FERIA DE SAN PEDRO EN BURGOS
José Antonio del Moral
LA MEJOR, CON MATICES
LA CORRIDA DE ANTONIO BAÑUELOS FUE, CON NOTORIA DIFERENCIA, LA MEJOR DEL CICLO PESE A LA FLOJERA DE ALGUNOS TOROS Y A LO QUE SE RAJARON OTROS. HERMOSA, BIEN ARMADA Y MUY NOBLE, PERMITIÓ DESMOSTAR A SEBASTIÁN CASTELLA Y A CESAR JIMÉNEZ QUE SON MIL VECES MEJORES TOREROS QUE MUCHOS VETERANOS Y QUE CASI TODOS LOS MÁS JÓVENES DEL ACTUAL ESCALAFÓN SUPERIOR. AMBOS SALIERON A HOMBROS EN COMPAÑÍA DEL GANADERO, DEL MAYORAL Y DE "CAPEA JR" PESE A LO MUY POR BAJO QUE ESTUVO DE SUS COMPAÑEROS Y DE UNO DE LOS DOS MEJORES TOROS DEL ENVÍO
Burgos. Plaza del Plantío. 2 de julio de 2003. Octava y última de feria. Tarde muy calurosa con dos tercios de entrada. Seis toros de Antonio Bañuelos, magníficamente presentados pese a su desigualdad de pesos. Todos muy nobles en distinto grados de fuerza, muy escasa en algunos casos. Por mejores, destacaron el segundo (premiado con vuelta al ruedo) y el sexto. Y por más deslucido y rajado el tercero que fue el único que no sirvió. Sebastián Castella (verde doncella y oro con remates negros): Pinchazo y gran estocada, oreja. Gran estocada, aviso y oreja. Cesar Jiménez (rosa y oro): Buena estocada, aviso y dos orejas. Pinchazo, estocada corta y descabello, ovación. Pedro Gutiérrez "El Capea" (burdeos y oro): Buena estocada, oreja. Media caída y descabello, oreja. Muy bien en palos Domingo Siro. Los tres espadas salieron a hombros junto al mayoral y al ganadero.
La apoteósica tarde que se vivió ayer en la plaza de Burgos no debió serlo tanto porque la muy noble corrida de Antonio Bañuelos – con notoria diferencia la mejor en presencia y juego de la feria - se convirtió en un viva Cartagena por culpa del inefable presidente Muriel, casi siempre más pendiente de favorecer su intensa vida intensa y de satisfacer sus caprichos personales que de dirigir los festejos con la objetividad y el rigor a que está obligado.
Aparte la mayor o menor fuerza – mínima en algunos casos - de los seis toros (estupendos segundo y sexto), las orejas que se concedieron no tuvieron el mismo valor ni fue merecida la vuelta con que de modo un tanto precipitado – el presidente sacó al mismo tiempo el pañuelo azul que los dos blancos - se premió al segundo si consideramos que el de "El Pilar" que propició la grandiosa faena de "El Cid" la mereció más, quedando su premio en simple ovación mientras lo arrastraron las mulillas.
Los presidentes deberían reflexionar en serio sobre lo que sus arbitrariedades contribuyen a la mala formación de los espectadores. Deben ser ellos y la prensa especializada los que orienten a tanto desorientado. Lo digo para que los lectores sepan que mis críticas, que reconozco son muy polémicas, solo obedecen al deseo de acercarme lo más posible a la verdad pese a quien pese y, en el caso de esta crónica, también a que la Plaza del Plantío tenga la categoría que merece la magnífica e histórica ciudad de Burgos.
¿Qué tuvieron que ver las salidas a hombros de Sebastián Castella y la de Cesar Jiménez con la de "El Capea". Absolutamente nada. La del salmantino fue una verdadera afrenta para el francés y el madrileño. ¿O no?. La primera oreja se la regalaron a "Capea" por una buena y efectiva estocada después de una faena prácticamente inexistente con el peor toro de la corrida al que ni supo ni pudo dar un solo muletazo decente. La otra, la que le cortó al toro que embistió con más alegría y buen galope de los seis, fue pedida por el público al socaire de cómo iba de lanzada la tarde y a pesar de lo muy por bajo que estuvo del toro el joven y siempre tesonero salmantino que, encima, mató mal además de los inconexos tironazos con los que estropeó al toro hasta arruinarlo. No es cuestión de manías ni de atacar a quien, muy sinceramente, nos gustaría que fuera tan gran torero como su padre. No es verdad, por cierto, que en su juventud les pareciera a muchos igual que ahora nos parece el hijo. El padre fue un extraordinario torero desde que salió hasta que se fue.
De ahí que debamos dejar las cosas en su sitio porque igualar en orejas lo que hizo "Capea" con lo que logró Jiménez y, sobre todo Castella, fue una barbaridad más de Muriel además de una mayúscula injusticia.
Y dicho esto, entremos en lo más sustancial de la última corrida en la que con la sustitución de Eduardo Gallo por Sebastián Castella salimos ganando. Señores, ¡cómo está el francés¡. No le veía desde sus tardes en San Isidro y ahora mismo afirmo que, si continúa como ayer en Burgos, el año que viene puede comerse a casi todo el mundo. Por su valentía sin cuento, por su impertérrita quietud, por donde y por cómo torea templado y ajustado, y por cómo entra a matar. Si su primera faena de ayer no hubiera sido la que abrió la tarde, seguro que le habrían pedido dos orejas a pesar del pinchazo. No se puede torear más tranquilo ni más cerca ni más quieto, además de más inteligentemente a un toro que fue noble pero rajado, distraído y soso. Valor, ciencia, cercanía y temple elevados a la máxima expresión con dos pases cambiados ligados sucesivamente a dos de pecho sin mover una pestaña para empezar y su ya clásico arrimón final, tan angustioso como limpio. Ni un solo enganchón, ni una duda, ni un centímetro de más o de menos en ese plantarse como un pino en cada pase. Pero es que con el cuarto, lo milagroso fue que no se le cayera ni una sola vez haciendo lo mismo que antes pese a que el bicho pareció no poder tenerse en pie.
¿Y Cesar Jiménez?. Pues que por muy mal que les caigan a los taurinos sus apoderados actuales, no hay derecho a que estén tratando de marginarle con la ayuda de algunos críticos que no tienen vergüenza por como encizañan negando valía a Cesar mientras siguen apoyando a otros diestros sin posibilidad alguna. Jiménez anduvo como tiene que andar un buen torero con un toro tan bueno como el segundo de Bañuelos: firme, templado, improvisador, si a caso algo acelerado por cuento le había estimulado Castella, y muy limpio, sobre todo con la derecha, a más de volcado en su empeño de triunfar sin ahorrar esfuerzos de ninguna clase dentro del singular estilo de este torero, cada vez más alejado del excesivo atildamiento que le distinguió en sus primeros años. No tuvo la misma ocasión con el quinto por más flojo y doblemente rajado aunque, si llega a matarlo a la primera, hubiera cortado su tercera oreja.