José Antonio del Moral

FERIA DE CLAUSURA EN DAX

 

APABULLANTE APOTEOSIS DE PONCE

 

…O EL VALS DEL EMPERADOR

 

Cortó cuatro orejas a dos toros con distinta condición de Victoriano del Río merced a su inalcanzable potestad y a la magia que derrochó en dos faenas portentosas. La primera, quintaesencia de temple y de buen gusto. La segunda más importante por las dificultades que presentó el toro, enseguida resueltas por el gran torero hasta hartarse de torear y poner la plaza boca abajo. No cortó el rabo del quinto porque se amorcilló tras la estocada y no se dejó descabellar, pero paseó los dos trofeos en medio del delirio y acompasado al pasodoble Valencia que la banda interpretó en su honor. Tras pasear finalmente a hombros el anillo sin que nadie abandonara los tendidos, fue llevado hasta el histórico hotel Splendid en medio del clamor popular. Ponce actuó como testigo de la alternativa de Ángel Teruel que cortó la oreja del muy noble sexto mientras que el padrino, César Rincón, se fue de vacío aunque cariñosamente ovacionado en su despedida de Dax tras mostrarse muy voluntarioso aunque sin suerte.

 

Dax (Francia): Plaza de Teodoro Denis. 9 de septiembre de 2007. Segunda y última de feria. Tarde deliciosa con lleno absoluto. Siete toros de Victoriano del Río incluido el sobrero que reemplazó al cuarto, devuelto por romperse una mano nada más salir. Desigualmente presentados, los de lote del toricantano, mejor hechos y con más clara nobleza que sus hermanos. Terciado el segundo que, excesivamente castigado en varas, se vino pronto abajo. Bajo y con cara el tercero que fue noble pero en el límite de fuerza. Basto sin cara el sobrero que hizo de cuarto, muy remolón y manejable aunque sin clase. Y muy alto y encampanado el quinto que le costó humillar, se fue al pecho del torero por el lado derecho y hasta hizo hilo, pero terminó embistiendo con nobleza y fijeza gracias a su matador. César Rincón (avellana y oro): Media tendida desprendida, silencio. Estocada corta y descabello, dos avisos y ovación. Enrique Ponce (marfil y oro): Pinchazo y media estocada, dos orejas. Estocada trasera desprendida, dos avisos y dos orejas. Salió a hombros. Tomó la alternativa Ángel Teruel (blanco y oro): Dos pinchazos y media contraria atravesada a toro arrancado, ovación. Estocada algo atravesada que escupió, oreja. Muy bien en la brega Mariano de la Viña y Alberto Martínez. Tras el paseíllo le fue entregada una placa a César Rincón como homenaje a su despedida de la plaza siendo ovacionado por el público puesto en pie. Cesar invitó a sus compañeros para que compartieran la ovación con él.

 

La presencia de Enrique Ponce en el cartel añadió mucho interés a los de por sí importantes acontecimientos anunciados: la despedida de Cesar Rincón y la alternativa del joven Ángel Teruel, cuyo padre – que ocupó una barrera - siempre fue muy admirado y querido en Dax. De tal modo, el lleno fue impresionante además de importante por la cantidad de aficionados selectos que acudieron para no perderse el posible suceso. Pero es que como Ponce tuvo su tarde más completa y esplendorosa de lo que va de temporada, el suceso recayó por entero en él y, además, fue tan aplastante que tanto la despedida del colombiano como el doctorado del ilustre neófito quedaron eclipsados casi por completo.   

 

El joven Teruel tuvo más suerte que su padrino en cuanto a las condiciones de las reses que correspondieron a ambos, si bien los del lote de César Rincón fueron excesivamente castigados en varas, razón por la que su primero se vino enseguida abajo y casi no le pudo hacer nada en serio ni ligado, y al cuarto le costó embestir por remolonear demasiado hasta convertir la empeñosa y meritoria faena de Rincón en francamente pesada. No fue, pues alegre el adiós de César quien, no obstante, recibió continuas muestras de cariño por parte del público, siempre respetuoso con el maestro de Bogotá.

