José Antonio del Moral
FERIA DE SAN
ANTOLÍN EN PALENCIA
PONCE BORDA UNA FAENA AL
RALENTÍ EN TARDE FRÍA Y CON VIENTO
Salva una infumable jornada
y a la floja y descastada corrida de Juan Pedro Domecq
con la que ni Sebastián Castella ni mucho menos un
atolondrado Alejandro Talavante consiguieron
interesar suficientemente al público que esta vez no se enfadó con la
presidencia porque a Ponce le dieron rápidamente las dos orejas del cuarto toro
y salió felizmente a hombros por la puerta grande que él mismo inauguró cuando
fue construida.
Palencia. Plaza de los Campos Góticos. 4 de
septiembre de 2007. Tarde fría con mucho viento y tres cuartos de entrada con
llenazo en las localidades de sombra. Seis toros de Juan Pedro Domecq, muy desigualmente presentados. Terciados los tres
primeros, feo el quinto y cuajados cuarto y sexto, ambos de pelo jabonero, que
fueron los mejores aunque el último quedó arruinado por la pésima lidia que le
dieron. Los tres de la primera parte fueron y vinieron a los engaños sin clase
ni humillar, complicado el tercero y derrengado quinto que apenas pudo
sostenerse. Enrique Ponce (carmelita y oro): Estocada caída y dos descabellos,
aviso y palmas con saludos. Buena estocada, dos orejas. Salió a hombros.
Sebastián Castella (añil y oro): Pinchazo y estocada
desprendida, petición menor y ovación. Pinchazo hondo y dos descabellos,
silencio. Alejandro Talavante (rosa y oro): Tres
pinchazos y media estocada, pitos. Pinchazo y media tendida, silencio. Bien en
palos Antonio Tejero y Curro Molina.
No hay dos sin tres para Enrique Ponce que, de
nuevo en buena racha – también con la espada -, triunfó por segunda vez
consecutiva en esta feria y esta vez gracias a su providencial habilidad para
templar hasta grados milimétricos a un toro tan noble como falto de energía.
Fue el jabonero y cuajado cuarto que, magníficamente lidiado, lejos de quedar completamente
inútil en el último tercio, pudo durar lo estrictamente necesario para que en
las privilegiadas manos del valenciano pareciera tener cuerda al embestir lentísimo
por el sutilísimo manejo de la muleta. La faena que le hizo Ponce fue una de
las más despaciosas que habrá llevado a cabo en su vida. Cada pase duró lo
indecible hasta parecer inmortalizarse cual fotograma digno de guardar y las
tandas, imágenes al ralentí.
La insólita obra, bordada sobre ambas manos,
tuvo el inconveniente del viento que en ese momento molestó una barbaridad, por
lo que Enrique tuvo que aguardar pacientemente varias veces a que no soplara
Eolo sin descomponer una sola vez el preciso cuadro para reemprender el trasteo
e incluso irse a tablas para que le mojaran la muleta. Como en la tarde
anterior, el público contempló extasiado tan excepcional trasteo hasta volcarse
con el torero cuando, más derecho que una vela, se tiró a matar agarrando una
estocada hasta las cintas y en buen sitio. Los espectadores pudieron deleitarse
en cada tramo, relamerse cuando finalizó y felicitarse por ser testigos del
evento. Fue otra demostración más del momento de suprema madurez que supera al
propio torero porque, cada vez que se habla de su retirada y hemos dicho muchas
cosas los pasados días sobre el próximo fin de su carrera, Ponce se empeña en
negar las especulaciones con extraordinarias obras.
Quien también pudo respirar tranquilo y pienso
que feliz, fue el presidente de la plaza que, lejos de buscarse complicaciones
– la unanimidad en criticar su negativa en dar la segunda oreja a Ponce por su
preciosa faena de anteayer le debió hacer reflexionar – otorgó las dos orejas inmediatamente
de ser solicitadas por los enardecidos tendidos. Sin embargo, ayer tuvo también
que soportar protestas y esta vez sin razón de los que le chillaron cuando se
negó a devolver el sexto toro a los corrales sin más razones que haber
embestido cruzado a los capotes un par de veces y perdido las manos tras ser
masacrado en un inconveniente puyazo que un atolondrado Alejandro Talavante, ajeno a la lidia de su propio oponente, dejó que
se fuera por su cuenta al caballo contra el que se estrelló y, luego de caerse,
los peones encargados de la lidia, pésima por cierto, hicieron lo posible para
que volviera a echarse en su intento de que lo cambiaran porque al matador no
le había gustado haciendo señas de que estaba reparado de la vista.
Talavante no echó pecho a lo mal
hecho con este toro que se lidió a la contra cuando podría haber dado tan buen
juego o mejor que el cuarto de Ponce. Pero así es este torero que sorprende con
faenas geniales para, de inmediato, parecer un sonámbulo sin el más mínimo
valor ni el oficio que ya es hora exhiba porque lleva muchas corridas toreadas,
está anunciado en todas las plazas y en muchas no se explican por qué viene
precedido de tanta fama. Al peor tercero – que esperó y arreó con malas
intenciones – no le quiso ver y cortó la faena nada más iniciarla por lo que
fue pitado.
Sebastián Castella –
ayer más templado con el capote que con la muleta – no tuvo su tarde aunque lo
intentó sin ahorrar esfuerzos tanto en su firme trasteo al segundo toro como
con el muy débil quinto con el que llegó a aburrir a los espectadores. Y como
volvió a pinchar, perdió la oreja del segundo. Lo mismo que Ponce con el que
abrió plaza al que mató pronto pero mal. Aunque cubrió el expediente sobrado, Enrique
no anduvo fino ni ilusionado con este toro entre la general indiferencia del
público, todavía frió por dentro aunque ya había empezado a helarse por fuera.