José Antonio del Moral

FERIA DE SAN MIGUEL EN SEVILLA

APOTEÓSIS DE UN MEDIANO CID

Con la plaza de la Real Maestranza prácticamente llena, el torero de Salteras solventó con notable desahogo el muy difícil compromiso de matar en solitario seis toros de tres ganaderías cortando un total de cuatro orejas por lo que salió a hombros bajo la puerta del Príncipe. Exactamente lo que Manuel Jesús Cid necesitaba para afianzarse en el puesto de privilegio que ocupa en el toreo desde la pasada temporada. Sin embargo, dos de las cuatro orejas fueron excesivas y ninguna de sus faenas más celebradas resultó redonda ni completamente limpia. La cortedad y monotonía de su tauromaquia pesó lo suyo pese a matar a los seis toros de otras tantas estocadas (excelentes las del quinto y sexto), sólo un pinchazo y un descabello. De su hacer con el capote, el recibo por verónicas al toro que abrió plaza y algunas medias de remate fueron dignas de recordar, no en lo demás porque los quites brillaron por su ausencia o por su cortedad. Hasta en sus faenas de muleta más felices lo bueno y más templado alternó con lo vulgar o ensuciado en demasía. De los seis ejemplares magníficamente elegidos, bien aunque como es lógico desigualmente presentados, cinco se prestaron claramente al triunfo salvo el sexto, uno de los de Victorino Martín. Resultaron extraordinarios el segundo, primero de los de Zalduendo, y el tercero de Victorino. El resto, incluidos los dos de La Dehesilla y el otro de Zalduendo, francamente manejables por uno u otro pitón o por los dos.

Sevilla. Plaza de La Real Maestranza. 23 de septiembre de 2006. Tarde muy agradable tras varias e intermitentes tormentas y aguaceros con casi lleno. Toros de tres ganaderías, bien presentados y nobles en distintos grados salvo el más feo sexto de Victorino. Primero y cuarto, de La Dehesilla. Bravo y encastado aunque a menos en la muleta el que abrió plaza y remiso aunque rompió a bueno por el lado derecho el que hizo de cuarto. Segundo y quinto, de Zalduendo. Extraordinario por el lado izquierdo el que hizo de segundo, y completo con clase por el lado izquierdo el que hizo de quinto. Bravo, noble y con extraordinario embestir por el lado izquierdo del Victorino que hizo de tercero, y muy deslucido el que cerró plaza de esta misma divisa. Los tres primeros fueron muy aplaudidos en su arrastre. Manuel Jesús Cid, único espada (berenjena y oro): Pinchazo y estocada caída, leves palmas. Estocada desprendida, oreja. Estoconazo desprendido trasero, dos orejas. Estocada trasera, ovación. Muy buen estocada y descabello, oreja. Gran estocada, ovación. Salió a hombros por la Puerta del Príncipe y tras el paseíllo fue obligado a saludar por el público. Muy bien en palos Alcalareño y El Boni que tuvieron que saludar tras parear al tercero y al sexto toros respectivamente.

Lo más sustancial, con mucho, fue la feliz consumación del gesto en cuanto a resultados. Plaza llena, cuatro orejas y salida a hombros por la mítica Puerta del Príncipe, convertida desde hace tiempo en refrendo de cantidades, no en certificación de calidades. Razón que explica cómo ayer muchos no salimos de la plaza totalmente satisfechos. Y es que me resisto renunciar al mejor Cid de cuando aspiraba a ocupar un lugar en la primera fila del toreo en la que, dicho sea de paso, podrá seguir afianzado gracias a su apuesta de ayer en La Maestranza aunque no con la misma ilusión por verle torear como tan poquísimas veces lo ha hecho últimamente.