 

Respecto a la actuación de Ángel Teruel, fue la propia de a quien le pesó la responsabilidad antes de tiempo y que, para colmo, tuvo finalmente que afrontar la inapelablemente triunfal losa poncista que le acababa de caer encima. Anduvo correcto y asedo aunque por bajo del toro de la alternativa al que recibió – eso sí – con apasionadas y entregadas verónicas, pasión y entrega que debió echar luego con la muleta. Y cuando le llegó la hora de responder al intratable testigo, tampoco anduvo lo entregado que al menos cabía esperar del ya reciente doctor. Bueno el sexto toro, Ángel logró estimables rondas ligadas y templadas con la mano derecha en su mayoría pero casi siempre citando por las afueras, lo que restó grados a la emotividad que, sin duda, persiguió sin conseguirla en su por lo demás correcto trasteo. Pero bueno, como mató pronto, le fue concedida una oreja que le salvó para del tremendo compromiso. De todas formas, esperémosle.                     

 

Como podrán imaginar los lectores, he dejado para el final de estos comentarios la ya apuntada apoteosis de Enrique Ponce que ayer volvió a reinar en el Sur Oeste francés con tanta fuerza como en sus mejores y más celebradas ocasiones y que ahora mismo, tal y como anda de diezmada la primera fila del toreo por distintos motivos, parece como si Ponce se fuera a quedar casi solo a su frente. Se discutía por todo ello al final de la corrida si esta había sido la mejor tarde de Ponce en Dax, recordando otras faenas de rabo y la memorable en la que mató siete toros en solitario. Y yo, que las he visto todas, afirmo que la de ocupa esta crónica ha sido la más redonda, no solo por la impresionante madurez artística que está alcanzado el valenciano, sino por la sencilla razón de que ninguno de los dos toros que cuajó parecieron al principio de su lidia que iban a dar el juego que a la postre dieron. 

 

De ahí que muchos espectadores hablaran de magia. Porque mágica fue su labor con el noble aunque rozando el límite de fuerza y brío de su primer toro al que acarició suave y lentamente con la muleta en una sucesión encadenada de variados muletazos sobre ambas manos que aquello parecía no tener fin por lo despacio que toreó tanto en las suertes naturales como en las contrarias y en las cambiadas. Al ralentí, como en una de sus dos grandes faenas de hace pocos días en Palencia. Algo exclusivo de quien atesora tanto valor y a la vez, la milimétrica precisión y la singular potestad de manejar con increíble sutileza y exquisitez los engaños al tiempo de ir sintiéndose más y más inspirado en cada trance, en cada pase, en cata tanda, en cada paseo, en cada salida y entrada de la cara del toro. El asombro que produjo esta faena fue tal, que se le concedieron las dos orejas a pesar de haber pinchado antes de agarrar media estocada. Entre una y otra agresión, Ponce dio varios ayudados por bajo de fantasía. Que eso también contribuyó al éxtasis.  

 

Pero es que cuando apareció el quinto toro, muy alto de agujas, notoriamente encampanado hasta el final y, aún más, cuando nada más empezar Ponce su faena con la mano derecha se le fue al pecho, todos pensamos que lo de antes no iba a ser posible repetir. Bueno, pues fue más y aún mejor. Los repentinos cambios de ritmo del toro al embestir y hasta una vez que hizo hilo con el torero, fueron técnicamente resueltos sin que la mayoría se percibiera de ello porque el maestro a su vez cambió sabiamente de velocidad en cada caso o empleó toques imperceptibles para desviar los acosos del burel mientras, poco a poco, iba metiéndole en la muleta hasta convertir la ciencia en gracia, la gracia en cadencia y cada pase en un sueño hecho realidad.

 

Hasta que, una vez adueñado Ponce de la situación, pulidos ya los inconvenientes, sobrepasados los instantes de alarma, llegó una segunda parte del trasteo a placer del intérprete y de cuantos estábamos presenciándolo. Naturales citando con la muleta plegada, otros a pies juntos rebozándose por completo en círculo, tres roblesinas cosidas sin moverse, un festín de ayudados y cambiados excepcionales, abaniqueo postrero y estocada hasta las cintas aunque trasera y desprendida por lo que no fue de rápidos sino de muy tardíos efectos. Dos avisos sonaron mientras el toro doblaba o no, mientras intentaba descabellar o no. Y otras dos orejas fueron a las manos de Ponce cuando el animal murió por fin. Muerte que, a la postre, supuso aún más larga vida profesional para gran torero a mayor gloria de quien por momentos y mientras daba rienda suelta a su fantasía muletera, pareció estar componiendo un vals eterno e inolvidable. El Vals del Emperador.