bJosé Antonio del Moral

FERIA DE MONT DE MARSAN

ENRIQUE PONCE, SUPERVIVIENTE TRIUNFAL EN UNA ALICAÍDA FERIA DE MONT DE MARSAN

Reponiendo fuerzas tras los sanfermines y a la espera de la feria de Santander, solo vimos tres de las seis corridas del primer gran ciclo veraniego de la temporada francesa. Sobre el papel eran las mejores y a fe que acertamos aunque no del todo. En cualquier caso, fue mejor no vivir los escandalosos fiascos ganaderos que alteraron el ambiente de la plaza montoise, últimamente en franca decadencia con respecto a otros ciclos vecinos como los próximos de Bayona y Dax.

OREJA MUY FRANCESA PARA RINCÓN

Sobre la primera corrida del sábado 15 de julio con mucho calor, casi lleno, amenaza de tormenta desatada nada más finalizado el festejo y varios aficionados llegados a la horrible capital de Las Landas desde los agotadores Sanfermines, sin apenas resuello aunque con ganas de ver otra o por primera vez a Alejandro Talavante que sustituía a Sebastián Castella, poco podemos contar que sucediera de verdadero interés. Un festejo casi sin historia.

Lo más sobresaliente fue ver muy mejorado a Cesar Rincón, con más sitio aunque todavía no del todo recobrado. Le vimos decidido y templado con el capote y con notable cadencia al natural frente a su segundo toro después de dar muchos pases con la derecha citando desde las afueras, lo que le puso en innecesario compromiso porque el bicho miraba y, a veces, descubrió donde estaba el torero. Los franceces, que siguen adorando a Rincón como cuando era jovencito, le regalaron una oreja pese a pinchar antes de la estocada casi entera con que mató definitivamente.

Y ¿cómo fue este toro cuarto, cómo la corrida de Victoriano del Río?. Pues sobradamente presentada para esta plaza y tan noble con blanda y escasa de raza con dos toros absolutamente inútiles como consecuencia de la extrema fragilidad de sus manos, no se sabe si por natural falta de energía o por sobrada ración de ese producto que suelen inyectar algunos a los toros cuando temen que se caigan. El primero tuvo que ser apuntillado tras claudicar al poco de iniciar Rincón su faena. Y el sexto antes incluso de ser picado, por lo que fue devuelto y sustituido por un sobrero de Campocerrado que resultó casi tan inútil como el devuelto.

Con éste sobrero, los que nunca habían visto a Talavante solo pudieron adivinar remotamente lo que podría haber hecho de haberle repetido el animal con suficiente brío y fuerza. Y es que el nuevo genio de Badajoz quedó prácticamente inédito porque tampoco con el tercero llegó a mayores. Mal como casi siempre con la espada, la gente se quedó con la boca abierta y no por asombrada sino por atónita ante la nula emoción con que actuó "Aladino" frente a tan soso material… Por cierto que, observé en Talavante algo que debería dejar de hacer y, si alguien se lo ha recomendado, no obedecerle más. Eso de probarse de salón a la verónica durante largo rato más allá de las rayas después del paseíllo debería dejarlo para cuando salga el toro. No vaya a ser que luego el toro no sirva y ocurra lo que ocurrió en Mont de Marsan, que toreó muy bien al aire pero no a sus enemigos.

A quien sí vimos torear bien con la muleta en su segundo toro - el mejor de los lidiados - fue a Miguel Ángel Perera. Fue en la primera parte de su demasiado larga faena. Lástima que, precisamente por alargarla, se perdió en un mar de enganchones al final, el toro no colaboró después al entrarlo a matar y se le fue la ocasión de haber triunfado. Lo que tampoco consiguió con el segundo de la tarde porque la gente prestó más atención a la evidente flojera del animal que a los estimables pases de Perera.

LOS MILAGROS DE SAN ENRIQUE

Yendo hacia Mont de Marsan desde Dax, se encuentra la basílica de San Vicente Paul, famoso por sus muchos milagros. Otro que va para santo porque también lo viene siendo en vida, Enrique Ponce, decidió hacer dos en la tercera corrida de la feria montoise. El primer milagro poncista tuvo lugar con un toro tan noble como inválido de la bien presentada corrida de Javier Pérez Tabernero - muy en Atanasio y en su mayoría buena - con el que, gracias a su privilegiado sentido del temple, consiguió que el tullido dejara de caerse, que su sosería se convirtiera en alegre embestir y que lo que a todos pareció imposible, terminara siendo un faenón de creciente intensidad.

Hasta mató bien San Enrique - !otro milagro¡ - y eso que el animal sufrió un calambre en una pata mientras el maestro se perfilaba para la suerte suprema. Esta faena, contemplada con verdadera reverencia en su primera parte y con entusiasta algarabía en su tramo final, fue sin lugar a dudas la mejor de cuantas lleva Ponce realizadas en Mont de Marsan. Naturalmente, fue premiada con dos orejas. Doble premio que nadie más que Ponce hubiera logrado con semejante animal.

Y luego del primer milagro, San Enrique obró un segundo con el incierto y probón cuarto. Uno de los dos malos del encierro que, en manos de Ponce, no lo pareció tanto aunque hubo momentos de claro peligro. Enrique, que ya le había toreado a la verónica tan bien o mejor incluso que al primero - con el capote anduvo sensacional - se encontró con un animal más entero que su anterior enemigo pero enseguida rajado. Rencoroso, arrepintiéndose de embestir a mitad de cada viaje por el lado derecho y muy incierto por el izquierdo. Nada de ello arredró al maestro que, poquito o poco, fue metiéndole en su sabia muleta hasta cuajarle una gran tanda por redondos ligados a dos de pecho y, sinceramente inspirado gracias a la preciosa y oportuna pieza musical que le dedicó la banda de música, se arrancó luego por sorpresivas y cosidas roblesinas que enardecieron el gentío. Ya completamente relajado, coronó la faena con más redondos, varios ayudados por bajo de cartel, media estocada tendida y un descabello imperial, rematando con otra oreja su tarde más completa y celebrada en esta plaza francesa, la única del gran país vecino en la que todavía no había formado un alboroto.

