FERIA DE LA VENDIMIA EN NIMES
José Antonio del Moral
INOBJETABLE, INIMITABLE, TRASCENDENTE NIMES
El coliseo brillaba en todo su esplendor desde que la primera corrida empezó bajo los rayos del astro rey, progresivamente tornasolado hasta que se encendieron los focos cuando se hizo la noche. Salvando las distancias y los diferentes estilos, ver una corrida de toros en Nimes proporciona extraordinarias sensaciones únicamente comparables con las que se gozan en la plaza de Real Maestranza de Sevilla. La singularidad de ambos escenarios cuenta mucho más en el devenir de los festejos que en los demás cosos porque es absolutamente imposible substraerse a la belleza de ambos e históricos recintos. Y es que tanto la Maestranza como el Coliseo nimeño dan a cada corrida tintes y ambientes operísticos. Todo lo que el toreo tiene de pintura, de escultura y de música además de riesgo, de valor y de dominio de las fieras, se funde y confluye al unísono. Y para remate, si en Sevilla cada tarde parece pintarla Velázquez, en Nimes las imagina Prospero Merimé. Por eso merece la pena el viaje que recomiendo a quienes nunca lo hicieron.
DÍA 16. TARDE.
PONCE, "EL JULI" Y JUAN BAUTISTA
En el más que bimilenario coliseo romano, una corrida no memorable pero sí muy interesante y hasta, en varios momentos, enjundiosa. Gustó por su muy seria aunque desigual presencia, vario y en ocasiones importante juego la corrida de Las Ramblas que sufrió con la excesiva dureza del ruedo hasta el punto de que algunos toros se lastimaron de manos o de patas. Por eso tuvo que ser devuelto el primero y correrse turno para que Enrique Ponce lidiara una res altísima y veleta con la que dio un recital de toreo a media altura, circunstancia que en Ponce y, aparte lo que tales maneras suponen de ciencia casi exacta, alcanza grados de excelsitud artística que lindan con un concierto de Rostropovich como solista de una sinfonía. Sublime, cadencioso, acariciante Ponce en redondos, cambios, naturales, de pecho y ayudados, tan solo algunas rachas de viento importunaron una obra que, lamentablemente, quedó terriblemente emborronada por la espada del valenciano que otra vez dejó claro que la suerte suprema ya es para él una desgracia inapelable. Luego se confundió o le confundieron de terrenos mientras buscaba un roalito para refugiarse del viento que azotaba y tras intentarlo en uno llegó a otro peor. Total, que no hubo nada con el cuarto toro, un feote sobrero de la misma ganadería anunciada.
Feo también y además malo el segundo toro, "El Juli" anunció que su última cornada no le ha quitado ni un milímetro de sitio. Impecable la brega de Julián, fue corrigiendo y superando con la autoridad de un viejo sabio y la destreza de un joven prodigio los inconvenientes que mostró el animal hasta que lo mató. De ahí que con idénticas virtudes lograra el acto más importante de la corrida con el bravo quinto pese a que el toro se rajó al final de su lidia.
Hay momentos en la plaza de Nimes en los que parece que lo que ocurre está siendo montado a capricho en un estudio cinematográfico por la oportunidad de cada uno de los detalles que acontecen y cómo se van colocando cada uno. Los silencios, las palabras u órdenes que grita el matador, el rumor del gentío, la música y la cadencia de todo… Uno de ellos fue el instante en que "El Juli" decidió echarse la muleta a la mano izquierda y la banda atacó una melodía con arranque dramático. La aspereza del animal por ese pitón, cómo la domeñó "El Juli" y la reacción de las gradas levantadas al unísono ante los gestos de soberbia real y escénica del joven maestro, fue un cuadro que jamás olvidaremos. La oreja que cortó "El Juli" de este toro tuvo tanto o más valor que él mismo como impresionante lidiador: ¡Qué pedazo de torero, sí señor!.
