José Antonio del Moral

EL TORERO DEL AÑO

LA HISTÓRICA TEMPORADA DE SEBASTIÁN CASTELLA

De principio a fin, desde la A hasta la Z, la temporada que ha protagonizado Sebastián Castella la podemos calificar de histórica por tres motivos. Primero porque ha sido el más esplendoroso resultado de cuanto este diestro ha venido consiguiendo en su muy difícil, costosa e intensa carrera hasta el momento. Segundo, por lo que la superación de todo ello ha supuesto para su consolidación como indiscutible figura del toreo capaz de irrumpir en la primerísima fila hasta el punto de inquietar y, en algunos casos, desplazar a las todavía máximas estrellas, Enrique Ponce y El Juli.

Solamente Castella ha sido capaz este año de ponerles en apuros y hasta obligarles a atarse los machos en cada una de las tardes en que alternó con ambos como no suceedía desde los años que tuvieron que enfrentarse con el mejor José Tomás. Y tercero por ser el único diestro nacido en Francia que ha consiguió alcanzar tan alto rango. Sebastián Castella, pues, no solo se ha colocado en la cima del toreo mundial, sino que ha completado la total reivindicación de la Francia taurina con la conquista de su privilegiado puesto. De tal modo y gracias a Castella, Francia, además de ser ejemplar en aspectos organizativos, ambientales, culturales y formativos para los aficionados, también y por vez primera, es la orgullosa patria de una máxima figura del toreo.

La indeclinable vocación torera de Castella y su absoluta confianza en sí mismo le han llevado a la gloria tras no pocas renuncias y enormes sacrificios. Un largo y penoso calvario solo posible de recorrer cuando se tiene tanta ilusión como Sebastián siempre tuvo por llegar a lo que, por fin, ha llegado. El abandono de su propio hogar para vivir desde su niñez en España acogido por una nueva familia que él mismo eligió como la más importante para su educación personal y, sobre todo, más conveniente para su devenir profesional.

José Antonio Campuzano, su esposa Lupe y los hijos del matrimonio, fueron y son como padres y hermanos más que adoptivos para Sebastián. Y sobre todo José Antonio, fundamental para su formación taurina, porque solamente un torero como él, capaz, artista y sufrido profesional que había pasado por todo para llegar arriba hasta perderlo por la tremenda gravedad de las cornadas que sufrió, podía trasmitir a Castella todas sus experiencias a la vez que enseñarle los fundamentos sensitivos y técnicos de la lidia y del toreo en su versión más clásica, permitiendo que su privilegiado alumno se desenvolviera según su propio estilo aunque siempre corrigiendo errores, descubriendo posibilidades y suavizando limitaciones para convertir todo en virtudes que, además, había que saber administrar en los tiempos y en los lugares debidos.

Quienes no conocen a José Antonio Capuzano y no saben de su paciente comportamiento ni de su sabia humildad - pocos habrán existido en el toreo con tanto tino y a la vez con tanta discreción y sencilla autoridad - no pueden comprender en toda su dimensión lo que este hombre ha logrado con tanta dedicación como cariño y respeto con alguien dotado de tantas cualidades de fondo como Sebastián Castella. Cualidades que tuvo que pulir sin abusar jamás de ninguna para no desequilibrar las ni espantar al valentísimo niño que se hizo hombre entre cornada y cornada.

Paso a paso, golpe a golpe, conquista a conquista, reto a reto. Y con un amor por el toreo como pocos los habrán tenido. El largo bache que sufrió Sebastián Castella tras su espectacular eclosión novilleril fue salvado gracias la fe que ambos - torero y educador - tuvieron en cuanto se habían propuesto lograr. Y así hasta que volvió a sonreírles la suerte y ya a sabiendas de que la suerte no siempre se presenta. Períodos que, una vez doctorado triunfalmente en Beziers - ciudad natal de Sebastián - nada menos que con Enrique Ponce de padrino y José Tomás como testigo, dio paso a sucesivos éxitos sin que nunca le abandonaran los sinsabores como tampoco las alegrías, todas superadas.

Yo creo que estas oscilaciones entre la buena y la mala suerte, y el saber encajar ambas situaciones sin presumir ni conformarse con los primeros hitos, sin protestar durante las malas rachas y sin dolerse jamás de los muchos percances e injusticias sufridos, han sido fundamentales para la mejor formación de Sebastián Castella. Diestro finalmente capaz de sacar partido a cualquier clase de toros e incluso de tapar o de ocultar a los ojos de la mayoría del público los defectos de muchas reses vedadas a la mayoría de los toreros.

Condición ésta última que distingue precisamente a los más grandes maestros del toreo sobre los demás, quizá algunos muy bien adornados con maravillosas virtudes artísticas o de otros dotados de un valor arrojado espectacular. Pero no de ese valor que permite el desarrollo más tranquilo y equilibrado de la inteligencia en los momentos menos apropiados para ello. Delante de los toros y en cualquier situación.

Por mucho arte, por mucha personalidad que se tenga, en el toreo no hay mayor virtud que saber comprender el peligro y darle solución con la inmediatez que requiere la lidia y en la realización natural de cada una de las suertes. Y eso solo lo consiguen quienes tienen verdadero valor y a la vez son capaces de disciplinarse porque nunca les falla la ilusión, ni la ambición, ni por tanto la afición. De ahí la enorme dificultad de llegar a ser figura y, mucho más, de sostenerse en tal rango durante mucho tiempo.

Fundamentalmente desde la pasada temporada 2005 y en la histórica que da motivo a este análisis, he visto a Sebastián en muchísimas corridas de toda clase y condición. Con buenos toros, con malos y con regulares. Con grandes, con medianos y con chicos. Con imposibles alimañas, con bravos, con mansos, y hasta con los muy nobles que cuajó más a gusto, relajado y rozando la perfección cuando no lográndola por completo. Con todos ha estado bien y siempre, siempre, siempre por encima de los malos y hasta de los aparentemente imposibles. Y esto en las plazas más determinantes - sobre todo en la de Madrid por San Isidro y en su última corrida de San Miguel de Sevilla - en las que sin llegar a cortar las orejas que habría logrado de haber tenido mejor suerte, sus actuaciones le han llevado al reconocimiento de su primacía más real, la más cara por tan difícil de obtener.

Y no la que suelen proclamar los jurados de trofeos pomposos u oficiales. Una primacía concedida por la profesión y por los aficionados verdaderamente entendidos y experimentados. Impresión de fondo, a veces casi secreta, que cada vez que se produce corre de boca en boca no hay quien la pare. En estos precisos momentos, le llegaron a Castella las explicaciones y hasta la rendición de muchos de sus detractores. Sobre todo de sus más pertinaces críticos, por cierto varios compatriotas, que son quienes más han hecho el ridículo con Sebastián y alguno, por cierto, lo sigue haciendo para su mayor vergüenza y escarnio.

No es mi caso, por fortuna. Y por eso escribo estas líneas tan complacido con Sebastián a quien auguro la gloria y la fortuna que merece. Desde que le conocí más personalmente en la lejana Lima hace tres años y nos descubrimos los dos, no he dejado de seguir con enorme interés todas sus hazañas y progresos intentando no molestarle ni atosigarle con visitas ni llamadas. Nos ha bastado cruzar la mirada en todas las plazas en que hemos coincidido en el callejón y, sin necesidad de intercambiar una sola palabra, saber qué es lo que faltaba, qué lo que sobraba, qué aciertos tuvo y en qué falló. Y así hasta llegar este año histórico que le ha puesto en el sitio de privilegio que espero sostenga durante largo tiempo para bien suyo y el de la Fiesta que tanto amamos.