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José Aº del Moral |
1ª DE LA FERIA DE OTOÑO EN MADRID FERNANDO CRUZ NO ES UNO MÁSFIEL A UN ESTILO PERSONAL DENTRO DE LO CLÁSICO, TOREÓ CON DRAMÁTICA PUREZA, CORTÓ UNA VALIOSA OREJA QUE DESPEJA SU INCIPIENTE CARRERA Y RESULTÓ TRIUNFADOR DE UNA TERNA DE FINALISTAS DEL CONCURSO VERANIEGO DE LAS VENTAS FRENTE A UNA NOVILLADA MUY POCO PROPICIA |
LA OPINION DE QUIEN DICE LO QUE PIENSA |
Madrid. Plaza de las Ventas. 3 de octubre de 2003. Primera de feria. Tarde medio nublada, fresca y a ratos ventosa con media entrada muy repartida y aspecto de dos tercios. Siete novillos de Juan Manuel Criado incluido el sobrero que reemplazó al quinto, devuelto por flojo. Bien aunque desigualmente presentados en tres y tres - con cuajo de toros los tres últimos - y de juego vario aunque en general deslucido. Por su más clara nobleza destacó el sobrero aunque se rajó. Fernando Cruz (avellana y azabache): Estocada trasera caída y descabello, leve división al saludar. Estoconazo de entrada saliendo dramáticamente revolcado sin mayores consecuencias que una posible fisura en las costillas flotantes, oreja. Caro Gil (amapola y oro): Estocada casi entera, silencio. Dos estocadas atravesadas que hicieron guardia y casi entera ladeada, silencio. Sergio Marín (blanco y plata): Pinchazo hondo tendido echándose el toro y tres pinchazos más volviéndose a echar el animal, silencio. Dos pinchazos, media estocada y cuatro descabellos, aviso y palmas.
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Despacio pero seguro de su valía y con más cartel en Francia que en España donde apenas se le ha visto torear, el madrileño Fernando Cruz llegó al concurso veraniego de Las Ventas y se ganó actuar en la primera corrida de la Feria de Otoño para competir en una terna de finalistas novilleriles de la que salió claro triunfador pese a que las reses no le ayudaron y a encontrarse con el inevitable y para él sorprendente ambiente hostil del sector más intransigente de la plaza. El molesto viento que sopló durante la lidia del primer novillo que además gazapeó aunque resultó manejable por el pitón derecho y los nervios correspondientes a tan difícil compromiso, no permitieron relajarse a Fernando hasta el punto de arruinar su en muchos momentos entregada actuación. La frialdad de un público que no tuvo nada que ver con el que le había premiado un par de noches del verano - ni siquiera le jalearon sus largas de rodillas, las sinceras verónicas de recibo ni los muletazos de factura que prodigó - pareció atenazar al joven diestro quien, luego repuesto del fiasco, salió a por todas con el cuarto novillo, el más serio, el más cuajado del encierro y tampoco fácil. A por todas, aunque más seguro de sí mismo y a la vez dispuesto a que de ningún modo se le escapara la oportunidad. Y es que de triunfar o no dependía que esta ocasión le sirviera de lanzamiento definitivo por la repercusión que tendría el buscado éxito.
Creo que fue Antonio Ordóñez quien dijo que para ser figura del toreo hay que jugarse la vida varias veces cada año y Fernando Cruz hizo honor al dicho en su segunda faena de muleta. Una faena en la que a la entrega y a la pureza añadió el tinte dramático de un estilo - más bien de un mensaje estético - que parece sacado de un viejo celuloide en blanco y negro. Y la plaza enmudeció. Pero esta vez no por displicencia sino por especial atención. Porque lo que quedó más claro fue que Fernando Cruz no es un novillero más, sino una distinguida realidad con futuro y enormes posibilidades. Bravo el novillo en el caballo, prácticamente intratable por el avisado pitón derecho tal y como pudo comprobarse en todos los intentos de torearle en redondo, y tan solo posible por el izquierdo aunque por este lado siempre embistió con la cara alta, Cruz plantó cara sin dejar nunca de pensar hasta elegir ese lado izquierdo a base de llevar siempre la muleta a la media altura que pedía el novillo para así recrear varias tandas de naturales en las que fundió lo añejo con lo nuevo. Aguante, cercanía, mando, temple, ligazón, enjundia de la cara y estoica elegancia en todos los remates, bien los de pecho, mejor las trincheras, naturalísimo en los desplantes y en los mutis, quizá en demasía por el acento sobrio de este nuevo torero que parece haber sido pintado por El Greco. Pero había que matar para tocar pelo y el trance no podía resultar fácil. Ese criminal pitón derecho fue el terrible fielato por el que Fernando tenía que pasar para enterrar el acero en lo alto y decidió hacerlo por derecho y sin pestañear ni cerrar los ojos. Apuntó a los rublos del novillo y se volcó sobre el morrillo con tanta decisión que no cupo otra cuestión que la ya sumida de salir cogido en el empeño. Cruz había brindado la muerte de tan fiero enemigo a su padre, recientemente fallecido, y el padre debió empujar al hijo desde el cielo sin dejarle de ayudar para que saliera ileso de esta trascendental y dramática estocada en la que el animal revolcó, buscó y rebuscó su presa aún estando mortalmente herido en su larga y hermosa agonía. Zafado de las asistencias y levantado el matador, se desplantó ante la res a punto de doblar. Y cuando cayó a la arena se aflojó la tensión de los presentes para pedir y conseguir esa muy cara por bien ganada oreja que premió el esfuerzo, la sinceridad y el valor sin tacha de este Fernando Cruz llamado a cubrir con bien todas las empresas que le aguardan.
El resto de la novillada apenas tuvo interés. Solo anotar que a Caro Gil se le escapó el mejor ejemplar - el sobrero que hizo de quinto - y que Sergio Marín dejó constancia pese a su mala suerte de tener muy buen concepto del toreo por traza y temple frente a dos animales sin fuerza en las extremidades a las que para su mayor desgracia mató tarde y mal.