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José Aº del Moral Jadmpc@terra.es |
7 ª Y ÚLTIMA DE SAN LUCAS EN JAÉN CALAMITOSO FINAL EN EL ADIÓS DE JEAN MARIE BOURRET EL DESGRACIADO FESTEJO, APENAS COMPENSADO POR LA OREJA QUE CORTÓ PONCE AL PRIMER TORO DE "BUENAVISTA" Y LA QUE LE DIERON A CESAR JIMÉNEZ DEL TERCERO, CULMINÓ CON UNA INFUMABLE SEGUNDA PARTE EN LA QUE HASTA EL CORTE DE COLETA DEL BANDERILLERO FRANCÉS RESULTÓ TRISTE Y DESLUCIDO |
LA OPINION DE QUIEN DICE LO QUE PIENSA |
Como tantas veces ocurrió y ocurrirá, el hombre propone, Dios dispone y el toro lo descompone. La corrida de "Buenavista" elegida en principio para que Ponce pudiera celebrar su acostumbrada "fiesta" fin de temporada, era tan pequeña e impresentable por todos los conceptos que ni en Jaén pasó. Ocho de los nueve toros que llegaron a la plaza fueron desechados sin contemplaciones y como la empresa temía que de haber traído otra corrida de distinto hierro se podrían haber devuelto entradas reglamentariamente - la feria ha sido ruinosa en cuanto asistencia de público - se decidió que las reses sustitutas fueran de la ganadería anunciada. Por eso y a toda prisa fueron embarcados varios torazos sobrantes que hasta podrían haber salido en la mismísima plaza de Madrid y, desgraciadamente, no dieron la más mínima posibilidad de lucimiento. La jornada, con tiempo magnífico y dos tercios largos de entrada en apariencia, se inició inconvenientemente con la entrega del trofeo a la mejor faena de la pasada edición a Enrique Ponce y, como suele acontecer cuando los homenajes anteceden a la lidia, se estropeó el repensado pasodoble en el que a más de lo que lograran los toreros en cada uno de sus toros, el mismo Ponce brindaría el último toro de su temporada a la cuadrilla, apoderados, ayudas, conductores y hasta el apuntador, brindis que siempre le salió a pedir de boca pero esta vez acabó como el rosario de la aurora cuando el toro que sujetaba un peón de otra cuadrilla en un burladero opuesto al lugar de la ceremonia se arrancó repentinamente al feliz conjunto y casi todos tuvieron que poner tierra de por medio. Para colmo, el torancón lidiado al compás de sus contínuas oleadas sacó serios problemas que ni el infalible Ponce pudo resolver entre el enfado de no pocos aficionados por lo que el posterior corte de coleta de Jean Marie Bourret tuvo lugar a toda prisa y sin el rango ambiental que hubiera presidido el merecido homenaje al gran peón y mejor persona de haber triunfado Enrique como venía sucediendo en todas las corridas con las que clausuró sus campañas como matador de toros. Total que, como dijo uno de los presentes, hasta muy poco faltó para que se suspendiera la cena que había preparada porque cuando, desesperado Ponce de no poder meter mano al toro en su infructuoso intento de faena, citó de lejos al bicho por ver si desde tal distancia le llegaba en mejor plan, por puro milagro no se llevó por delante al valenciano.
Una pena prolongada con el imposible juego de los dos toros que siguieron pues, si Ponce no pudo con el cuarto, mucho menos Javier Conde con el quinto que terminó inválido. Y no digamos Cesar Jiménez con el asimismo inválido sexto, sobrero del mismo hierro que soltaron una vez devuelto el que salió tras ser picado y banderilleado en medio de un caos impropio y escandaloso. Jiménez, que había cortado una oreja del mejor toro de la tarde, el tercero, al que toreó increíblemente acelerado y sin la firmeza que le ha dado fama, pretendió cortar otra para poder salir a hombros y como torear le resultó inviable, se lió en un trasteo pueblerino - rodillazo va, rodillazo viene - que no satisfizo ni al más cateto de los espectadores.
La primera parte del frustrado acontecimiento y aparte la ya comentada y premiada labor de Cesar Jiménez, tampoco dio motivos para mayores alegrías que una faena más de Ponce con un toro muy remiso al que condujo magistralmente con la muleta a media altura y al que mató - !oh milagro¡ - como mandan los cánones, seguida de otra celebrada al compás de los retazos geniales de un muy prevenido Javier Conde ante otro ejemplar no menos remiso que el anterior y que el malagueño pinchó finalmente tras brindar muy cariñosamente a su profesor.
Después no sé lo que ocurrió aunque sí vi salir a toda prisa de la plaza a algunos de los invitados a la restaurada cena que tuvo lugar en la mansión de Cetrina, donde tampoco sé si asistieron los verdugos de Jean Maríe, los que más le han empujado en su definitiva retirada y que ayer, cuales judas, también le abrazaron y le besaron en su deslucido y triste adiós.