FERIA DE MURCIA

José Antonio del Moral

MEDIA CORRIDA ENTRETENIDA

CON LA PLAZA CASI LLENA PESE A LA TORMENTA QUE PRECEDIÓ AL FESTEJO, SOLO LOS TRES "JUANPEDROS" DE LA SEGUNDA MITAD SE DEJARON TOREAR AUNQUE SIN GRANDES ALEGRÍAS NI ALHARACAS. UNA VEZ MÁS, ENRIQUE PONCE PINCHÓ LA FAENA MÁS COMPLETA, PEPÍN LIRIA CORTÓ DOS OREJAS DEL QUINTO POR LA COGIDA QUE SUFRIÓ AL ENTRAR A MATAR COMO UN JABATO Y MORANTE OBTUVO OTRO APÉNDICE TRAS REGALARNOS ALGUNOS AISLADOS MULETAZOS DE SU PARTICULAR COSECHA

Murcia. Plaza de la Condomina. 12 de septiembre de 2005. Tercera de feria. Tarde nublada tras tormenta con lluvia intermitente y más de tres cuartos de entrada. Siete toros de Juan Pedro Domecq incluido el sobrero (con el hierro de "Parladé") que reemplazó al tercero, devuelto por su manifiesta invalidez. Muy justitos en todo los tres primeros y el sobrero sin apenas fuerza y nula casta. Algo más cuajados y más enteros los tres siguientes aunque también sin raza ni suficiente acometividad. Muy pobre el encierro en su conjunto. Enrique Ponce (corinto y oro): Estocada caída casi entera y descabello, silencio tras ligera división. Tres pinchazos, estocada trasera caída y descabello, gran ovación. Pepín Liria (burdeos y oro): Media tendida, petición insuficiente y ovación. Estocada de entrega encunándose de la que salió milagrosamente ileso y descabello, dos orejas. Salió a hombros. Morante de la Puebla (salmón y oro): Media desprendida y descabello, algunos pitos. Estocada trasera tendida atravesada, oreja.

Mientras nos poníamos y nos quitábamos el impermeable para protegernos de la llovizna intermitente que mojó la tarde murciana y como los cuatro primeros toros – que solo lo fueron por su edad – no cesaban de perder las manos mientras sus respectivos lidiadores hacían como que intentaban sostenerlos en pie sin conseguirlo – únicamente el aquí idolatrado Pepín Liria logró que la gente gozara con desproporcionada pasión de cuanto muy velozmente le enjaretó al tercer monigote con su peculiar entusiasmo –, recurrimos a comentar los kilómetros que llevábamos en el cuerpo tratando en ver a Ponce en su reaparición. Porque un diluvio universal también obligó a suspender y aplazar el festejo de clausura de Dax (Francia) del pasado domingo hasta el punto de impedir que llegáramos a tiempo de ver otra presentación triunfal de "Cayetano" en San Sebastián lo que nos hubiera compensado de las voluntarias ausencias de Valladolid que, por lo que dicen, terminó tan mal como empezó. La devolución del tercer en toro en Murcia también nos sirvió para enterarnos de que anteayer en Salamanca le birlaron una oreja a Ambel Posada e igualmente para solazarnos por el monumental broncazo que recibió de sus paisanos el ministro Pepe Bono cuando Barragán le brindó uno de sus toros en la corrida de Albacete. Es una pena no tener el don de la ubicuidad.

Tan penoso como que Enrique Ponce siga pinchando y pinchando sus faenas. La que ayer logró con el cuarto toro de Juan Pedro fue otra más de su interminable colección del grupo de las precisas e impecables con añadido de varios pasajes de rodillas al final, supongo que en su intención de recalentar más los húmedos tendidos al tiempo de andar un poco a tono con su querido amigo Pepín Liria con quien no puede como jugador de Golf pero sí cada vez que alternan juntos salvo en Murcia en donde Pepín casi siempre le pega un serio repaso en cuanto a trofeos see refiere.

Pero el caso fue que, por fin, la gente gozó con Ponce mientras duró su faena al cuarto toro, antes de tener que lamentar los ya irreparables fallos con la espada del valenciano a quien, por cierto, anteanoche sugerí cuando coincidimos en el restaurante donde cenamos durante el viaje de Dax a Murcia, que en vista de que ya no es capaz de matar ni a un mosquito, lo que tiene que hacer es contratar a un par de medios espadas que rematen sus faenas cuando esté harto de torear que es lo que suele con la mayoría de las reses que lidia. Sería estupendo que, por ejemplo, un Uceda Leal o un José Ignacio Ramos se ocuparan alternativamente de matar los toros de Ponce. Y que tras sus muy frecuentes grandes faenas, Enrique les ordenara dar fin a sus envidiables y perfectas obras muleteras: "Venga, chico, mátame el toro y tápate". Ojalá que fuera posible hacerlo. Seguro que todos, empezando por el propio Ponce y no digamos por los alquilados matadores, saldríamos ganando y los poncistas no padeceríamos tantos disgustos.

Decía que Liria casi siempre le gana la partida a Ponce en Murcia. En la corrida que comento, otra vez. ¿Cómo no se la va a ganar con lo que los murcianos adoran a su torero y éste a sus miles de partidarios?. Le bastan su afán, su entrega, sus sonrisas y, claro está, su volcánica manera de entrar a matar con tanta violencia o más que con la que suele manejar los engaños. Le basta y le sobra. Sobre manera si, además, resulta dramáticamente cogido en tan definitivo trámite. ¿Solo una oreja?. Ahí van dos y a quien le duelan, que rabie.

Rabiando y suspirado llegamos el sexto. Un toro jabonero que se le vino un poco más a Morante que el muy tardo tercero y por eso se confió más el de la Puebla aunque no tanto como todos deseábamos. Total, que con unos cuantos aunque casi siempre aislados muletazos de su más particular factura – mejores los redondos que los naturales - y una estocada defectuosa pero eficaz, el tercer y último cartílago fue a parar a las manos del artista.