José Antonio del Moral
COLOMBINAS EN HUELVA
TARDE CREPUSCULAR, SIN TOROS
Y A MEDIA LUZ
Tan solo el nobilísimo
quinto de Santiago Domecq aguantó, duró y El Cid pudo torearle a placer aunque
la extrema docilidad del animal y la pésima iluminación eléctrica – la corrida
había empezado a las ocho de la tarde y ya era de noche – convirtieron la faena
en algo medio irreal y difícil de contar porque desde los tendidos casi no se
vio. Los demás toros, incluido el sobrero de
Huelva. Plaza de
Una corrida de toros sin apenas toros o algo que se le
parezca y en su segunda mitad a media luz, hay que tomarla a broma porque, si
la tomásemos en serio, sería como para echarnos a llorar mientras bajamos la
persiana de
Y encima, con una iluminación eléctrica tan pobretona como
insuficiente a sabiendas de que un festejo que empieza a las ocho de la tarde
difícilmente podrá verse como si fuera de día cuando se hace la noche que es lo
que sucede en las plazas y estadios bien iluminados. A estas alturas del siglo
XXI, no se debería autorizar la celebración de festejos nocturnos si las plazas
no disponen de iluminación adecuada. De tal modo, la segunda parte del festejo
la contemplamos en tinieblas, como con candiles, e imagino que también los
toreros debieron tener dificultades para distinguir las siempre inquietantes
miradas de los toros, aunque mejor sería decir amebas semovientes dado el
aspecto y las condiciones que presentaron las reses que envió Santiago Domecq.
Cómo sería la cosa que ni El Cid pudo disfrutar con la
perfecta faena que enjaretó al quinto, único que aguantó mientras duró el largo
trasteo hasta morir. Aunque tan dócil resultó este toro que, entre lo soso que
es El Cid aunque quiso aparentar que se sentía mucho por dentro sin lograrlo y
lo mal que pudo verse la faena, aquello pareció un buen escalope sin sal ni
pimienta aderezado con una ensalada de endivias sin roquefort. Quizá si esta
misma faena se hubiera podido ver a pleno sol, habría sido contemplada con más
entusiasmo desde los tendidos, premiada con dos orejas y no con la solitaria
que dieron al de Salteras.
Con quien sí se volcó el público onubense fue
con Enrique Ponce pese a no poder triunfar, algo que el valenciano siempre
consigue en esta plaza desde que la pisó por primera vez. Catorce veces ha
salido Ponce por
Por lo que a mi opinión sobre tales obras de la ya
para muchos repelente ingeniería respecta, casi no interesan esta especie de
subterfugios muleteros. Y lo digo yo, que soy el más poncista del mundo. Por
eso prefiero verle ante toros serios que es donde Ponce puede exhibir todo su
esplendor y, sobre todo, en plazas más exigentes. Lo de esta tarde en Huelva
fue una demostración más de que Ponce es capaz de hacer andar a los muertos con
la única condición de que no se derrumben que es lo que le pasó al cuarto toro.
Y basta. Ya estoy harto de ver estos “milagros” que solo sirven para salvar
corridas insalvables al tiempo que nos engañamos todos, empezando por el propio
San Enrique que a este paso va para santo súbito.
De lamentable podemos calificar, finalmente, la
actuación de Sebastián Castella en su presentación en Huelva. Y es que a
Castella, aparte su ya pertinaz falta de sitio con la espada que
desgraciadamente parece no tener remedio, no le sirven los milagros del temple
ni los de su indudable valor porque el toreo que él hace y prodiga desde tan cerca
y tan quieto, arruina las embestidas de muchos toros y más a las ruinas con que
tuvo que enfrentarse es esta desdichada ocasión. Con el capote estuvo
sensacional. Y con la muleta muy bien en los arranques de las tandas aunque,
luego, demasiado encima. Además, a un toro tan feble y falto de motor como el
tercero no se le pueden dar seguidos tres pases cambiados por la espalda
cosidos sucesivamente y sin respiro a tres de pecho y a un par de naturales
ligado a un tercer de pecho sin moverse, so pena de que el toro se rompa como
una jarra de porcelana china, que es lo que ocurrió en su primera faena. Que empezó en
clamor y enseguida el clamor se trocó en desencanto. Y en lo demás, un petardo
ya infumable casi a las once de la noche,
con todo el mundo a ciegas y hasta el mismísimo gorro. ¿O no?.