José Antonio del Moral
LOS TOROS EN INVIERNO
ANTONIO ORDÓÑEZ, ENRIQUE PONCE Y JOSÉ TOMÁS
En un artículo publicado recientemente por
revista “6Toros6”, su autor se ha permitido afirmar que Antonio Ordóñez dijo
pocos meses antes de morir que si no contrataba a Enrique Ponce para la corrida
Goyesca de Ronda y sí a José Tomás, era porque este torero “se coloca donde Ponce pone la muleta”.
Conociendo perfectamente el nulo trato que tuvo el autor de este artículo con
el maestro rondeño a quien ni siquiera vio torear, el solo hecho de poner en su boca lo que
supone dijo en base a referencias de terceras personas es un intolerable e
irreverente atrevimiento aparte de una garrafal disquisición que habla por sí
misma del torvo entendimiento de quien así lo cuenta ahora, sobre todo porque
el más interesado y afectado por este último escrito ya no puede desmentirlo.
Puede que Ordóñez se refiriera alguna vez a esta ocurrencia de quien tantas
paridas solía propagar contra los diestros que detestaba, el recientemente desaparecido
torero donostiarra José María Recondo, siempre tan
gracioso en sus inagotables ofensas contra quienes fueron bastante mejores
profesionales que él. Incluyendo entre estos últimos al mismo Ordóñez a quien
llegó comprar con Antonio José Galán mientras dirigió su carrera.
Yo sí tuve amistad con Antonio Ordóñez, le seguí de cerca
junto a mi padre en infinidad de corridas, le traté desde mi niñez, viví muchas
veces en sus casas y pude hablar con él a menudo y a solas de toros y de toreros,
que era cuando Antonio lo hacía con franca sinceridad. Lo que, por cierto, no
ocurría cuando había delante tres o más personas. Entonces, podía afirmar
cualquier barbaridad. Me consta que en la intimidad fue gran admirador de Ponce
y que en sus primeras temporadas incluso le llamaba por teléfono para
felicitarle cada vez que le veía actuar en directo o por televisión aunque, a
raíz de negarse Ponce a torear en la corrida Goyesca de Ronda la primera vez
que Antonio le requirió para anunciarle por tener el valenciano un compromiso
ya firmado en fecha coincidente, Antonio se contrarió y las relaciones entre
ambos se enfriaron. Pasados los años, Ponce actuó dos veces en
Que Antonio Ordóñez admirara posteriormente al mejor José
Tomás de sus primeros años – como casi todo el mundo - a pesar de que sus
conceptos del toreo estaban tan alejados y, en determinadas facetas,
absolutamente opuestos – también admiró enormemente a Paco Ojeda, bastante
mejor que José Tomás en lo suyo, dicho sea de paso, como mucho antes a Litri
padre y hasta a Manuel Benítez como el mismo rondeño me confesó para contrariar
mi furibundo anticordobesismo de entonces mientras
viajábamos al volver a Madrid desde Zaragoza tras una de sus corridas en 1971–,
no quiere decir que despreciara a Ponce como ahora se intenta traducir con muy
mala intención a raíz de las polémicas por irrespetuosas e inoportunas declaraciones
que acaba de hacer en México José Tomás sobre la manera de torear de Enrique
Ponce.
Hace muy pocos días, Enrique ha respondido indirecta aunque implícita
y elegantemente a José Tomás limitándose a explicar en público con enorme
claridad en qué se basa técnicamente su amplísima tauromaquia, en lo que
representa el temple y, más concretamente, respecto a cómo hay que colocarse
delante de los toros en relación a lo que tal colocación influye o no en el
riesgo que tienen todos los toreros cuando torean.
Mientras escuchábamos a Ponce lo que explicó perfectamente delante
de más de 500 personas en su mano a mano hablado con el dramaturgo Albert Boadella que acaba de
celebrarse en Sevilla, pensé que lo que estaba diciendo era precisamente lo que
también distinguió al rondeño a quien tantas veces oí parecidas palabras: Que “la mayor grandeza del toreo es la limpieza”.
O sea, el temple. Que “el sitio donde hay
que ponerse delante del toro es el que debe ser en cada caso”. Y que “los toros no cogen por el sitio que pisas,
sino porque no estás donde requiere cada toro”. Lo cual puede hacerse por
error involuntario o por buscarlo adrede, que ese es el caso en la mayoría de
las veces que José Tomás sufre las innumerables cogidas que le han hecho tan
famoso, las que le han convertido en fenómeno social y ídolo de escritores progres.
Esa teoría de que el toreo solamente es válido colocándose en
un solo sitio delante de cualquier toro, es una aberrante estupidez que va en
contra de los principios de la lidia - siempre variable - y del toreo en la
amplia acepción que imponen las distintas condiciones de las reses. Lo que casi
nunca han hecho ninguno de los que se han propuesto ser toreros y, además, permanecer
durante varios años siendo grandes figuras. Ni siquiera el propio José Tomás, que
no todas las tardes está como quieren o dicen que está por la alucinante
imaginación de sus innumerables partidarios que casi siempre dicen estar viendo
lo que casi nunca le sale. Sencillamente porque es imposible. Y de ahí que, la
mayoría de las veces que lo intenta, termina tropezado, revolcado o herido y,
además, porque le falla el temple y la limpieza imprescindibles para mandar. Y
es que quien suele mandar cuando se intenta torear así es el toro, no el
torero. Querer hacer lo “imposible” es lo que más provoca las cogidas. O sea,
el tremendismo. O en definitiva, el destoreo siempre
tan impactante para los públicos que van a la plaza en la seguridad de que van
a ver una tragedia. Drama que, cuantos lo protagonizan, intentan paliarlo - si
pueden - eligiendo ganado sin presencia, sin demasiada fuerza y sin trapío ni
integridad.
Antonio Ordóñez, tenido por el más clásico y puro de la
historia, sufrió tal cantidad de críticas acerbas por los cronistas taurinos de
su época cada vez que, por estricto sentido común ante toros que no se
prestaban a la mejor versión de su toreo, no se cruzaba, o perdía pasos entre
pase y pase, o metía el pico, o citaba al hilo del pitón, o se iba demasiado
lejos, o se colocaba muy cercano al toro, que terminó aburrido y retirándose,
precisamente en plena Semana Grande de San Sebastián. Pero todo eso es lo que
han venido haciendo los más grandes toreros de la modernidad y lo que, muy
precisamente viene haciendo Enrique Ponce con la incuestionable maestría y la
increíble facilidad que le caracterizan desde hace diez y ocho años ininterrumpida
y profusamente en todas las plazas del mundo frente a toda clase de ganado. ¿A
qué si no se debe su histórica permanencia en la cumbre del toreo de su tiempo
que para suerte de todos los que le venimos disfrutando también es el nuestro?
También dijo el otro día en Sevilla que “era
una pena que a un mismo toro no lo pudiéramos torear varios toreros” ¿Podría
ser con uno de los “samueles” que suele matar Ponce
en Bilbao? Seguro que veríamos un cuadro y, a alguno, hasta pegar un
sainete.