tan entregado o más que antes de caer, sin que los de sombra se dieran exacta cuenta de lo que estaba pasando y las peñas se enredaban en no sé qué pelea con los de las andanadas.

Total, un sin vivir tan hermoso y heroico drama hasta el punto de que, una vez muerto el toro de estocada asimismo heroica aunque algo defectuosa, la respuesta que merecía tanto desprendimiento torero, no llegó. ¿Solo una oreja?. Insuficiente premio para un gran Castella hasta el no va más. Ni la gente pidió el segundo trofeo como había que exigirlo, ni en el palco hubo justicia. ¿Por qué el asesor le decía al bebido presidente que aguantara sin sacar el pañuelo?. ¿Para que no tuviera que dar la segunda oreja?. Y ¿qué sabe este individuo lo que es una faena de dos orejas?. Nada, absolutamente nada. Los dos pañuelos al mismo tiempo debería haber sacado el de la chistera si hubiera tenido un mínimo de sensibilidad.

Lo peor es que no acabó ahí la cosa. Lo peor fue que César Jiménez también fue objeto de tan despreciativo tratamiento pese a la excelencia de su doble actuación. Solo por torear al natural con el virtuosismo que evidenció ante el tercer toro - algo más entero y noble que sus hermanos - mereció más que una simple ovación. Y, no digamos, por lo que respecta a su faena con el abueyado y manso sexto, uno de los toros con cuerna más fea que hayamos visto jamás.

La importancia de recibirlo de rodillas en los medios y aguantar así a la fiera que quiso llevárselo prendido por acudir vencido, no amilanarse y seguir de igual guisa hasta cuajar varios muletazos, continuar al natural pese a que el toro empezó a gazapear, rematar varios con inusitado temple y franca donosura dado el caso, terminar con molinetes de rodillas y matar de pinchazo y estocada a cambio de un terrible golpe en el pecho que pudo ser mortal, no hubo derecho que quedara en división de opiniones a cuenta del enfado que los de las peñas se tomaron porque el toro, en su agonía, tardó en doblar. O sea, que estos señores - o lo que sean - que no habían dedicado la más mínima atención a la cornada de Castella, se pusieron de los nervios con el sufrimiento final de un toro en los últimos segundos de su vida. Así está ahora la plaza de Pamplona.

Y ¿El Fandi?. Pésimo por muy flojo y a la defensiva el primer toro, David Fandila se resbaló al intentar poner el primer par de banderillas, cambió de zapatillas, volvió a no ser El Fandi en el segundo, falló en el tercero… e inseguro con la muleta. Aunque tampoco en banderillas con el cuarto fue el gran Fandi que casi nunca falla, este toro sí permitió templarse a David con la derecha aunque por muy poco tiempo. Desangrado por excesivamente castigado en varas, el toro se agotó y, en tal agotamiento, también El Fandi sin pena ni gloria en su única ocasión sanferminera de este año.