Ilustre invitado en tan lujosa oportunidad por anunciarse con las dos máximas figuras, a "Juan Bautista" Jalabert le sonrió la suerte tanto que debería haberla correspondido en la misma o mayor medida de lo que se encontró: El toro más claro y noble tercero, otro también buenísimo aunque a menos y el viento calmado mientras duraron sus respectivas lidias. Vamos, que le pusieron las bolas como a Fernando VII y "Juan Bautista", reconocido y gustoso intérprete cuando descubrió que el tercer toro requería distancias largas, no terminó de estar a la altura del suceso que se le presentó. Intento de matar recibiendo, estocada a un tiempo, oreja y todo a menos con el decadente sexto desde una limpia e ilusionante brega hasta un espeso y aburrido final.
DÍA 17. DOBLE JORNADA.
BONJOUR TRISTESSE
Desatado y por desgracia instalado el viento Mistral, en la mañana del día 17 de septiembre de 2005, el coliseo y cuantos allí estuvimos fuimos testigos de la agonía profesional más bellamente singular que hallamos visto en nuestra vida de aficionados, la del simpar maestro José María Manzanares "El Grande". Corrida mixta con Pablo Hermoso de Mendoza por delante frente a dos torazos de Capea – uno bueno y otro manso - con los que el jinete navarro anduvo como suele, magistral, constantemente reconocido en su qué hacer y fallido con el rejón de muerte en su segundo enemigo por lo que solo cortó una oreja del primero. Cosa normal, pues. Como también resultó digamos normal aunque decepcionante la presentación en Nimes del tercer espada, el novillero Julio Benítez Freisse, hijo menor de "El Cordobés, tan quieto con su primer ejemplar de "Alcurrucén" como inquieto con el que cerró la mañana ya pleno el ventarrón con el animal muy mermado en varas, muy mirón y haciendo hilo con el chico en sus muchas dudas hasta terminar desbordado y aturdido. Un suponer, pensamos algunos, porque en tales circunstancias metereológicas no se puede pedir nada a nadie y menos a un ser que está empezando.
Tampoco a quien se estaba acabando. Y repito el suponer respecto a lo de la estación terminal de Manzanares, el gran protagonista de la triste jornada. Triste y hermosa a la vez porque lo que tal momento supuso para cuantos admiramos al maestro, en medio de la lucha contra sus dos toros de "Alcurrucén" - que fueron buenos y hasta posiblemente hubieran proporcionado una postrera cima torera de no haberse desatado en vendaval - contra el dichoso Mistral que no cesó un solo minuto, y contra sí mismo en su ya abandonado ser, surgía como de entre lo imposible e intermitentemente el grandioso artista. La proverbial naturalidad del gran torero en semejante trance no le abandonó en ningún momento. Ni para mal ni para bien. Pasado de todo, hasta comentó en voz alta perfectamente audible desde las primera filas de sombra donde yo estaba: "¿Agua?. ¡Para mi garganta…!", respondiendo así, con sorna, a alguien que le sugirió mojara más la incontrolable muleta. También supe luego de terminar el tormento y el éxtasis provocado por no pocos inicios o intentos muleteros típicamente manzanaristas - "como las olas del mar que se van y se vienen" – que, ante la mirada suplicante de Lionel, ya famoso por la simpatía e infinita eficacia que depara a su jefe para todo y a todos los que de una manera u otra nos acercamos a Simón Casas, José María se acordó de que hacía tiempo que le había pedido uno de sus capotes y ordenó a su mozo de espadas: "Dale un capote a Lionel. Y al ver que le daba uno cualquiera, volvió a ordenar: "No, ese no, Dale el último que he utilizado".
¿Premonición?. ¿Suposición?. Misterio, cariño, afecto que no todos los presentes comprendieron aunque unos cuantos, sí. Por eso a mi no me importó levantarme para aplaudir a Manzanares una vez fueron arrastrados sus dos toros. ¡Qué bonito es ser artista y tener admiradores!. Qué calor y qué frío sentimos a la vez cuando vimos alejarse a José María Manzanares hasta desaparecer del ovalado ruedo. Ese óvalo testigo de tantas grandes faenas, tantas y tantas tardes de gloria, tantos lamentos, tantas emociones. Me pareció escuchar los gemidos de las piedras milenarias: ¡Adiós maestro!. ¡Bonjour tristesse!.
