José Antonio del Moral

COLOMBINAS EN HUELVA

 

TARDE CREPUSCULAR, SIN TOROS Y A MEDIA LUZ

 

Tan solo el nobilísimo quinto de Santiago Domecq aguantó, duró y El Cid pudo torearle a placer aunque la extrema docilidad del animal y la pésima iluminación eléctrica – la corrida había empezado a las ocho de la tarde y ya era de noche – convirtieron la faena en algo medio irreal y difícil de contar porque desde los tendidos casi no se vio. Los demás toros, incluido el sobrero de La Dehesilla que sustituyó al devuelto sexto, compusieron un calamitoso lote de reses sin trapío ni fuerza ni casta con los que Enrique Ponce intentó inventarse dos faenas – solo lo logró con el primero, otro sobrero de la ganadería titular – y Sebastián Castella se estrelló y volvió a pinchar dos trasteos improcedentes por demasiado encimistas que sus dos animalejos no pudieron soportar.

 

Huelva. Plaza de La Merced. 3 de agosto de 2007. Segunda de feria. Tarde noche con creciente y sofocante calor. Lleno hasta la bandera. Cinco toros de Santiago Domecq, incluido el sobrero que reemplazó al primero, devuelto por inválido. Y otro sobrero de La Dehesilla por devolverse el también inválido sexto. Todos sin apenas trapío, muy escasos de fuerza y sin ninguna casta aunque nobles salvo el docilísimo quinto que fue el único que aguantó y duró. Enrique Ponce (marfil y oro): Estocada trasera y descabello, aviso, petición desatendida y prolongadísima ovación por bulerías. Tres pinchazos y descabello, aviso y ovación. El Cid (celeste y oro): Pinchazo y estocada caída, petición insuficiente y ovación. Pinchazo y buena estocada, oreja. Sebastián Castella (malva y oro): Cuatro Pinchazos y cinco descabellos, aviso y silencio. Pinchazo y estocada, silencio. Muy bien en palos Alcalareño y Curro Molina. 

 

Una corrida de toros sin apenas toros o algo que se le parezca y en su segunda mitad a media luz, hay que tomarla a broma porque, si la tomásemos en serio, sería como para echarnos a llorar mientras bajamos la persiana de la Fiesta. Y es que no se entiende que, para un cartel tan cerrado como el formado por Enrique Ponce, El Cid y Sebastián Castella - que hacía su presentación en Huelva - se busque un lote de reses tan impresentable y al límite de todo hasta caer en ese precipicio que nadie puede remediar por mucho que se empeñe Enrique Ponce.

 

Y encima, con una iluminación eléctrica tan pobretona como insuficiente a sabiendas de que un festejo que empieza a las ocho de la tarde difícilmente podrá verse como si fuera de día cuando se hace la noche que es lo que sucede en las plazas y estadios bien iluminados. A estas alturas del siglo XXI, no se debería autorizar la celebración de festejos nocturnos si las plazas no disponen de iluminación adecuada. De tal modo, la segunda parte del festejo la contemplamos en tinieblas, como con candiles, e imagino que también los toreros debieron tener dificultades para distinguir las siempre inquietantes miradas de los toros, aunque mejor sería decir amebas semovientes dado el aspecto y las condiciones que presentaron las reses que envió Santiago Domecq.

 

Cómo sería la cosa que ni El Cid pudo disfrutar con la perfecta faena que enjaretó al quinto, único que aguantó mientras duró el largo trasteo hasta morir. Aunque tan dócil resultó este toro que, entre lo soso que es El Cid aunque quiso aparentar que se sentía mucho por dentro sin lograrlo y lo mal que pudo verse la faena, aquello pareció un buen escalope sin sal ni pimienta aderezado con una ensalada de endivias sin roquefort. Quizá si esta misma faena se hubiera podido ver a pleno sol, habría sido contemplada con más entusiasmo desde los tendidos, premiada con dos orejas y no con la solitaria que dieron al de Salteras.            

 

Con quien sí se volcó el público onubense fue con Enrique Ponce pese a no poder triunfar, algo que el valenciano siempre consigue en esta plaza desde que la pisó por primera vez. Catorce veces ha salido Ponce por la Puerta Grande de La Merced de las dieciocho que la ha pisado y ayer la única sin ninguna oreja. Algo insólito en su caso, lo que debería preocuparle muy en serio porque un torero tan poderoso no debería enfrentarse tantas veces como últimamente con estas corridas de toros inexistentes que él suele salvar con esas faenas “inventadas” que también se han hecho famosas por la extrema habilidad técnica que las sustentan.

 

Por lo que a mi opinión sobre tales obras de la ya para muchos repelente ingeniería respecta, casi no interesan esta especie de subterfugios muleteros. Y lo digo yo, que soy el más poncista del mundo. Por eso prefiero verle ante toros serios que es donde Ponce puede exhibir todo su esplendor y, sobre todo, en plazas más exigentes. Lo de esta tarde en Huelva fue una demostración más de que Ponce es capaz de hacer andar a los muertos con la única condición de que no se derrumben que es lo que le pasó al cuarto toro. Y basta. Ya estoy harto de ver estos “milagros” que solo sirven para salvar corridas insalvables al tiempo que nos engañamos todos, empezando por el propio San Enrique que a este paso va para santo súbito.    

 

De lamentable podemos calificar, finalmente, la actuación de Sebastián Castella en su presentación en Huelva. Y es que a Castella, aparte su ya pertinaz falta de sitio con la espada que desgraciadamente parece no tener remedio, no le sirven los milagros del temple ni los de su indudable valor porque el toreo que él hace y prodiga desde tan cerca y tan quieto, arruina las embestidas de muchos toros y más a las ruinas con que tuvo que enfrentarse es esta desdichada ocasión. Con el capote estuvo sensacional. Y con la muleta muy bien en los arranques de las tandas aunque, luego, demasiado encima. Además, a un toro tan feble y falto de motor como el tercero no se le pueden dar seguidos tres pases cambiados por la espalda cosidos sucesivamente y sin respiro a tres de pecho y a un par de naturales ligado a un tercer de pecho sin moverse, so pena de que el toro se rompa como una jarra de porcelana china, que es lo que  ocurrió en su primera faena. Que empezó en clamor y enseguida el clamor se trocó en desencanto. Y en lo demás, un petardo ya infumable casi a las once de la noche,  con todo el mundo a ciegas y hasta el mismísimo gorro. ¿O no?.