José Antonio del Moral

SANTANDER MONT DE MARSAN

 

UN DESASATRE CON MAYÚSCULAS

 

El segundo mano a mano de Sebastián Castella con los grandes, ni Enrique Ponce ni el torero francés lograron dar una sola vuelta al ruedo. La muy mansa, floja y descastada corrida de Valdefresno y lo mucho que ambos pincharon dieron al traste con sus ímprobas y hasta desesperadas intenciones de lucirse entre el creciente enfado del público. Tan solo Castella podría haber cortado una oreja por el meritorio esfuerzo que hizo frente al sexto toro, pero volvió a perder todo con la espada.

 

Si las buenas corridas producen euforia, las malas, depresiones. La de ayer en Mont de Marsan fue de esas que, cuando terminan, todo el mundo afirma: “Esta es la peor de mi vida”. O la peor que he visto desde hace mucho tiempo. O la peor del año. Catástrofe con mayúsculas que empeoró el pésimo manejo de la espada por parte de los contendientes, que hasta pareció mentira verles pinchar tanto. A Ponce ya le sobra todo y a la gente parece que ya ni le importa que el valenciano mate o no mate. Pero Castella debería preocuparse en serio del mal momento que atraviesa en la suerte que sigue siendo suprema porque, de persistir en ello y no digamos si el problema se enquista, podría tener serios problemas profesionales.

 

Con el único “no hay billetes” de esta primera feria importante en el sur oeste de Francia y un ambientazo de campeonato, todo se vino abajo nada más salir al ruedo el primer toro. Tan débil salió, que el mismo Ponce pidió a su picador Manolo Quinta que no le pegara demasiado. Pero Quinta no hizo caso al jefe y le pegó como acostumbra. Pero es que los responsables taurinos de Mont de Marsan – ¿responsables de qué…? - habían ordenado que a partir de esta temporada se obliguen dos puyazos por toro como mínimo – una imbecilidad que pagarán muy cara – y Quinta se ensañó también en el segundo encuentro, dejando al toro medio muerto.

 

Sin embargo, no podemos achacar el desastre solo a los picadores porque Castella mandó que no les dieran a los suyos y sus toros – salvo el sexto – también llegaron a la muleta sin resuello. Tanto que, el cuarto y el quinto toros fueron devueltos y, para colmo, el segundo sobrero que soltaron fue un animal con pinta de bisonte de La Campana, ganadería del suegro de Antonio Barrera - ¡qué cosas¡ - y Ponce se quedó de piedra al ver salir a semejante bicharraco al que, esta vez con razón, liquidaron los de a caballo hasta dejarlo completamente parado.

 

Ponce brindó su segundo toro al allí presente Paco Ojeda, pero solo pudo estar a la altura del brindis en una tanda por redondos. Lo demás fue como andar frente a un cadáver. Y así toda la tarde hasta que, con el sexto, Castella se empeñó con la muleta y consiguió convertir las lanzas en cañas con a base a aguantar cabezazos del toro hasta lograr que el animal pasara limpiamente una y otra vez alrededor del torero. Pero el francés volvió a pinchar su faena y todo se fue al traste.

 

Menos mal que en esta excursión a Mont de Marsan estaba previsto disfrutar con antelación a la corrida del gran almuerzo que nos dio Marc Lavíe – gran e insustituible profesor de ciencias exactas en la Universidad de Pau y  prestigioso director de la revista Semana Grande – en el hotel Richelieu donde, acompañados por el bibliófilo y gran aficionado inglés, Michael Wigram, el director taurino de las Arenas de Bayona, Olivier Baratchart, y los jóvenes magníficos valores de la crítica gala, David Bessieres y Benjamín Ferrer – todos grandes amigos - degustamos el siguiente y exquisito menú: Ensalada gourmet de foi, salmón ahumado del Adour, revuelto de hongos cepes y un tournedó inolvidable seguido del torturtier de las Landas con helado de armagnac que nos sirvieron como postre. Y todo ello regado con un par de botellas de Moët Chandón para empezar y cinco de Pomerol del 99, reserva de Bordeaux. De no haber comido así y en tan magnífica compañía, les aseguro que ahora mismo estaríamos todos al borde del infarto. Y, encima, lo que largamos.  ¡Señores, qué lujo¡.