SAMUELES CON PRESENCIA, ESENCIA Y POTENCIA EN LA DESPEDIDA DE FERNÁNDEZ MECA
La tristeza siguió impregnando la jornada y duró hasta que Denis Loré cortó la oreja del muy cornalón quinto toro de Samuel Flores, lidiado por la tarde. Un animal que a poco le degüella contra las tablas cuando inició su faena inconvenientemente pagado a la madera. Repuesto del terrible susto, Denis volvió a sufrir varios hachazos del imponente animal en parte por el viento en parte por sus dudas, hasta que definitivamente decidido a centrarse se encaró con el toro y descubrió su bondad por el lado derecho hasta aprovecharla con no poco temple y suficiente traza. Un pinchazo hondo y un certero golpe con el descabello, desanudó la enorme tensión ambiental y Denis paseó orgulloso una oreja ganada a ley y, nunca mejor dicho, contra viento y marea.
Antes, Stephan Fernández Meca, que se despedía de la plaza nimeña, había sufrido como poca veces hayamos visto sufrir a ningún torero en una trance similar. También cómo el muy querido en Francia, Antonio Ferrera, gozaba y desperdiciaba a la vez de un muy noble ejemplar al que lanceó, banderilleó y muleteó cantándose a sí mismo con tan potente y continuada voz que al tiempo de parecernos torero por la vestimenta, también tenor a pleno pulmón. Menos mal que con la espada nos puso de acuerdo a todos por la incuestionable excelencia de su estocada.
Aparte los muy celebrados efluvios de Ferrera, inasequible a cualquier desaliento y permanentemente encantado de haberse conocido, lo más entrañable y sentido de esta tercera corrida llegó con las palabras de Fernández Meca cuando brindó su segunda faena a sus dos pequeños hijos que estaban en barrera junto a su madre: "Solo os pido una cosa: ¡Que nunca se os ocurra ser toreros!". ¡Cuánto habrá tenido que sudar, que padecer, que sufrir este hombre para que se despidiera así de sus propios hijos como matador de toros¡. Infinitamente e infinitas veces. Y los niños recogieron la montera que les arrojó su padre para verle – al menos ellos – sufrir de nuevo aunque por última vez.
Recobrada la fría y ventosísima tarde con el ya reseñado éxito de Denis Loré, salió un sexto samuel de revolución por su inagotable nobleza y Antonio Ferrera volvió a sus efluvios que en esta ocasión aumentaron en cantidad – imposible en calidad – hasta grados de indescriptible entusiasmo propio y ajeno. Un lío que, reconozco, muy pocos no logramos compartir. Lo siento. Cuando uno se encuentra solo y triste en medio de una multitud tan complacida y alegre, quien gana es el que provoca tal estado colectivo de embriaguez y pierde quien por dentro niega validez al triunfo. A Ferrera le concedieron dos orejas tras otra del tercero y salió a hombros en olor de multitud. Menos mal que el gran toro fue premiado con una más que merecida vuelta al ruedo.
DÍA 18. DOBLE JORNADA
APUESTA FALLIDA POR EL ARTE
Tanto siguió molestando el viento que, tras concluir la segunda corrida matinal, llegué a la primera conclusión que he sacado en esta feria: que el viento molesta mucho más a los artistas que a los valientes, a los ricos que a los pobres, a los blandos que a los duros, a los agraciados que a los menesterosos. De tal modo y con un Mistral sensiblemente de menor intensidad en su soplar que en la mañana anterior, Javier Conde y Morante de la Puebla naufragaron frente a una bien presentada corrida de Javier Sánchez Arjona que echó tres toros para "no" y otros tres para "sí", sin que ambos artistas lograran romper el velo de ese triunfo que en esta clase de citas siempre se espera como algo maravillosamente inalcanzable.
Como tantas veces hizo y tantas ganó, esta penúltima apuesta de Simón Casas había sido enorme. La gente compró boletos de una lotería con premio gordo como las de Navidad y para la ocasión se jugaron seis números de los que en dos sólo tocó la "pedrea" – en los dos primeros de Morante -, y de los tres de Javier Conde, tan solo el quinto podría haberle servido y salvado. Pero con éste ni siquiera hubo "pedrea" porque el malagueño permitió - u ordenó - que se lo mataran en la suerte de varas. Suerte, por cierto, convertida en terrible desgracia en esta feria tan ventosa porque gracias al solo hecho de que los presidentes hayan exigido los segundos puyazos para cumplir a la española la estupidez reglamentaria que aún rige en las plazas de primera, muchos toros que podrían haber dado bastante mejor juego en la muleta no la dieron por agotamiento en varas.
