José Antonio del Moral

ÚLTIMA DE SAN LUCAS EN JAÉN

PONCE SE LA JUGÓ EN UN AMARGO FIN DE TEMPORADA

Y cortó una oreja del cuarto toro de Pereda, uno de los dos más peligrosos del fatal envío del ganadero onubense. Trofeo que paseó a hombros de los banderilleros de su propia cuadrilla, admirados al ver como a su jefe no le hubiera importado sufrir una cogida con tal de triunfar en su última cita del año. Otra oreja cortó El Cid por una faena de muy más a menos frente a una res medio potable tras mostrarse a la deriva con su mucho peor primer toro. El tercer espada, Salvador Cortés, pasó prácticamente desapercibido con el lote más soso y desrazado.

Otra vez hay que dejar a parte la concesión de orejas en esta plaza tan proclive a regalarlas sin peticiones mayoritarias aunque, cada vez que éstas se producen - como el pasado domingo, por ejemplo - la dadivosa presidencia las convierte en abundante casquería. En tarde nublada, a ratos muy ventosa y con dos tercios de entrada, cortó una sola Enrique Ponce pese a matar de pinchazo hondo traserísimo tras llevar a cabo una importante, arriesgada y emocionante faena, resuelta de menos a muy más tal y como suelen acontecer las del gran maestro valenciano en estos casos de reses difíciles y complicadas. También lo fue aunque por inútil el animal que abrió plaza con el que Ponce no pudo ni aplicarse por su absoluta carencia de raza y agresividad. Con este ni pudo hacer inventos pese a que lo intentó.

Pero con el cuarto toro fue otro y bastante más duro cantar. Empezó protestando por el lado derecho y metiéndose con evidente peligro por el izquierdo hasta el punto de poner en serios apuros a un peón de brega tan poderoso y eficaz como Mariano de la Viña durante el tercio de banderillas. Y encima en pleno vendaval, desatado a rachas en estos precisos momentos. De ahí que el propio Mariano se empeñara en llevar a hombros a Enrique durante la vuelta al ruedo, en lo que le ayudaron turnándose sus colegas los hermanos Tejero, mientras la mayoría del público aplaudía enfervorizado y unos pocos bufaban incapaces de entender el gesto de unos hombres sinceramente admirados por la entrega de su jefe en una situación tan innecesaria como infrecuente.

Que este señor se la juegue con tamaño desprendimiento en la última corrida de su decimoséptima temporada como matador de toros, con todo conseguido en la carrera más brillante de la historia del toreo y multimillonario como está, no es fácil de ver. De ahí el detalle de los banderilleros de Ponce, testigos más cercanos de lo que acababa de ocurrir. No como algunos ignorantes sujetos, incapaces de ver más allá de lo que les entra por los ojos, ciegos en sentir lo que a la cabeza llega por el corazón y en nada lúcidos en cuanto al comportamiento de los toros se refiere como es obligado descubrir por cuantos nos dedicamos a estos menesteres de la tauromaquia tanto en el ruedo como en la prensa. Pena dan y pena dieron.

Otra oreja consiguió El Cid y hasta pudieron ser dos porque hubo quienes pidieron la segunda tras otro pinchazo también hondo y trasero que fue suficiente para dar muerte a un toro que resultó francamente bueno por el lado izquierdo, el único que al menos por ese lado embistió largo, encastado y repitiendo con nobleza de la infame corrida, por lo demás bien presentada y hasta agresivamente encornada en algún caso.

La nobleza zurda de este quinto toro - no hay quinto ni tinto malos - permitió torear al de Salteras tan bien como sabe por entregados y muy hondos naturales aunque luego no logró mejorar ni redondear su obra como en tantas y tantas faenas que, al contrario que las de Ponce, casi siempre empiezan formalmente bien y terminan mal o a menos cuando no de cualquier manera. Aunque esas caras de pena, de sufrimiento y de alegría exuberante que alternativa y sucesivamente va poniendo El Cid en semejantes trances lleguen tanto al vulgo de los mortales, testigos directos del notorio esfuerzo de su semejante, al mismo tiempo feliz, desgraciado, pobre, rico, vasallo y señor… Todo un caso de personalidad especial y de extraños efectos sociológicos que, más adelante, habrá que estudiar con mayor detenimiento.

Claro que, en cuando a desgracias se refiere, El Cid ya había perdido casi todos los papeles de la partitura con el segundo toro que creyó bueno al recibirlo por excelentes verónicas y, luego de dejarlo crudo en varas, descubrió agresivo y molesto, causa de los ataques de espanto que sufrió cada vez que intentó torearle con la muleta. En varias ocasiones tuvo que poner tierra de por medio y correr despavorido dando la sensación de aturdido principiante. Increíble ver a El Cid tan a merced de un toro a estas alturas de su costosa y meritoria carrera. Cuando le cambie la suerte y dejen de tocarle los mejores toros de cada corrida, hasta se puede ver la copla. Al tiempo.

Los que más siguen a Ponce por todas las plazas, se quejaban ayer con sobrada razón de llevar dos años padeciendo insufribles por pertinaces compañeros de terna de su torero. Si en la temporada 2005 fue Miguel Abellán, en la que ahora termina, el elegido ha sido El Cid. Si no hay otro remedio, les recomiendo más aspirinas en el 2007.

Hasta aquí, lo más interesante o noticiable de la última corrida importante de la temporada 2006. Una corrida que, especialmente para Enrique Ponce, siempre ha sido el colofón de largas campañas repletas de éxitos por lo que, si el ganado no ayuda, suele poner todo de su parte para que nadie se vaya disgustado de la cita y él satisfecho por completo. Recuerdo, por ejemplo, cómo se la jugó aquí mismo con un toro en nada proclive al éxito, muy pocos días antes de su boda. Ya ha pasado mucho tiempo después de aquel evento y todos estamos más viejos. También Enrique a quien ya le clarea la coronilla, se le alborota el tupé y, cuando sopla Eolo como ayer, no para de mesarse los cabellos intentando remediar lo irremediable. Pero que no le importe porque, si sigue así, le veremos magistralmente calvo como brinda el último toro a su cuadrilla y a todos sus empleados y favorecidos.

Por cierto que, en esta última corrida de año y como suele ser costumbre, los tres espadas brindaron sus segundos toros a todos los miembros de sus respectivas cuadrillas, apoderados - que ahora muchos tienen dos - mozos de espadas, ayudas, ayudas de ayudas, dos o tres chóferes y no sé cuantos más… A este paso, pronto veremos como también salen padres, hermanos, abuelos, novias o novios, amantes, gurús, jefes de prensa, directores de marketing, masajistas, fisioterapeutas, pedicuros y peluqueros de uso y disfrute particular, chachas y chachos. La repanocha en bicicleta, vamos. Un día se va a arrancar un toro al grupo y se va a ver una desgracia. Y es que en esto os estáis pasando, tíos.