FERIA DEL SEÑOR DE LOS MILAGROS

BRILLANTE Y ENTRETENIDO FESTIVAL PESE A LA AUSENCIA DE OREJAS

Con gran ambiente y excelentes novillos de la familial Puga, el público y los participantes se divirtieron a la par en un largo festejo que quedará para el recuerdo por la entrega y el buen hacer de los españoles José María Garzón, Álvaro Martínez Conradi, Daniel Ruiz y de los peruanos Renzo Corno y Fernando Roca Rey aunque perdieran trofeos por fallar a espadas. Dignas actuaciones de Flavio Carrilo, Felipe Díaz (mexicano), Santiago Bustamante (ecuatoriano) y todos encantados

Lima (Perú). Plaza de Acho. 14 de noviembre de 2004. Cuarta de feria fuera de bono. Tarde gris y fresca con media entrada muy repartida. Festival a beneficio del banderillero "El Bebe", aún convaleciente de un gravísimo percance. Ocho novillos de tres hierros. Uno de "San Pedro" para el toreo caballo, cuatro de Roberto Puga y tres de "Montegrande" de la misma procedencia. Todos de preciosas hechuras y cómodas cornamentas. Salvo el séptimo que se rajó y tuvo un brusco comportamiento, muy nobles en distintos grados de fuerza, destacando por más bravo el octavo que fue un animal de vacas. Flavio Carrillo (de chalán): dos pinchazos y cuatro descabellos, palmas con saludos. Felipe Díaz (de corto gris marengo): Pinchazo hondo suficiente, vuelta al ruedo. Santiago Bustamante (de coto negro): Dos pinchazos y cuatro descabellos, palmas. José María Garzón ( de corto gris): Cinco pinchazos, media sin soltar, pinchazo hondo y descabello, gran ovación . Renzo Corno (de corto acero): Tres pinchazos, media ladeada y dos descabellos, gran ovación. Álvaro Martínez Conradi

(de corto gris): Dos pinchazos, estocada trasera y descabello, vuelta clamorosa. Daniel Ruiz (de corto en dos tonos de gris): Estocada muy atravesada, pinchazo hondo tendido y media estocada, ovación, Fernando Roca Rey ( de corto gris muy claro): Pinchazo, metisaca muy contrario, otro pinchazo y estocada, vuelta muy celebrada. Finalizada la lidia, todos los espadas saludaron a "El Bebe" que se encontraba en un tendido. En la brega destacó sobremanera el matador español Enrique Peña y Mendiola, y en palos "El Loro", "Tachuela II", Fernando González y "El Paco".

Si en la variedad está el gusto, ayer nos divertimos de lo lindo en Acho pese a lo largo del festejo y a la ausencia de triunfos contables para las estadísticas. Ya dije en ocasiones anteriores que las orejas no son siempre prueba de la felicidad taurina y así sucedió con el brillante y muy entretenido festival a beneficio de "El Bebe" por el fallo a espadas de los participantes. Ni siquiera los que mejor anduvieron con capote y muleta frente a los novillos que más se prestaron – todos menos el séptimo – lograron matar como Dios manda. Y aunque tan garrafal fallo pudo desencantar a los primeros ilusionados por no tocar pelo, la repetida mala pata de los demás igualó los resultados haciendo verdad lo de "mal de muchos consuelo de todos". Dejemos, pues, el mal humor que debieron sentir los ayer pésimos matadores porque la verdad es que la mayoría de los espectadores quedaron encantados con lo que vieron. Y eso que la tarde no empezó todo lo bien que cabía esperar a cuenta de la excesiva veteranía y la consiguiente falta de facultades físicas de los tres primeros actuantes. Juventud, divino tesoro, te vas para no volver...

Juventud que aguardó tras el, no obstante, meritísimo atrevimiento de Flavio Carrillo que abrió a caballo para hacer una demostración de la suerte nacional y banderillear hasta que, pie a tierra, hizo lo que buenamente pudo entre el cortés palmoteo de la parroquia. Lo mismo que el mexicano Felipe Díaz, progresivamente acoplado con su muy buen novillo hasta lograr no pocos muletazos de buena y relajada traza. Y acto seguido, el ecuatoriano Santiago Bustamante, realmente esforzado por agradar en gesto digno de agradecer por su desprendimiento en tamaña tesitura. Que Dios se lo premie a los tres. De tal modo y cruda realidad, el festival empezó a calentarse con el cuarto novillo y de qué manera.

Temple aterciopelado con sabor añejo el de José María Garzón en su recibo por verónicas que provocaron los primeros olés sentidos y arrastrados de la tarde. Y más temple en su hermosa faena de muleta que manejó pausado entre tandas con serios, nada apresurados y señoriales andares.

Los lances con que luego recibió Rezo Corno al quinto, nos mostraron parte de lo que el limeño atesora en su torear como es: valiente en el fondo, sosegado en el ritmo, elegante en su porte principesco, en su sentirse y en su vestir; calmado hasta en los momentos más difíciles y, señores, ¡qué naturales!, y qué modo de coser los últimos de cada tanda a los de pecho sin mover un músculo.

El temblor del arte, del pellizco, de la sensibilidad, de la fantasía, de la improvisación, de la orfebrería y, en definitiva, del toreo más repajoleramente sevillano que hemos visto últimamente, nos llegó con el sexto de las manos, de la cabeza, del mucho oficio y del corazón de un nuevo rubio llamado Álvaro Martínez Conradi. Todo un lujo en el que si Alvarito disfruta, tanto o más los que le vimos. Aunque solo aficionado, torero para seguirle a donde vaya, así sea en la Conchinchina.

Y, señores, qué pena que el séptimo novillo no acabara embistiendo como quería Daniel Ruiz. Porque su entrega apasionada quedó patente en su larga cambiada de recibo, su ampuloso y bien mecido capote en dos verónicas de campeonato, su hondura y su temple, en los pocos muletazos que pudo dar completos con la derecha. Hombre de la Mancha. Señor del campo. Bondad y determinación de este joven ganadero español que, ojalá, tenga más suerte la próxima vez porque se lo merece.

Para finalizar, Fernando Roca Rey que salió a sacarse la espina que se le había clavado en su anterior actuación en Acho y a fe que lo consiguió con el octavo y maravilloso novillo. Un animal para cantarlo en latín que el limeño aprovechó desparramando esa capacidad de enganchar y de conectar que como nadie tiene desde que se abre de capa hasta que termina su faena. Soberbio, variado, entusiasmado, acertado, sonriente y feliz hasta que, como sus colegas, y tras poner la plaza al rojo vivo lo echó todo a perder a la hora de matar. Tampoco importó ni lo pareció cuando paseó el anillo lentamente recogiendo sombreros y flores. Tan bonitas como las que adornaron el pelo de la bellísima Andrea Corno en su despeje de plaza sobre una preciosa yegua de paso. Que se repita el año que vine. Yo volveré para verlo.