José Antonio del Moral

COLOMBINAS EN HUELVA

 

GRAN CORRIDA DE CUVILLO Y ASOMBROSOS MANZANANRES, PERERA Y TALAVANTE

 

Los dos primeros salieron a hombros (cortaron dos y tres orejas respectivamente) y el más joven no (solo cortó un apéndice) por pinchar la faena más celebrada de la tarde frente al tercer y mejor toro que fue premiado con la vuelta al ruedo. La primera mitad del festejo fue memorable y la segunda más meritoria para Manzanares por capaz de triunfar con un peligroso sobrero de José Luís Pereda mientras Perera completó una magnífica actuación y Talavante se estrelló con el garbanzo negro de la corrida titular.

 

Huelva. Plaza de la Merced. 4 de agosto de 2007. Tercera de feria. Tarde-noche calurosa con tres cuartos de entrada. Cinco toros de Núñez del Cuvillo de justa y bonita presencia y excelente juego en distintos grados de bravura salvo el sexto por pararse enseguida. Por su mayor clase y fijeza, destacó el tercero que fue premiado con la vuelta al ruedo. José María Manzanares (amapola y oro): Pinchazo hondo arriba que caló hasta la bola y descabello, oreja. Estoconazo caído, oreja. Miguel Ángel Perera (verde botella y oro): Media trasera desprendida, aviso y dos orejas. Pinchazo y estocada, oreja. Alejandro Talavante (malva y oro): Pinchazo, buena estocada y tres descabellos, aviso y oreja. Estocada, ovación. Muy bien en palos y en la brega Curro Javier y Juan José Trujillo.

 

Aunque por la tardía hora del inicio del festejo volvió a obscurecerse la jornada en su segunda mitad debido a la ya comentada pobre iluminación de la plaza, la corrida resultó triunfal para la muy joven terna y, por ello, reconfortante y esperanzadora. En tal acontecimiento, influyeron el magnífico juego de la mayoría de las reses de Núñez del Cuvillo y las muchas ganas de los toreros en abierta e ilusionada competencia por ganar la pelea. En este propósito, José María Manzanares cuajó la faena más clásica con el primer toro y la más meritoria con un peligroso sobrero del ganadero-empresario, mientras Miguel Ángel Perera y Alejandro Talavante se distinguieron en demostrar cual de los dos era más capaz de torear con mayor quietud, intensidad y ajuste. La creciente complacencia y el alegre entusiasmo del público con cuanto fue sucediendo, puso todo lo demás hasta casi completar una de las corridas más entretenidas y felices de toda la temporada. Y es que fue una pena que el sexto toro no diera el mismo juego que sus hermanos, lo que impidió que Talavante pudiera acompañar en su salida a hombros por la puerta grande a sus compañeros y al mayoral de la ganadería titular. Difícil es, por tanto, preferir en esta crónica a unos sobre otros porque en cuanto a estilos, el del alicantino Manzanares no tiene nada que ver con el de los extremeños aunque los tres se mostraran pletóricos y, por tanto, admirables.

 

José María Manzanares anda ya circulando, definitivamente contrastada su inmensa y natural capacidad, por la órbita sideral de lo inconmensurable no solo por sus maneras imperiales, sino por el valor sin tacha que soporta sus muchas virtudes técnicas hasta el punto de ser ahora mismo el que, entre los más jóvenes valores, más aúna la magia y la ciencia, el arte y el valor, lo apolíneo y lo dionisiaco, el genio y la entrega. Así, hizo realidad lo más hermoso posible que se pueda imaginar frente al toro que abrió plaza y lo más en principio imposible con el sobrero de Pereda. Un toro al que sus todavía tiernos compañeros quizá no hubieran podido sacar el partido que José Mari sacó, demostrando a todos que estamos ante un torero de amplísimo registro y de larga duración.

 

Y ante el tan precoz magisterio del gran torero alicantino desde su canon griego cual Partenón ateniense que domina todo sobre la colina, asistimos a la singular batalla torera entre dos paisanos que parecieron dos guerreros tartésicos más pendientes uno del otro en superarse que de emular al joven que les acababa de marcar la pauta por lo clásico. Y es que tanto Perera como Talavante son de los que se distinguen por lograr la mayor intensidad del toreo ligado dentro de los terrenos de los toros, intentando hacerlo con la mayor quietud que sus oponentes permitan, lo que a veces les impide templar por completo todas las embestidas, pero no emocionar por tanta y tan persistente cercanía a los astados.

 

Confieso con satisfacción personal que a Miguel Ángel Perera nunca le había visto tan bien como ayer estuvo frente a su primer toro, desde luego un estupendo animal, con el que anduvo no solo tan valiente como acostumbra sino con eso que yo mismo le he señalado como demérito tantas veces. Que toreó trasmitiendo felicidad y regocijo con lo que hacía, que se sintió mucho por dentro y nos hizo sentir, que se emocionó con su propio hacer y por eso nos emocionamos viéndole torear más suelto, menos atenazado, más definitivamente quien debe ser él mismo, una vez desatado de sus complejos más recónditos. De ahí que la gente pidiera la segunda oreja aunque la espada no le había funcionado igual que la muleta. Su segundo toro no fue tan bueno y, consecuentemente, tampoco la faena aunque de nuevo se esmeró Perera en lograr parecidos propósitos, razón por la que pudo redondear una tarde que él y todos vamos a recordar como quizá la que le sirva de palanca para lanzarse de una vez hasta donde quiere instalarse.

 

Y como para Talavante fue el bombón más dulce de la corrida, su faena al tercero fue la más celebrada. Los aficionados de Huelva recordaban la que hizo aquí mismo el año pasado y por eso la recibieron sin sorpresa ni con la preocupación con que le vemos los que asistimos a muchas más corridas de este desconcertante torero que, una vez parece un ángel radiante y al día siguiente un diablo mal herido. Talavante, por fortuna, venía en buena racha y a fe que lo demostró a tope de sus increíbles posibilidades en quietud, cercanía y temple con este tercer toro que cuajó de cabo a rabo en su versión más dulce y a la vez más honda, sobre todo al natural. Solo que, por culpa del puntillero que levantó al toro cuando ya estaba casi muerto, Talavante tuvo que descabellar tres veces y perdió la segunda oreja. También la puerta grande porque con el parado sexto, solo pudo intentarlo infructuosamente.