José Antonio del Moral

SEMANA GRANDE DE SAN SEBASTIÁN

 

CORRIDA INDEFENDIBLE Y LA CATEGORÍA DE LA PLAZA Y DE LA TERNA, POR LOS SUELOS

 

El problema fue que Illumbe es coso de primera. Que los toros de Javier Pérez Tabernero fueron segunda y hasta de tercera, tanto de presencia como en juego, salvo el noble tercero. Y que los actuantes, nada menos que Enrique Ponce, El Fandi y Castella no debieron aceptar este encierro sin apenas trapío que, para colmo, les trajo por la calle de la amargura. El valenciano anduvo primero desanimado y luego queriendo aunque se le notó demasiado el esfuerzo. El granadino, ni en banderillas logró nada de particular. Y el francés fue el único que logró hilvanar una faena premiable aunque volvió a estar mal con la espada. Cuestión ésta última en la que los tres fallaron con estrépito.

 

San Sebastián. Plaza de Illumbe. 14 de agosto de 2007. Tercera de feria. Tarde muy calurosa con algo más de dos tercios de entrada. Seis toros de Javier Pérez Tabernero, mal presentados en desigualdad de hechuras entre los terciados y los más cuajados de la segunda parte del envío, además pobres de cara y en general sin ningún trapío. Todos sin fuerza ni casta y dos con peligro – cuarto y quinto - salvándose el tercero que, apenas castigado en varas, dio buen juego en la muleta, sobre todo por el pitón derecho. Enrique Ponce (carmelita y oro): Seis pinchazos y estocada baja, silencio tras algunos pitos. Pinchazo y estocada desprendida, palmas con saludos. El Fandi (gris perla y oro): Dos pinchazos, estocada baja y descabello, silencio. Pinchazo, otro hondo en los bajos y descabello, silencio tras división. Sebastián Castella (tabaco y oro): Tres pinchazos y estocada baja, aviso y ovación con saludos. Tres pinchazos, un cuarto hondo bajo y descabello, silencio. Antonio Tejero y Curro Molina destacaron en palos.

 

Ni la empresa, ni los encargados por los toreros de ver el ganado en el campo, ni el propio ganadero debieron acordar la corrida de toros que ayer sufrimos los espectadores con admirable paciencia – en otros lares menos complacientes el público habría armado la tremolina – y que, a la postre, padecieron los máximos responsables del desaguisado, quizá en la creencia de todos en que unos toros tan a modo iban a comportarse de aquella manera. Tan solo el tercero se prestó y ello con toda clase de cuidados porque apenas fue picado. Con él compuso Sebastián Castella la única faena limpia y ligada del festejo que, sin duda, hubiera sido premiada con una oreja de no haber fallado el torero con la espada. Pero no vayan a creer los lectores de esta crónica que este único buen momento de la tarde fue grandioso. Fue simplemente bueno y punto. Si hubiera sido grandioso, nos habría compensado del desastre como tantas veces ocurrió y ocurre en corridas malas que se salvan – y se recuerdan años y años – porque alguien cuajó un memorable faenón. Nada de esto sucedió, sino una simplemente buena actuación de Castella que, por cierto, fue el único de la terna que intentó estar de verdad. Incluso con el sexto toro que fue tan ruinoso como sus hermanos anteriores aunque, por desgracia, también pinchó.    

 

Y dicho esto, pasemos a la parte más negra en la que el más culpable fue Enrique Ponce por ser la cabeza de cartel. Ponce se ha pasado casi toda su carrera obligando a sus colegas a matar corridones de toros a los que jamás se hubieran enfrentado de no haberlo impuesto el valenciano. Es lo típico de siempre: “A mi, que me pongan con Ponce que para eso el la primera figura y si él lo hace, yo también”. Pero el caso más reciente es que los que así piensan y deciden se encuentran últimamente con demasiadas corridas como la de ayer. Toros que quizá Ponce ya prefiere por lógico desgaste y conservadurismo aunque, en su especial e histórico caso, no debería hacerlo – al menos nunca en plazas de primera -, sino quitarse sin dejar que ocurra lo que sucedió ayer. Que dio pobre impresión, sobre todo con el peliagudo y peligroso cuarto que brindó inexplicablemente al público. Con el que abrió plaza anduvo como adormilado hasta que, de pronto, le atacó con la mano derecha y sacó una buena tanda de redondos que fueron los únicos que el animalejo aceptó, negándose a continuación hasta pararse por completo. Con la espada, para más inri, pegó Ponce un sainete.

 

Queriéndose sacar la espina, intentó meter en cintura al cuarto al que incluso bregó personalmente durante la suerte de varas, pero fue insólito verle sufrir tanto, llegando a padecer serias coladas de las que se libró porque Dios quiso. El esfuerzo, mayúsculo, con Ponce sudando la gota gorda y despeinado, no tuvo resultados porque el toro, en vez de mejorar empeoró, y quien tantas y tantas veces vimos superar lo insuperable, debió sufrir una horrorosa afrenta – volvió a fallar con la espada – aunque el bondadoso público agradeció la arriesgada porfía con una ovación.

 

El Fandi tampoco tuvo material idóneo para su casi siempre impresionante y espectacular poderío con el capote y con las banderillas y como para la muleta sus toros sirvieron aún menos – el quinto como el cuarto desarrolló peligro -, su actuación pasó prácticamente desapercibida. Fue la gran víctima del fiasco y a fe que debió lamentarlo porque era la primera vez que el gran público y toda la crítica le veíamos tras su larga ausencia por la lesión que padeció en León el pasado mes de junio.