José Antonio del Moral

FERIA DE SAN LUCAS EN JAÉN

SOLO EL VALOR, LA GALLARDÍA Y LOS RECURSOS DE EL FANDI JUSTIFICARON EL INSÓLITO LLENAZO

Lo de menos fueron las discutibles tres orejas y el rabo que cortó David Fandila. Lo verdaderamente importante fue cómo resolvió el fortísimo compromiso de convencer a tanta gente frente a toros tan deslucidos como la mayoría de los que mataron Francisco Rivera Ordóñez y Alejandro Talavante. Aunque también éstos contribuyeron a que se agotaran las entradas, luego no fueron capaces de triunfar en la altísima medida del espada granadino. De las reses lidiadas entre titulares de Marca y los sustitutos o sobreros de Torrealta, solamente el que abrió plaza de esta última ganadería sirvió para hacer el toreo largo y templado. Fue al que Rivera Ordóñez le cortó una oreja.

 

Por encima de gustos y de estilos, por encima del respetable aunque equivocado criterio de los aficionados puristas, por encima incluso de supuestas revoluciones toreras y de atractivos mediáticos ahora tan en boga, El Fandi volvió a demostrar ayer en Jaén por qué es el líder del actual escalafón de matadores de toros y por qué lo seguirá siendo mientras no salga otro torero tanto o más dispuesto y capaz que él.

Esta es una cuestión absolutamente indiscutible por mucho que se empeñen en negarle sus detractores. No valen ni valdrán nunca, por tanto, los lamentos de los autoproclamados buenos aficionados, por otra parte tan laxos o más que el populacho al que desprecian porque se entregan a toreros como El Fandi mientras ellos perdonan casi todo a sus adorados artistas, pertinaces en mostrarse cobardes o impotentes cuando los toros no se prestan a sus florituras. La mayoría, por cierto. A los artistas les pasan todo. A los que triunfan casi todas las tardes, ni una. Nada.

Y es que la generalidad del público siempre responde, admira y se vuelca con los que se entregan a tope cada tarde sin que les afecten ni limiten la categoría de las plazas en donde actúan ni el juego más o menos lucido de los toros a los que se enfrentan. Lo que no quita para que también se entusiasmen con el toreo más clásico o más bello cada vez que alguien lo exhibe o lo practica, por lo que salen ganando en disfrute con respecto a los exclusivamente puristas.

El valor, la gallardía, las facultades, el poderío, el sentido de espectáculo y los incuestionables recursos técnicos y escénicos de El Fandi no tienen precio. Y no lo tiene porque triunfa y divierte en todas partes, la gente lo sabe y acude en masa a verle en la seguridad de su hacer. Y que no se engañe nadie. Quien más contribuyó a llenar la plaza de Jaén fue el Fandi. Todos los que había en tendidos de sol y no pocos en los de sombra eran de Granada. ¿O no?. Pues eso. Aunque también muchos de los que acudieron fueron para ver cómo era Talavante o para ver si volvía a torear como en Linares.

Pero Talavante no toreó como en Linares, ni como en El Escorial, ni como en Santander, ni como en Huelva, ni como en el Corpus Granada, ni como en Madrid de novillero. Y es que Talavante últimamente no torea. Lo que hace es ponerse como anteayer en Zaragoza delante o a lado, casi siempre al lado de los toros con la muleta retrasada para pegar deslavazados bayetazos a media altura y casi todos enganchados, ligar quieto mejores por buenos o no tan buenos pases de pecho, cruzarse pasito a paso sin cruzarse contundentemente ni, por tanto, de verdad, reírse mucho como se ríe continuamente Zapatero cuando sale andando de cada supuesta y, por cierto, breve tanda, pasear ridículo cruzando sus piernas y sus pies cual modelo en pasarela, e imitar los gestos de meditación trascendental del infausto José Tomás en postreras, incesantes y repetidas pausas que se hacen eternas. Pero torear, lo que se dice torear tan quieto, tan templado, tan ligado y tan intenso, tan dulce y tal fácil como hacía, nada de nada de nada. Y a la hora de matar, como siempre, fatal. O sea, que seguimos perplejos con el repentino cambio de Alejandro Talavante aunque algunos - ya menos - todavía se entusiasmen y hasta se rompan la camisa cada vez que le ven.

Por lo demás, Rivera dio una de alegre cal y correcto por templado aunque despegadillo torear ante el primer toro que, como ya he dicho, fue el único realmente bueno, y otra de arena con el imposible sobrero que sustituyó contra toda razón reglamentaria al manso cuarto. Como tantas veces, todos salimos perjudicados con el cambio y el que más, Francisco, que también fue quien más pidió el cambio. Que El Fandi se libró rodando sobre sí mismo de una segura cogida al ser derribado por el cuarto toro mientras lo toreaba de rodillas. Y que su peón Carlos Chicote también se libró de otra cogida cuando se cayó al poner un par y, tumbado en la arena, se quitó de encima al toro con una increíble y oportuna larga cambiada. Y que la gente salió en su mayoría encantada de lo que pasó pese a que podrían haber pasado muchas cosas más.