José Antonio del Moral
FERIA DE SAN
MATEO EN LOGROÑO
UN BOMBÓN Y CINCO GUINDILLAS MÁS O MENOS
PICANTES DE CEBADA
El bombón le cayó en segundo
lugar a Paulita que lo saboreó a placer hasta liquidarlo de pinchazo hondo y
descabello. Pero la presidencia no atendió a la merecida petición de oreja.
Trofeo que acababan de regalar al local Diego Urdiales por una ramplona labor
frente a la guindilla más dulce del envío aunque rematada de estocada. Luego,
ni uno ni otro lograron acoplarse del todo con las manejables aunque díscolas
guindillas que les correspondieron en cuarto y quinto lugares, mientras
Fernando Cruz tuvo que pechar con las dos más indigestas.
Logroño. Plaza cubierta de
Los siempre esperados, admirados y en Logroño
requetepremiados toros de Cebada, dieron oportunidad de triunfar a los dos
primeros espadas, Diego Urdiales y Paulita,
pero no al tercero, Fernando Cruz a quien parece perseguirle un
maleficio. Cada vez que le veo, me admira más su sentido oriental de la
resignación a la eterna espera de que le salga un toro con el que pueda
demostrar lo bien que torea y no tener que luchar a brazo partido con reses
imposibles como el tercero de ayer o que se descomponen pronto como el sexto al
que pegó uno doblones iniciales que fueron los muletazos más sinceramente
celebrados de la jornada. Lo demás de Cruz fue andar al borde del abismo sin
pestañear ni quejarse cuando la cosa fue como para echarse a llorar. Los
aficionados de Logroño se lo agradecieron porque la verdad fue que, con ambas
reses, Fernando se jugó el pellejo sin echarse atrás ni abreviar que es lo que
hubieran hecho la mayoría de los que actualmente encabezan el escalafón.
Esta clase de alimañas y estos modos de zafarse
de ellas, todavía son de la predilección de muchos aficionados de Logroño y de
ahí que no les importe que los cebadas piquen tanto. Todo lo contrario, después
de arrastrado el increíblemente dulce segundo y viendo el peligro que tenía el
que le siguió, un señor se volvió hacia los que tenía detrás y les gritó
encantado: “¡Éstos, éstos son lo que más me gustan y no la babosa que acabamos
de ver!”.
Nada que ver con sus demás hermanos, este
segundo de Cebada fue, en efecto, un toro con extraordinaria clase. Quizá algo
soso después del volantín que se pegó. Pero un toro de esos que también
descubren las carencias o las virtudes de quien les torea. Paulita lo aprovechó
muy bien sobre las dos manos e incluso se recreó lentamente en los últimos
pasajes de su faena que en cualquier sitio hubiera sido premiada con dos orejas
de haberlo matado bien. Aquí, en Logroño, la presidencia no quiso darle la
oreja que pidió el público tras pinchazo hondo y descabello, creo que porque la
petición del trofeo no había sido tan unánime como la del anterior toro – el
primero – que mató bien el local Diego Urdiales tras pasarlo vulgarmente de
muleta.
Bien está que se apoye a los diestros locales
pero eso no quita para que se reconozcan los méritos de los de afuera. Esta
circunstancial anécdota enfrió sensiblemente el ambiente que se podría haber
mantenido e incluso crecido si a Paulita le hubieran premiado como mereció.
Pero el aragonés hasta se negó a dar la vuelta al ruedo y se limitó a recibir
la ovación desde el tercio. Luego, ni uno ni otro consiguieron interesar tanto
como antes. Tampoco sus otros toros fueron los mismos. Urdiales solo pudo ligar
una buena tanda con la derecha en el cuarto y a Paulita le costó bajarle la
mano al quinto que echaba la cara muy arriba y hubo que saber templarlo a costa
de tragar. También mataron peor que a sus primeros oponentes.