San Enrique agradeció a la banda tan bonito acompañamiento musical y al final de la corrida le llevaron a hombros mientras desde una emisora de radio trataban inútilmente de restar importancia a lo que había hecho con lo que, quien tanto presume de pontífice de la crítica francesa, volvió a quedar en entredicho a la par que la emisora superaba su propio record en difundir barbaridades taúricas. Señor, Señor, !qué cruz más pesada han de soportar los aficionados de Francia con semejante criatura tan lenguaraz¡.

Salvada, pues, la feria de este año por Enrique Ponce - los Chopera deberían ponerle un chalet en algún lugar privilegiado de las Landas, por ejemplo en Hossegor, donde yo vivo siempre que vengo por aquí -, también vimos mejor de lo que últimamente suele a El Cid. Claro que, como casi siempre, con el mejor lote. Éste Cid sí que está tocado por la varita mágica en los sorteos como pocas veces hayamos visto. Eso aparte lo muy bien que entona el físico del diestro de Salteras con el de los habitantes de la capital landesa.

El primer toro de El Cid fue de dos orejas y las perdió al final de una limpia faena que ensució con tropiezos y enganchones cuando quiso adornarse como no sabe ni nunca sabrá hacer y con tres pinchazos antes de agarrar una estocada. Y con el quinto, de revolución planetaria por el lado derecho, asimismo bien El Cid aunque por bajo de la excepcional calidad del colorao. A este solo le pinchó una vez y le cortó una oreja. Fue toro de rabo y, de haber caído en manos de San Enrique, de indulto.

El lote menos lucido o así lo pareció en sus todavía poco expertas manos, le correspondió a Julien Lescarret. El pequeño e inteligente torero galo luchó con el incómodo tercero sin ahorrar esfuerzos después de que su picador se pasara al castigarlo, y expuso mucho con el sexto, sufriendo algunos amagos de cogida por dudar. Lo más sobresaliente de Lescarret con este toro, un muy ceñido quite por chicuelinas. Tampoco manejó bien los aceros.

 

MUY SOLVENTE EL JULI ANTE DOS RUINAS

Me sorprendió la corrida de los Matilla del miércoles 18 que le trajeron a El Juli para la antesala de su cita con los miuras en Valencia. Nada que ver en presencia y en juego con la del año pasado en esta misma plaza de Mont de Marsan cuando el madrileño alcanzó un triunfo clamoroso. Fuera por lo que fuese, el impresentable lote dio lugar a toda clase de suspicacias, incluidas las más graves. Ruinosa corrida que acabó como el rosario de la aurora con un par de reses inutilizadas y un imponente sobrero de José Ignacio Charro que, para no desentonar, también se inutilizó, poniendo en muy serios aprietos al joven Eduardo Gallo mientras intentaba sortear las tarascadas con que el feble animal se defendió por su accidental invalidez.

Tercero en el cartel, Eduardo Gallo tocó facilón pelo tras matar al tercero, el único potable del envió, por una faena valiente y muy arrimosa aunque nada fina. Por fortuna que celebramos muy sinceramente, Gallo parece estar saliendo del bache anímico que tanto le ha durado aunque, en tal superación, también parece haber cambiado su templanza novilleril por una aceleración improcedente y la finura que le distinguió en sus comienzos por una indisimulable bastedad de estilo. En lo que no ha cambiado Gallo es en su mucho gritar a los toros mientras torea. Cita con !!!aaahhhh¡¡¡, embarca con !!!eeehhhh¡¡¡, sigue con !!!iiihhh¡¡¡, remata con !!!oooohhhhh¡¡¡¡ y se va con !!!uuufff¡¡¡. En tan abundantes méritos corales, ya supera al gran campeón del vocerío, don José Ignacio Uceda Leal.

Abrió la tarde Morante de la Puebla con el clásico petardo de los grandes artistas cuando comprueban que no hay nada que hacer. Y el mismo Morante la medió con otro toro algo mejor que terminó protestando por lo mucho que le obligó el torero en su afán de hundirse en los muy enjundiosos lances de recibo, en los del quite y en los redondos de la primera parte de su faena de muleta. Tan sentido y tan barrocamente quiso torear Morante a un toro que no admitía tanta profundidad, que lo que pareció sería glorioso terminó en ruina.

Aunque para ruinas, los dos toros que le correspondieron a El Juli. Al feísimo y descuajeringado segundo le lidió perfectamente y le toreó después como si de un gran toro se tratara. La exactitud técnica de El Juli, sus toques a tiempo, su perfecta colocación, su variable templar en función de las varias velocidades con que embistió el animalucho, consiguieron debidamente conjuntadas que la faena adquiriera una redondez que, en principio, parecía imposible de lograr. !Y qué estocada, señores¡. La oreja supo a poco premio, pero la vuelta al ruedo fue de lujo.

Todo parecía que iba a ser igual con el quinto al que fijó magistralmente Julián, pero en el huir de la batalla, el toro se tropezó violentamente con un caballo, en ese instante quien lo montaba desapercibido, y el toro se vino completamente abajo con el choquetazo. El Juli, muy disgustado por el accidente, se esmeró luego en calmar las protestas de los muchos impacientes poniendo bálsamo con su muleta en un trasteo salvador de tullidos insalvables.