José Antonio del
Moral
LOS TOROS EN INVIERNO
EL TAURINISMO OFICIALISTA DE
MADRID NO ENTIENDE QUE
Cantado estaba que la plaza de toros de
Madrid la seguiría gestionando José Antonio Chopera pese a la más atractiva y espectacular
oferta de Simón Casas y a la que ofrecía más dinero de Tomás Entero. De nada
han servido las pertinaces cuando no interesadas campañas de parte de la prensa
ni los muchos comunicados de las asociaciones de abonados en contra de la
gestión del veterano y prestigioso empresario donostiarra. Su larga experiencia
y los innegables buenos resultados de las dos últimas ferias de San Isidro - lo
que verdaderamente cuenta - pesaron más que los incumplimientos y carencias que
se adujeron para quitarle de en medio.
La inmensa mayoría de los que asistimos a las corridas de
toros que se celebran en la plaza de Las Ventas de Madrid lo hacemos en todo o
en parte durante
Todo lo demás viene siendo un consabido y casi siempre
inaguantable tostón que a muy pocos importa con la excepción de las novilladas
de promoción o de consolidación si es que surge algún aspirante digno de tal,
sin duda atrayentes para los pocos grandes aficionados que no salen a ninguna
parte porque no quieren o porque no pueden o para los espectadores recalcitrantes
que se niegan a probar otra cosa que no sean toros. La mayoría que llena o medio
llena los cosos jamás asistió ni asistirá a los festejos de relleno a no ser
que tal guarnición se convirtiera en platos fuertes. Así viene ocurriendo en
Madrid desde hace mucho tiempo como en todas las ciudades donde, supuestamente,
hay plaza de toros de temporada que no se limita a organizar corridas en sus
respetivas ferias patronales o en sus fiestas locales sino que, por obligación
contractual, tienen que organizar espectáculos taurinos - vespertinos o nocturnos
- los sábados, los domingos y los festivos desde la primavera al otoño.
Díganme de alguna plaza de toros del mundo que organice
festejos durante toda la temporada que logre llenar todos los espectáculos.
Absolutamente ninguna. Y es que la vida ha cambiado en todas partes. Hay muchos
más espectáculos alternativos y la mayoría más baratos que los toros. La gente
tiene coches. Muchos, otra vivienda fuera de la habitual. Se viaja por tierra,
mar y aire sin reparos tanto en las vacaciones de Navidad, de Semana Santa y del
verano como en casi todos los fines de semana y, no digamos, en cada uno de los
puentes que en España tantas veces son de dos, de tres y hasta de cuatro o
cinco ojos. Total, que público suficiente para que las corridas de toros y las
novilladas sean siempre rentables no hay ni puede haberlo por mucho que algunos
lo deseen. Únicamente sobran clientes para las grandes ferias, para los grandes
acontecimientos y punto. Y esto no solo ocurre con los festejos taurinos,
también con los demás espectáculos, sean de la clase que sean.
En medio de tan incuestionables circunstancias, resulta por
lo menos utópico que una plaza de toros de temporada logre cumplir todo lo que
suelen pretender las minoritarias – en su mayoría ínfimas – asociaciones de
abonados y algunos críticos más o menos ligados a ellas cuando no al servicio
de empresas amigas o cercanas que han perdido la plaza o no la han ganado en
los concursos: Que haya una temporada abundante, atractiva y que quienes la
organicen que la paguen aunque sea ruinoso. Un sueño que nunca verá la realidad.
Dan ganas de decirles que se asocien y a ver si son capaces organizar y de
cumplir lo que piden sin arriesgar ni un euro.
Centrándonos en la plaza de Las Ventas, si a tal estado de
cosas se añade el gravísimo inconveniente del sector violenta y radicalmente
intransigente que, pese a no ser numeroso, tanto viene influyendo en el devenir
de los espectáculos, sobre todo en los que participan las grandes figuras o los
que pueden llegar a serlo, la situación es mucho más complicada que en
cualquier otro ruedo. La persistencia en reventar las actuaciones de los
mejores y en potenciar caprichosamente a los peores es de tal magnitud en su
arbitrariedad que se puede decir que ver una corrida de toros completamente
triunfal en Madrid es prácticamente imposible. Dato a tener en cuenta por lo
que influye en la enorme dificultad que las empresas tienen en contratar a las
máximas figuras que, salvo en la feria de San Isidro, de ninguna manera quieren
torear en Madrid más de una dos veces al año y hacen lo que haría cualquier
divo de otra faceta que padeciera el mismo caso. Gran problema que habrá que
atajar con sin contemplaciones y determinación si de verdad quieren que el
escenario taurino más importante del mundo sea lo que tendría que ser, el que
ofreciera los mejores, los más brillantes, los más lujosos espectáculos.
