José Antonio del Moral

SEMANA GRANDE DE SAN SEBASTIÁN

 

LA SEGURA CONTUNDENCIA DE MANZANARES FRENTE A LA EMOTIVA INSEGURIDAD DE TALAVANTE

 

Con una serísima corrida de El Ventorrillo que sacó no pocos problemas, ambos espadas actuaron mano a mano con el público más a favor del extremeño que del alicantino. Pero se impuso el valor sereno, la inteligencia y el empaque del primero a la quietud a ultranza sin apenas temple ni mando del segundo. Manzanares cortó la oreja del tercero y del quinto toros (también le debieron dar una del primero) y Talavante una del sexto tras ser cogido de lleno por alelarse durante la suerte de varas y por una sucísima faena que terminó entre clamores con ajustadas chicuelinas y mal con la espada.

 

San Sebastián. Plaza de Illumbe. 13 de agosto de 2007. Segunda de feria. Tarde agradable con dos tercios de entrada. Seis toros de El Ventorrillo, magníficamente presentados con espectacular variedad de pelajes y de juego desigual sin que ninguno rompiera a bueno por su relativa mansedumbre y, en algunos casos, por su evidente falta de fuerza, de brío o de fijeza, si bien algunos se fueron arriba en palos llegando a la muleta manejables aunque con genio y escarbando como el tercero,  cuando no huyendo distraídos como el cuarto, o con violencia como el quinto. José María Manzanares (amapola y oro): Buena estocada, petición y gran ovación. Casi entera con vómito, oreja. Estoconazo caído, aviso y oreja. Alejandro Talavante (ciclamen y oro): Pinchazo, casi atravesada que escupe y dos descabellos, ovación. Media trasera desprendida que se hundió y descabello, silencio. Pinchazo y sablazo bajo trasero atravesado, aviso y oreja. A caballo destacó José Antonio Barroso, en la brega Curro Javier y en palos Juan José Trujillo.

 

De no haber fallado tanto a espadas Alejandro Talavante y dadas las pasiones que despertó en el público, quizá hubiera empatado o incluso superado en trofeos con José María Manzanares. Pero una cosa son las preferencias más o menos comprensibles de los públicos y otras las razones puramente toreras. Sabido es que el arrojo llega más que el valor sereno y consciente. También que, cuando un torero es cogido o se le ve casi siempre a merced de los toros, la gente siente compasión o mucho miedo. Ello explica que Manzanares se quedara ayer sin cortar la oreja del primer toro que le debieron pedir más de cuantos la solicitaron, que a Talavante le habrían dado otra del segundo si no hubiera fallado con la espada y quizá las dos del sexto por lo mismo y ello a pesar de que su última faena fue un auténtico desastre si la consideramos desde un prisma meramente formal. Salvo con José Tomás, pocas veces he visto más entusiasmado al público con un torero que tuvo valor para quedarse quieto pero no para torear porque solo dio trapazos enganchados salvo las manoletinas con que cerró la faena poniendo la plaza boca abajo. En ese momento me acordé de lo que no hace mucho tiempo dijo Ponce a propósito de lo que a la gente tanto le gustaba últimamente este pase de menor entidad: “Yo llevo más de tres mil toros matados y no he dado una chicuelita en mi vida”.     

 

A otros sí que les valen y por eso siguen pegándolas cada tarde en la seguridad que arreglan casi todo lo anterior cuando es malo o contribuyen a encender más las cosas si ha sido bueno. Pero allá cada cual con sus preferencias porque las mías no suelen coincidir con las de las masas en este menester. Sin embargo, reconozcamos que estar delante de los toros de El Ventorrillo que salieron ayer por los chiqueros de Illumbe no fue cualquier cosa. Como también que fue realmente meritorio resolver los problemas que plantearon y eso es precisamente lo que hizo José María Manzanares que, cada tarde que le veo, me gusta más y le encuentro más seguro.

 

Vayamos al gano, pues, con Manzanares. Tanto él como su cuadrilla lidiaron perfectamente los tres toros que le correspondieron. Los picadores muy especialmente dieron el castigo exacto que necesitaron, la brega de los peones efectiva, los pares de banderillas sin pausas salvo en el tercer toro que esperó mucho y hubo dos pasadas en falso. Y todo lo demás, en manos del joven maestro porque maestro es ya José Mari por capaz de resolver sobre la marcha cuanto se le presenta hasta el punto de dar la impresión de que lleva varios años como matador de toros. Por cierto, también es la suerte suprema y, ahora mismo, el mejor y más seguro que tenemos.

 

Nada lucido pudo hacer con el cepote José María porque ninguno de sus tres toros se prestaron de salida y porque tuvo que ahorrar embestidas y, por tanto, no intervenir en quites para que los toros llegaran más enteros y en las mejores condiciones posibles al último tercio. Pero, señores, la exacta lentitud con que toreó al primero, el enorme valor y el acusado sentido de las distancias y del temple que tuvo que derrochar frente al tercero que sacó mucho genio y enseguida se hizo Manzanares dueño de la situación hasta cuajarle una faena tan hermosa como emocionante, y el sereno aguante con que esperó y condujo en cada muletazo las altas y violentas acometidas del quinto – un toro que tras ser picado magistralmente por Barroso pareció que iba ser el mejor de sus tres y por eso lo brindó al público – obraron el milagro que solamente son capaces de conseguir los que poseen esa difícil facilidad de los elegidos. Gran debut pues de José Mari Manzanares en Illumbe, plaza a la que  volverá cada año de los muchos que esperan a este nuevo gran torero.

 

Del siempre sorprendente y desconcertante Alejandro Talavante, decir que ayer no le tocó día bueno aunque nadie podrá decir que no estuvo valiente. Yo diría que hasta demasiado valiente sin consideramos su actitud de entrega por delante de todo lo demás que fue lo que primero descubrió y luego valoró el público. Hablo de su estoicismo y de la quietud a ultranza con que se plantó aunque casi siempre mal colocado y sin ganar terreno a los toros tras cada pase que es lo que ayer le pidieron sus tres enemigos porque para torear no siempre es conveniente el tancredismo. Y es que el tancredismo sirve para emocionar y para asustar pero no para torear, para llevar a los toros como hay que llevarlos. Cosa que el mismo Talavante logra no pocas veces en sus mejores faenas.

 

En mi opinión no lo fueron las de ayer porque, además de llevar la muleta mal armada y por alto cuando no retrasada en muchas ocasiones, la construcción o, mejor dicho, la deconstrucción de sus trasteos fue evidente. Ni plan, ni orden, ni ritmo, ni concierto. Y eso puede que emocione cuando se hace tan seguido y tan parado ante toros tan imponentes y agresivos, pero no sirve para dominar a la fiera. Como tampoco andar por la plaza en plena lidia como un zombi alelado y ajeno a la acción de la misma aunque no sea el matador quien está interviniendo en ese momento. Razón por la que, tras tomar el sexto toro el primer puyazo y estando distraído de lo que hacía el animal, se le vino éste sorpresivamente encima y le arrolló de lleno recibiendo un tremendo golpetazo del que le costó reponerse. Claro que quizá este percance fue lo que a la gente más puso a favor del extremeño después, hiciera lo que hiciese.