FERIA DEL CORPUS EN GRANADA

APOTEOSIS SINFÓNICA DE MANZARARES EN SU REAPARICIÓN

SU APASIONADA ENTREGA, SU IMPAR MANERA DE ESTAR EN LA PLAZA Y SU INIGUALABLE ARTE LE LLEVARON A LA CUMBRE DEL TOREO EN SU MÁXIMA EXPRESIÓN EN DOS FAENAS PARA EL RECUERDO. CORTÓ UNA OREJA DEL PRIMERO Y OTRA DEL CUARTO TOROS DE "ALCURRUCÉN", AMBOS NOBLES Y ENCASTADOS, PERDIENDO DOS Y UN RABO CON LA ESPADA AUNQUE PUDO SALIR A HOMBROS EN MEDIO DE UN CLAMOR INDESCRIPTIBLE. EXCLENTE CORRIDA EN CONJUNTO DE LOS LOZANO, OREJA PARA "FINITO" Y DE VACÍO CONDE AUNQUE LO INTENTÓ CON EL SEXTO FALLANDO A ESPADAS

Granada. Plaza Monumental de Frascuelo. 11 de junio de 2004. Quinta de feria. Tarde muy nublada y bochornosa con dos tercios de entrada. Seis toros de "Alcurrucén", muy en el tipo de su procedencia Núñez salvo el más basto tercero que fue el único que dio mal juego por su debilidad. Nobles y encastados en distintos grados, sobresaliendo el cuarto por más bravo y completo. José María Manzanares (avellana y oro): Estocada baja, oreja. Pinchazo a un tiempo saliendo rebotado y perseguido y estocada caída a un tiempo, oreja y petición de otra con dos vueltas al ruedo clamorosas. Salió a hombros en medio del delirio de los asistentes. "Finito de Córdoba" (negro y plata): Estocada desprendida, oreja. Pinchazo y media estocada, división de opiniones. Javier Conde (marfil y plata con remates negros). Pinchazo y estocada caída, silencio. Tres pinchazos, estocada y dos descabellos, Palmas.

Ayer fue un día para no olvidar de entre las miles de corridas que llevamos vistas por la gracia de Dios. Y lo fue por obra y gracia de la tarde que dio José María Manzanares en su postrera reaparición. Con más de 50 años sobre sus espaldas aunque magníficamente preparado para tan difícil por incierto compromiso, responsabilizado al máximo para la ocasión y entregado e ilusionado como nunca, José María se mostró pletórico desde que apareció en la puerta de cuadrillas vestido con un terno avellana y oro que tantas veces utilizó y hasta diría que juncal de tipo a la par que sonriente, sin duda por la seguridad que tenía en sí mismo y en lo que podría lograr para su propia satisfacción y de cuantos gozamos con su nueva presencia en los ruedos. No sé si espoleado por la afición que siempre le bulló por dentro, por cuanto le estimula su hijo como nuevo matador en trance de ser o no ser gente en el toreo o por lo que fuera, lo importante es que José María estalló por dentro como hombre y por fuera como el grandioso torero que siempre fue hasta el punto de sorprender a propios y a extraños con una actuación para la historia.

Espejo y excepcional referencia para todo el toreo contemporáneo, volvió a serlo para cuantos más jóvenes espadas, profesionales y aficionados que nunca le habían visto en tanta e incomparable plenitud por la sencilla razón de aunar en su sola persona una ilimitada experiencia, un depuradísimo estilo, una manera de estar en la plaza como nadie y un saber torear como quien lleva dentro de sí tantas dosis de sabiduría, de lo que ahora llamamos técnica y desde luego de su elegante y natural sentido de las distancias, de la colocación y de su acompasado, cadenciso y rítmico arte hasta el punto de conseguir que sus dos obras parecieran sinfónicas por musicales, pues si melodiosa y propia de cámara fue la del primer toro, a toda orquesta resultó la del cuarto. Música y no precisamente callada del toreo porque cuanto llevó a cabo el maestro fue coreado espontáneamente por el público con los olés más largos que habíamos oído nunca o al menos como hacía tiempo no escuchábamos.

Muy noble su primer toro, sobre todo por el lado derecho, cada redondo desprendió distintos aromas en función del recorrido del animal en cada pase, alargados hasta lo máximo posible sin que la extensión del brazo del torero molestara lo más mínimo en la expresión estética de su resultado porque todo lo que su consecución técnica requería, quedaba oculta por el misterio del sentimiento del artista. La liquidez de la obra quedó así para ejemplo de todos los presentes entre barreras. El mar del toreo como las olas del mar que se van y que vienen…

Pero es que con el cuatro, Manzanares se desbordó con el capote en los primeros compases del recibo – las medias verónicas de remate exquisitamente sublimes -, en un excelso quite por chicuelinas de manos muy bajas y media embrujada por un caderazo de cartel, y en una apasionada y apasionante faena de tan alto nivel por su incondicional entrega, por su construcción en cada momento acorde a las enrazadas embestidas del burel y por su concepto del toreo eterno que ora renacentista, ora barroco, ora neoclásico compusieron un verdadero "partenón" que embriagó al propio intérprete y a cuantos lo degustamos. Pinchó en un ligero intento de recibir saliendo rebotado y peligrosamente perseguido y enterró el acero luego de volver a la cara del toro hasta doblar, momento en que se aflojaron los sentimientos y estalló ese clamor del apaga y vámonos… hasta después de dar a petición clamorosa del público dos vueltas al ruedo apoteósicas.

Hoy me van a perdonar los compañeros que actuaron con Manzanares que deje sus respectivas actuaciones en un breve y segundo plano. Ellos también debieron disfrutar infinitamente con lo que hizo de lo que me alegro. "Finito" bien de menos a muy más por naturales al segundo del que cortó una oreja. Nada que hacer Javier Conde con el débil tercero que solo admitió el primer muletazo de cada tanda, con ganas pero no las suficientes "Finito" en el tardo aunque violento quinto, y con notorio esfuerzo Conde por triunfar frente al muy encastado sexto del que sacó no pocos pases con la derecha y hasta se marcó uno de sus arranques de ballet para citar en la última tanda, perdiendo una posible oreja por pinchar varias veces. Claro que para entonces, lo que acababa de hacer Manzanares pesaba tanto como todos los libros del toreo que se hayan escrito desde que se inventó.