José Aº del Moral

Jadmpc@terra.es

3ª DE LA FERIA DE OTOÑO EN MADRID

VENDAVAL SIN REMEDIOS

ABURRIDÍSIMO FESTEJO CON UNA DESIGUAL E IMPONENTE CORRIDA DE PALHA FORZOSAMENTE MAL LIDIADA POR ESPLÁ, DÁVILA MIURA Y JESÚS MILLÁN EN MEDIO DEL FRÍO Y DE UN VIENTO INSOPORTABLE

 

LA OPINION DE

QUIEN DICE

LO QUE PIENSA

Madrid. Plaza de Las Ventas. 5 de marzo de 2003. Tercera de feria y final de su primera parte. Tarde invernal y muy ventosa. Seis toros de la ganadería portuguesa de Palha, tres de feísimo trapío (primero, segundo y sexto) y otros tantos más armónicos. Desiguales en juego, destacó por manejable el primero y por bravo y encastado el quinto que fue el único que hizo honor a la fama de la divisa. Luis Francisco Esplá (amapola y oro): Cinco Pinchazos, media tendida trasera y descabello, silencio. Estocada y descabello, palmas. Eduardo Dávila Miura (mostaza y oro): Estocada desprendida, silencio. Media estocada y descabello, pitos tras ovación al toro en su arrastre. Jesús Millán (marfil y oro): Estocada y descabello, silencio. Pinchazo y estocada, silencio. Increíblemente, el mayoral de la ganadería fue obligado a saludar una vez finalizado el festejo.

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Cabe imaginar que la corrida de Palha que nos ocupa en esta crónica hubiera resultado más interesante de haber sido lidiada en tarde de sol y moscas sin una brizna de viento. Pero de eso a reclamar la presencia del mayoral luso para obligarle a saludar, tal y como aconteció cuando acabó el supuesto festejo, va el abismo que separa el enloquecido ambiente que impera en Las Ventas del normal que prima en casi todas las demás plazas del mundo. Esto explica también que los del tendido 7 pasaran silenciosos todos y cada uno de los muchos defectos que mostraron las reses portuguesas, aparte - ¡claro está! - la habitual bula que en Madrid goza Luis Francisco Esplá, ayer también perdonado de sus explicables inhibiciones en contraposición a la intransigencia que los mismos mostraron con Dávila Miura y Jesús Millán, pese a exponer más que el alicantino por más jóvenes. Sea como fuere, la corrida fue un petardo para la mayoría de los que llenaron la plaza y supongo que un infierno para los toreros que tuvieron que vérselas con seis ejemplares de imponente envergadura y horrorosa cornamenta en medio de un vendaval que convirtió en irresoluble cualquier intención de lucimiento. De haber sido aplicado el reglamento tan a rajatabla como algunos desean en Madrid, el espectáculo debería haber sido suspendido sin contemplaciones. Con el viento que sopló, no fue de chocar que además de resultar imposible torear con un mínimo de sosiego y de temple, los picadores se emplearan en demoler las reses en varios casos para que la cosa no fuera a mayores. Los recibos de cada toro y las faenas de muleta tuvieron que producirse forzosamente en el refugio de las tablas de sol, en donde los matadores tampoco hallaron calma.

Dávila Miura venía de triunfar otra vez en su Sevilla y fue tratado en consecuencia. En Madrid no lo perdonan y a Dávila hasta le pitaron fuerte tras matar al único toro bravo y encastado aunque difícil - el quinto - al que plantó cara sin poderlo dominar en su empeño de meterlo en cintura. A muletazos estimables sucedieron otros enganchados, a los buenos de arranque de tanda sucedieron otros embarullados y como el toro gustó mucho al público, sufrió la afrenta de una derrota que en otras circunstancias no se hubiera producido. A Millán se le pararon sus dos toros y no hubo nada que hacer. Y Esplá naufragó inhibido y aterido en la mayor parte de sus intervenciones salvo con los palos que colocó con facilidad en su primer toro. Paso por alto más detalles de la actuación de Luis Francisco Esplá por las muy graves amenazas que hace meses recibí de su propia boca en Alicante. Cuando la crítica se encaja de tal modo por el sujeto la misma, lo mejor es guardar silencio y que la policía y los juzgados actúen.