José Antonio del Moral
FERIA DE SAN ANTOLÍN EN
PALENCIA
AL FIN UNA TARDE COMPLETA Y
DIVERTIDA
Con los toros más nobles y
más enteros de los Matilla, Enrique Ponce nos deleitó con una preciosa faena -
pura filigrana -, El Juli resolvió la más importante
y El Fandi alegró el ambiente con la incondicional
entrega, la variedad y la espectacularidad que le caracterizan. El granadino
salió a hombros (cortó tres orejas) aunque levemente herido por un puntazo en
la pantorrilla. El valenciano debería haberle acompañado si la presidencia
hubiera accedido a darle la segunda del cuarto, negada porque el animal tardó
en doblar, lo que enfadó muchísimo al respetable.
Plaza de toros de Palencia. 3 de septiembre de
2007. Tarde agradable con viento durante la lidia del primer toro y dos tercios
de entrada. Seis toros de los hierros de la familia Matilla, terciados y justos
de trapío con el predominio de los nobles aunque sin fuerza. Por más enteros
destacaron el segundo, el tercero – que fue el mejor – y el más soso cuarto. Al
primero le faltó casta, el quinto se lastimó quedando inservible tras el
volantín que se pegó y el sexto se avisó por el pitón izquierdo. Enrique Ponce
(marfil y oro): Pinchazo y casi entera caída, leve petición y ovación. Estoconazo trasero y descabello, aviso y oreja con
fortísima petición de la segunda y dos vueltas al ruedo clamorosas seguidas de
bronca al palco. El Juli (prusia
y oro): Pinchazo, estocada corta y descabello, oreja. Casi entera, ovación. El Fandi (corinto y oro): Gran estocada, dos orejas. Estoconazo desprendido, oreja. Salió a hombros.
Ayer nos desayunamos con otro sorprendente titular de prensa
que se refería a la ausencia de José Tomás en la primera corrida de la feria de
San Antolín sin decir nada de nada de lo que pasó y
hoy con indecentes censuras en el portal que comanda la organización
propagandística del caído genio de Galapagar por la decisión que habían tomado
Enrique Ponce y El Juli de sustituir a los forzosamente
ausentes, Manzanares y Cayetano. Y es que a la encomiable petición a ambas
figuras por parte de la empresa palentina alertada por la sangría que estaba
padeciendo la taquilla tras los últimos percances de los dos toreros más
populares de la actualidad y como a pesar de la sustitución de lujo no se llenó
la plaza, se ha respondido dando leña al mono, sin apuntar que quienes no
quisieron estar en la plaza no eran aficionados sino simples e incondicionales fans del segundo encantador de serpientes de la presente
temporada a los que
Todo lo contrario. Porque lo verdaderamente importante fue
que ambos maestros no solo accedieron al deseo de la empresa sin complejo
alguno teniendo como tenían otra corrida en Palencia ya anunciada, sino que en
la primera y, una vez en el ruedo, se comportaron toreramente hablando con la
intachable profesionalidad que les caracteriza desde que están al frente de las
tropas – muchos años ya – que es precisamente lo que les ha convertido en máximas
figuras por encima de sus respectivas cualidades, virtudes, estilos y mayor o menor fuerza en las
taquillas que, lógicamente, va decayendo. Esto es, resolver todas y cada una las
papeletas que se presentan y dar la cara allá donde se les requiera. Sombrerazo,
pues, para Ponce y El Juli por su indeclinable
sentido de la responsabilidad y por el respeto que tienen a la profesión
taurina. El que a ellos no les tienen, desde luego, los advenedizos ni los
aprovechados que algún día habrá que desenmascarar.
Y ahora pasemos a la corrida que Matilla había preparado
para que Cayetano lo pasara bien de haber venido. Pues que fue tal cual había
pensado el joven y magnífico empresario-ganadero-apoderado. Lo más ideal
posible para que los toreros se sintieran a gusto y para que el público lo
pasara en grande que es lo que sucedió.
Y eso sin que la tarde empezara bien porque al primer torito
le falto fuerza, casta y raza, lo que obligó a Ponce a espaciarse demasiado y a
que dejara lo mejor de su primera faena para un tardío final. Cubierto el
trámite y aproximadamente medidas por El Juli las
condiciones que podrían tener los demás toros, enseguida cambió la cosa a mejor
porque si de lo que se trataba era de que no había que pegarles casi nada en la
suerte de veras, eso fue lo que a partir de ahí se hizo con las reses que
faltaban por lidiar.
Sensacional y crecido anduvo Julián López con el segundo
toro que lidió ahorrando embestidas para poder aprovecharlas mejor en una faena
que siempre fue a más. Primero enganchando muy bien los muletazos y luego
recreándose hasta complacerse en recetar un ramillete de roblesinas
que ligó sin moverse. Lógico que la presidencia le concediera la oreja que
pidió el público pese al pinchazo que precedió a la estocada corta y al
descabello con que la ratificó. Con el quinto, por lastimarse el toro por el
volantín que se pegó, no hubo más ocasión que intentar sostenerlo y
despacharlo.
Hacía tiempo que no veía a El Fandi
– no tuvo suerte alguna con los toros en Bilbao que fue la última – y la verdad
es que no ha perdido ni un gramo en entusiasmo, valor, sentido del espectáculo,
simpatía, conexión con los públicos y capacidad de llenar por completo el
escenario con su incesante bullir en los tres tercios de la lidia que con el
capote, en banderillas y con la espada alcanza grados de excepcional brillantez
y regularidad. Recibos, galleos, quites, pares colosales y hasta siderales por
la conjunción planetaria que logra al reunir cuando los ejecuta andado para
tras mientras el toro se suma al viaje del torero milagrosamente imantado, y
sus irreprochables estocadas que parten a los toros por la mitad.
El tercer toro fue el mejor de la corrida y la faena de
muleta de El Fandi, siendo buena, no tuvo la clase
que sacó su oponente. Pero sí todo lo demás. Como también su total entrega con
el sexto tras mostrarse de nuevo pletórico con el capote y con las banderillas.
Por el lado izquierdo se avisó el toro y por dos veces zarandeó a David Fandila, sufriendo un doloroso puntazo en la pantorrilla
sin que ello le impidiera continuar y volver a volcarse en otra estocada. No
desmereció El Fandi tras las actuaciones de los dos
maestros sino que les complementó con su alegría y entusiasmo.
Muy difícil papeleta debió ser tras la obra de arte que
protagonizó Enrique Ponce con el cuarto toro en una faena que el público
contempló transfigurado como si de repente la corrida se hubiera convertido en
ópera. Pura quintaesencia a paso de ballet esta faena de Enrique quien compensó
con su inspiradísima obra la sosería de un animal que no se hubiera prestado
tanto a la danza del toreo si Ponce en vez de llevarlo con hilos de seda lo
hubiera hecho con un látigo. Poema amoroso que terminó con pases últimamente
inventados o descubiertos por el gran torero: cambios de mano ligados a dosantinas, permaneciendo
genuflexo. Inexplicable que la presidencia no
accediera a concederle la segunda oreja que fue pedida con clamor tras el
descabello que necesitó Ponce para que el toro doblara de una vez como
consecuencia de lo trasera que cayó la buena estocada. Aunque quizá la negativa
del palco – dicen que fue el asesor quien decidió – fue mejor para el torero,
pues tuvo que dar dos vueltas al ruedo con tanto clamor como si hubiera cortado
un rabo.