José Antonio del Moral

FERIA DE SAN MATEO EN LOGROÑO

 

UN MANO A MANO SIN SENTIDO CON CATASTRÓFICO FINAL

 

Hasta la salida de los dos últimos toros, que fueron mansos integrales, El Cid tuvo que competir consigo mismo porque con Talavante fue imposible dado su estado somnoliento. El de Salteras cortó la oreja del primero con el que anduvo por encima de sus condiciones y pudo cortar otra más valiosa del flojo aunque también más noble tercero si no lo hubiera pinchado. Nada pudo hacer con el peligroso quinto al que le costó matar. Talavante, por su parte, anduvo toda la tarde como un sonámbulo. Desangelado con el segundo que se vino abajo; aturdido e incapaz con el cuarto, que fue el mejor con mucho de la corrida de Valdefresno; y a la deriva con el deslucido manso que cerró el festejo.

 

Logroño. Plaza de la Ribera. 18 de septiembre de 2007. Tercera de feria. Tarde agradable con casi tres cuartos de entrada. Seis toros de Valdefresno muy bien presentados y de juego vario con predominio de los flojos y mansos. El primero fue noble pero corto de viajes. El segundo se vino pronto abajo por demasiado blando. El tercero manseó en el caballo pero llegó muy noble a la muleta pese a su escasez de fuerzas. El cuarto, apenas sin castigo en varas, se fue muy arriba llegando con casta y mucho que torear al último tercio aunque quedó inédito. El quinto, manso integral, desarrolló peligro y resultó muy difícil de matar. Y el sexto, asimismo manso aunque manejable, terminó adueñándose de la situación por la absoluta incapacidad de su matador. El Cid (encarnado y oro): Estocada desprendida, oreja. Pinchazo, otro hondo tendido y dos descabellos, aviso y silencio. Dos pinchazos y cinco descabellos, más pitos que palmas. Alejandro Talavante (cobalto y oro): Estocada y descabello, palmas. Cuatro pinchazos y estocada corta, aviso y pitos. Cinco pinchazos, otro hondo atravesado y siete descabellos, aviso y gran bronca que cesó al doblar el toro aunque se reprodujo con lanzamiento de almohadillas cuando el torero abandonó la plaza. Alcalareño fue ovacionado tras su primer par de banderillas.

 

Cuando se diseñó el mano a mano entre Sebastián Castella y Alejandro Talavante como uno de los carteles más atractivos de esta feria, todavía sobraban motivos para apostar por su éxito. Pero a medida que avanzaba la temporada, Castella fue perdiendo fuelle hasta terminar cortando abruptamente su campaña y Talavante fue cubriendo la suya a trancas y a barrancas sostenido por la inercia de sus grandes triunfos logrados al principio nada menos que en Madrid, Valencia y Sevilla, gracias a los cuales ha podido mantener grandes expectativas en todas las plazas por donde ha ido pasando y ello a pesar de que en la mayoría de sus actuaciones no ha conseguido repetir sus grandes éxitos ni de lejos. Muy al contrario, los petardos se han sucedido entre el estupor y la general decepción de cuantos le han esperado como a un nuevo mesías del toreo.

 

Programada y anunciada la comparecencia de Talavante en el mano a mano de Logroño, cuando Castella se quitó de en medio, la empresa decidió sustituirle por El Cid que venía aupado desde su histórica tarde con los victorinos en Bilbao. Buena, incluso excelente sustitución aunque no para un mano a mano con alguien que ya tenía sobradamente demostrada su incapacidad profesional para sostenerse como torero estrella y aún más para mantener un enfrentamiento ante un corridón de toros con uno de los pocos supervivientes al alza del momento.

 

De tal modo y aunque muchos de los que acudieron al reclamo del mano a mano, lo hicieron ilusionados, otros entre los que me encuentro no dábamos un euro por el resultado del festejo en lo que prometía de duelo entre pares. Y así fue. Que El Cid tuvo que competir consigo mismo porque con Talavante fue absolutamente imposible.

 

Para colmo, la mayoría de los toros de Valdefresno tampoco respondieron a las expectativas salvo el cuarto que, aún para mayor desgracia, cayó en las manos del alicaído Talavante quien, aturdido ante la imponencia del animal, fue incapaz de aprovecharlo. Momento en la que tarde cayó en picado hasta terminar catastrófica con los dos mansos que a duras penas pudieron ser lidiados en quinto y sexto lugares.

 

Finalizo someramente esta crónica que no me está gustando escribir para dar cuenta de que El Cid, con el primer toro, anduvo todo lo bien que pudo estar ante un animal noble pero muy corto de viajes y que cortó una oreja de puro trámite. Que con el blando aunque noble tercero, estuvo mucho mejor en un trasteo de menos a muy más, sobre todo en una magnífica tanda al natural arrastrando la muleta por la arena, instante en que debería haber entrado a matar en vez de insistir en un sucio epílogo con el que se pasó de faena, razón por la que terminó pinchando y perdiendo salir a hombros. Porque con el mansísimo quinto que, además, sacó mucho peligro, nada pudo hacer, costándole mucho tiempo cuadrarlo y matarlo. 

 

Y de Talavante, que anduvo toda la tarde como le vimos hace pocos días en Valladolid. Irreconocible respecto a sus más celebradas actuaciones y cual sonámbulo. Cuando mejor, tímido, sin saber qué hacer, falto de recursos. Aturdido e incapaz con el único gran toro quinto al que debería haber desorejado. Y con el sexto, a la deriva entre la rechifla de los espectadores que terminaron por tomarle a cachondeo jaleando con olés de guasa a los peones que le ayudaron a medio resolver el indescriptible desaguisado en que consistió su lidia hasta matarlo como malamente pudo en medio de un broncazo tremendo. Calamitosa actuación que dejó estupefactos a los que vinieron a verle y más a los que le vieron por primera vez.