Después de la decadencia de Las Ventas, acrecentada desde el
inevitable declinar de la familia Jardón a raíz de la
marcha del célebre don Livinio Stuik
hasta el anunciado desastre de Martín Berrocal, es cierto que el inolvidable Manolo
Chopera fue quien la convirtió en rentable gracias a su enorme capacidad
empresarial y, sobre todo, al invento del larguísimo abono
Isidril y el obligado de Otoño – todo a 100 toreara
quien torease y lidiara quien lidiase – bajo las premisas del toro grande ande
o no ande en desdichada boga y que los ciclos se basaran en toreros de segunda
y de tercera mientras que los huecos los rellenaran mínimamente
las figuras del toreo con verdadera fuerza; como también que luego y durante
tantos años o más, los hermanos Lozano secundaran e incluso multiplicaran
idénticos varemos y valores contrariando todo lo que habían predicado durante
su fructífera etapa de grandes apoderados y empresarios de otras plazas menos
conflictivas.
A favor y en contra de ambas importantes casas taurinas hubo
para todos los gustos y colores aunque debemos reconocer que la cazurronería y el comportamiento florentino de los
toledanos superó en habilidad y resultados la suficiencia y la soberbia
imperialista de los vacos por saber manejar mejor a los sucesivos responsables
taurinos de los medios. Sobre todo a los responsables de las tribunas más
tradicionales y a los de las más influyentes. Tanto como para que pasaran de
insultarles y hasta pegarles a entablar íntima y fecunda amistad con quienes
más daño les hicieron. ¿O no?
Ahora estamos en la cuarta época. Los Chopera “grandes” no han
querido volver a Madrid de donde les echaron como a perros. A los Lozano les han
dicho que tenían que marcharse y que no se presentaran por lo que últimamente andan
desairados y maquinando. Y todos los que han participado sin éxito en los dos
últimos concursos no han entendido nada de nada. Y es que la plaza de Las
Ventas siempre está dada más o menos de antemano porque en este complicado
coso, los experimentos ni con gaseosa. De ahí que en ésta última vez repitan
los Uranga o “Choperitas chicos”– habría que invertir los apodos familiares –
sencillamente porque las dos ferias de San Isidro que llevan organizadas han
sido infinitamente mejores que casi todas las anteriores. Buenos toros, buenos
toreros en suficiente cantidad de actuaciones y santas pascuas porque cuando
los toros embisten y los toreros torean, sobra todo lo demás.
Digo todo esto sin querer obviar, finalmente, el gran, el
verdadero problema pendiente que se ha de afrontar ya y de una vez por todas porque
de ninguna manera parece conveniente que los concursos de plazas de toros,
sobremanera las de propiedad pública, se conviertan en puras y duras subastas.
Ello implica la participación forzosa de accionariados más o menos mafiosos
cuando no de capitalismos corruptos que unas veces dan la cara y otras se
ocultan muy ladinamente esperando el minuto siguiente a la concesión para salir
a escena cual de chistera de prestidigitador. Estos días ha habido mucho de
esto - también escandalosas detenciones - y no es cuestión de señalar. E
inevitablemente, ya hay más de un contaminado tanto a las puertas de la plaza
de Madrid con un palmo de narices como ante otras muchas cuyos propietarios empiezan
a desconfiar de lo que se traen entre manos tantos atrevidos y vividores.
Hay que ir por tanto a las gestiones directas de garantía
acreditada y probada durante años: Ahí están las plazas de Bilbao y de
Santander como máximos y mejores ejemplos. Buscan e imponen sobre todo calidad.
Y como los gestores tienen el gran sueldo asegurado, bien sea fijo o
porcentual, no tienen que buscarlo con productos del más bajo coste o engañosos
mientras que las instituciones u organismos propietarios apoyan o subvencionan
la creciente mejora de los espectáculos que producen. Así se arreglaría del
todo la plaza de Madrid y, por qué no decirlo, también otra muy importante, la permanentemente
en crisis de Valencia.