José Antonio del Moral

FERIA DE SAN FERMÍN EN PAMPLONA

MANIFIESTA INJUSTICIA CON EL JULI

La presidencia le negó la oreja del segundo toro con el que logró una importante faena de muleta. La única premiable de un por lo demás decepcionante y aburrido festejo. Demasiado grande y muy desigual aunque en parte manejable la corrida de Fuente Ymbro, ni el propio Juli con su segundo toro, ni un valiente pero soso y pesado Miguel Ángel Perera, ni Ambel Posada, que tomó la alternativa en un gesto que le honra y con ambiente muy favorable, consiguieron que la gente les atendiera suficientemente en sus ímprobos aunque infructuosos intentos.

Pamplona. Plaza de la Misericordia. 13 de julio de 2006. Novena de feria. Tarde calurosa con lleno total. Seis toros de Fuente Ymbro, descomunales salvo el más en tipo que abrió plaza. Además, de muy desiguales hechuras y varios en juego aunque manejables en distintos grados pese a sus altísimos pesos. Bastante más de 600 kilos la mayoría. Por más bravo y completo, destacó el quinto, único ovacionado en su arrastre. Los demás, pese a dejarse presentaron diversas dificultades solo superables a base de mucho valor y consecuente inteligencia. El Juli (tabaco y oro): Media tendida y descabello, petición de oreja y gran ovación. Pinchazo hondo trasero tendido y tres descabellos, silencio. Miguel Ángel Perera (verde botella y oro): Pinchazo y buena estocada, ovación. Dos pinchazos, media estocada y cinco descabellos, aviso y silencio. Tomó la alternativa Santiago Ambél Posada (grana y oro): Estocada baja trasera, silencio. Estocada caída, silencio.

Hubo dos momentos realmente gratos. La unánime, intensa y emocionantísima ovación con que el público saludó a Santiago Ambel Posada para agradecerle su gesto de tomar la alternativa en Pamplona mientras El Juli procedía a doctorarle, y los casi diez minutos que duró la importante faena del padrino frente al mediocre segundo toro. Sin embargo, los resultados que ambos lograron no fueron tan gratos porque Ambel no anduvo tan confiado como él mismo hubiera querido estar y los del palco presidencial le robaron a El Juli la oreja que pidieron los tendidos por su importante actuación. Todo un dechado de colocación, de temple y de sitio frente a un animal que en otras manos no hubiera embestido como terminó haciéndolo el pupilo de Ricardo Gallardo.

Por cierto, querido Ricardo, con el dineral que tiene usted y lo gran persona que es, ¿qué necesidad tiene de traer a Pamplona una corrida tan enorme y tan desigualada?. Ninguna, ¿no?. ¿Entonces?. Pues que con estos corridones se está cargando su bien ganado prestigio ganadero. Pese al ello, reconozcamos que esta corrida de Pamplona dio fue mejor juego que la imposible de Madrid del pasado San Isidro. Hubo toros que hasta mentira pareció que pudieran moverse con tantos kilos encima. Ello no obsta para volver a repetir que con tanta envergadura es difícil que las reses transmitan emoción. Hay que terminar de una vez con el toro grande ande o no ande. También en Pamplona, feria del toro pero no del mastodonte. Pues eso.

Pero como algunos toros se movieron un poquito mal y otros un poquito bien, hubo material para hacer el toreo y, en su consecución, oportunidad para demostrar capacidad o incapacidad para llevarlo a cabo. Como ya hemos dicho, la máxima capacidad corrió a cargo de EL Juli frente a su primer toro. Fue como dar una clase particular al discípulo que acababa de doctorar. La a, la e, la i, la o, la u…. un repaso de todo el alfabeto taurino. Donde, como, cuando y por qué poner, colocar, mover la muleta para que el toro no la enganche ni la pierda de vista. Prodigio natural de los elegidos para esta difícilísima profesión. Oiga, y los espectadores se dieron cuenta y apreciaron la lección en su totalidad sin que les importara demasiado el pinchazo y la media estocada tendida con que mató Julián.

Y pidieron la oreja. Pero los sujetos que ayer había en el palco se negaron cerrilmente a concederla. El asesor era el de las gafas. Tan empecinado como el tal Usechi en el purismo, versión pamplonica. Y le obedeció la señora presidenta. Una concejala socialista del sector más favorable a compadrear con la izquierda abertzale. Por la mañana pudimos leer las declaraciones que había hecho en un periódico local. Sin desperdicio. Lo que más le gustaría a la sujeta sería ponerle un par de banderillas a la alcaldesa, Yolanda Barcina, y tomar copas con los de Aralar. !Toma del frasco, Carrasco¡. Ya saben los navarros a quien no deben votar cuando llegue el momento de decidir si Navarra se entronca o no en el País Vasco.

Bueno. El mal trato de la peligrosa presidenta debió disgustar mucho a El Juli porque, luego, con el cuarto toro, no anduvo tan fino ni aplicado. Empezó queriendo, pero terminó aburrido tras dejarse enganchar el engaño y, en consecuencia, el toro cada vez con peores intenciones. Para entonces, la corrida ya había entrado en barrena con un tercer toro cornipaso que, sin fijeza ni raza, no se dejó por el lado derecho y algo más por el izquierdo. Miguel Ángel Perera cometió el error de preferir emplearse por el peor lado pese a los buenos aunque pocos naturales que enjaretó en medio de un océano de vulgares derechazos. Pero tuvo oportunidad de triunfar frente al más bravo quinto con el que anduvo bastante mejor aunque, sin embargo, se le escapó.

Se le escapó por soso, porque no acaba de saber cómo vender la valiente y firme mercancía que posee y, sobre todo, por pesado. Como no hallaba eco en su meritorio hacer, se pasó de faena y el toro no colaboró en la suerte suprema. Pinchó dos veces Parera antes de la media estocada y repitió demasiado con el descabello hasta escuchar el correspondiente aviso mientras las peñas pasaban de los cánticos a regañar entre ellas.

Esta inoportuna pelea a bofetada limpia entre dos mozos del graderío alto agarrados en medio del inclemente e incesante vocerío de los dos bandos, sucedió durante casi toda la lidia del sexto toro, un feo galápago que podría haberle servido al nuevo doctor para triunfar si, en vez de dudar tanto en si meterse o no en cintura con él, lo hubiera hecho con total determinación. Las pocas veces que Ambel pisó y avanzó con firmeza en su terreno, lo consiguió y hasta se iluminó la llama de su arte. Pero entre que sí y que no, entre pausas y carreras, entre idas y venidas se le fue yendo el toro y en tan angustioso trance se acabó la tarde y se escondió el sol.