Y es que si El Cid que vimos ayer en Sevilla es el de su más alto techo posible, apaga y vámonos. Lo digo como aficionado radicalmente sincero y ya viejo aunque todavía apasionado y capaz de ilusionarme aún a sabiendas de que en la práctica que actualmente rige en la llamada Fiesta, a los taurinos les bastan los números, sencillamente porque el romanticismo ha pasado a la historia. Aunque a los que seguimos siendo ingenuos creyentes no nos guste, estamos en un mundo de cifras, de comisiones interesadas en el que ya no se moja ni se enfada nadie como no hace tanto tiempo ocurría en las relaciones entre matadores y apoderados cuando al mentor le parecía que su torero podía haberlo hecho mejor y no reparaba un segundo en criticárselo. De tal modo, tan contentos debieron acabar el matador y todos los beneficiados y afectados que lo que más temo es que con ello se conformen. Y no digamos después de leer y de escuchar lo que sin duda escribirán y dirán algunos. Pues allá cada cual y santas pascuas.

Claro que, para que tanta felicidad fuera posible, tuvieron que coincidir dos hechos y alguna circunstancia incuestionablemente positivos: el extraordinario tino en la elección del ganado - enhorabuena la los ganaderos y a los veedores -, el complaciente comportamiento del público en su mayoría predispuesto al triunfo a poco que el torero respondiera, y la magnanimidad del palco presidencial, otras veces tan poco proclive.

La verdad es que en cuanto a determinación y desahogo, tanto El Cid como sus cuadrillas, especialmente acertadas las intervenciones de sus dos grandes peones El Boni y Alcalareño, fueron notables. Como también que bastó que El Cid se estirara con temple y hondura en tal o cual tanda - que no en todas las que pegó en sus faenas premiadas - y que le funcionara con eficacia la tizona - ayer por cierto infalible salvo en el primer toro - para que a sus manos fueran orejas que no debieron cortarse. Por ejemplo, la del segundo, primero de los de Zalduendo, con el que muy al final de un indefinido por no decir borroso trasteo, surgió el gran intérprete del toreo al natural que es cuando se El Cid se siente más olvidado de sí mismo. Otra oreja, al menos, se le había escapado del bravo y encastado toro de La Dehesilla que abrió plaza con el que vimos las mejores verónicas de la tarde en el recibo de un animal con el Manuel Jesús apenas se acopló salvo también muy al final con la derecha hasta pinchar antes de agarrar es espadazo definitivo.

De ahí que, como con el estupendísimo tercero de Victorino - !ya era hora de ver un gran toro de esta ganadería¡ - El Cid estuvo mucho mejor que los anteriores aunque sin redondear la obra porque no en todo anduvo fino ni siempre asentado salvo otra vez y con mayor intensidad que hasta ese momento al natural en varias rondas que unas veces ligó sembrado a los de pecho y otras recetó de uno en uno porque así convino, le dieran dos orejas, la segunda a todas luces excesiva. Pero bueno. Ya estaban las tres en la talega y la salida por la famosa puerta asegurada.

De ahí en adelante y aunque ya no hicieron falta mayores aciertos, sí continuar esforzándose sin desmayo. Con el tardón, escarbador, distraído e incierto cuarto de Pereda que El Cid brindó a su padre, nos llegó lo más meritorio en mi opinión cuando el torero se impuso con notoria autoridad al toro con la mano diestra para después acelerarse no sé por qué razón y restar mérito a lo que acaba de lograr y, sobre todo, al fatal insistir ante un muy difícil por no decir imposible pitón izquierdo. Pero para que a los tres apéndices conseguidos no le faltara un cuarto, cortó la oreja del noble quinto de Zalduendo, en esta ocasión también gracias a una muy postrera y magnífica tanda por naturales y, sobre todo, por una estocada de ejemplar ejecución aunque necesitó del descabello.

Nada o casi nada lucido pudo lograr El Cid con el peor toro de la tarde, un feote victorino que, muy venido abajo, sacó guasa y hasta llegó a coger al empeñoso torero cuando andaba dándole vueltas con la muleta inconvenientemente retrasada en busca de cuadrarlo para entrarlo a matar. Menos mal que no le hirió porque hubiera sido el colmo de los colmos desde cualquier punto de vista terminar en la enfermería y no en loor de multitudes apiñadas en el Paseo Colón hasta hacer impracticable la salida de todos los que lo intentaron al tiempo que El Cid lo hacía aupado entre apretados gritos, alegres vivas y lágrimas de emoción mientras sobre el Guadalquivir caía la noche. Una escena siempre irreal por tan soñada como definitivamente irrepetible.