Y como el valor de los artistas del toreo se mide por su capacidad de electrizar a los espectadores en mayor medida de la que también gozan de enojarlos cuando no se atreven o están mal, únicamente hubo contento colectivo con algunos bonitos lances y muy hondos muletazos de Morante, y en el recibo agitanado de capa seguido de un templado quite por tafalleras de Conde con el sexto. Perdones leves enseguida trocados en disgusto porque a Morante se le terminaron muy pronto sus dos mejores toros con los que sus picadores también se habían ensañado más de lo debido y Conde se pasó tanto en el castigo de su único colaborador grato, que el aviso que sonó mientras se eternizaba en cites sin respuesta, fue el aviso más esperado de la historia de la plaza. Total: un horror de mañana que acabó como el rosario de la aurora y con la gente al borde de un ataque de nervios cuando Morante dejó que masacraran al preciso castaño que cerró la corrida matinal.
CASTELLA YA ES REY TAURINO EN FRANCIA
Se veía venir desde hace tiempo y en la última corrida de esta feria de Nimes quedó claro que Sebastián Castella va para máxima figura del toreo. Sería el único nacido en Francia a lo largo de la historia y sería bonito además de justo – lo está tocando con las yemas de los dedos – que un francés también reinara en la España taurina y, por tanto, en el universo mundo. Justo, porque es en Francia donde hay más afición y mucho más ambiente que en ningún otro confín, donde acuden más jóvenes a las plazas de toros y en donde el toreo cobra mayor importancia mediática y social sin complejos de ninguna clase. Hasta un posible y próximo presidente de la República estaba presente en los graderíos para no perderse el acontecimiento.
Y aunque no pocos compatriotas de Sebastián se resistían a reconocer su valía - hasta varias empresas se han negado a incluirle en los carteles feriales de este año – pese a romper triunfalmente en San Isidro y en muchas otras citas de renombre e importancia, han tenido que ser las dos grandes plazas francesas de Bayona y Nimes las que han certificado su inmediato reinado. ¿No dicen ya en Dax que tras el increíble despropósito de celebrar su clausura con un mano a mano entre Enrique Ponce y ¡Juan José Padilla¡, hay que pensar en otro torero para sustituir al últimamente tan fallido a espadas y, por tanto decadente valenciano?. Pues aquí tienen al sustituto: Sebastián Castella I de Francia.
Y lo tienen por su capacidad de resolver los más arduos problemas y de salvar situaciones desesperadas que lo que siempre lograron los grandes que en el toreo fueron, son y están por venir. En su circunstancial enfrentamiento por la caída de "El Cid", Castella se merendó a Cesar Rincón, sin suerte ni del todo recobrado con la en gran parte sosa y deslucida corrida de Victoriano del Río y con tanto o más viento como en las jornadas anteriores. Ese viento que, al fin y al cabo, también ha dejado a cada cual en el sitio que actualmente parece va a corresponder a cada cual en el toreo contemporáneo.
Rincón, salvo con el primer toro que pinchó, apenas tuvo la opción que necesita para triunfar porque ninguno de sus otros dos toros se le vinieron de largo. Imposible así, la gente se hartó de esperar y, tras matar al quinto toro, muchos espectadores empezaron a tomarse el festejo a chacota. Castella, por el contrario, ya había cortado una meritísima oreja del segundo y superado la mala prueba del apagadísimo cuarto. Quedaba el sexto. Un precioso ensabanao salpicao capirote que, aún sin clase, se movió más que sus hermanos, y con éste aconteció el suceso por firmeza, por temple, por valor, por autoridad y determinación incuestionables del gran espada galo. Quizá no fuera la faena de Castella una de sus mejores de este año. Pero sí e indiscutiblemente su querer a toda costa hasta lograr que lo que la gente había empezado a jalear en broma lo hiciera volcada completamente en serio con este nuevo mesías del toreo llamado a las más grandes empresas en un inmediato y radiante porvenir.