José Antonio del Moral

FERIA DE SAN PEDRO EN BURGOS

 

PONCE PINCHA UNA PULQUÉRRIMA FAENA Y CASTELLA UN FAENÓN

 

Ambas obras fueron las únicas brillantes de la tarde aunque lamentablemente ensuciadas con la espada por lo que el valenciano perdió una oreja y el francés dos. Las llevaron a cabo con los dos únicos buenos toros de la corrida de Juan Pedro Domecq (primero y quinto que fue sobrero), por lo demás demasiado blanda y desrazada aunque, en su mayor parte, con bastante más presencia y trapío que las anteriores. También se fue de vacío el diestro local, Morenito de Aranda, que cumplió con dignidad frente a su feble y mediocre lote. La plaza del Plantío se llenó como anteayer pero con naturalidad, sin apasionados incondicionales de ninguno de los diestros actuantes ni tan preconcebido desmadre y ningún follón.

 

Burgos. Plaza del Plantío. 29 de junio de 2007. Tarde calurosa aunque progresivamente fresca y algo ventosa con lleno. Siete toros de Juan Pedro Domecq, en su mayoría bien aunque desigualmente presentados, con dos muy bien hechos, el más pesado que abrió plaza y el precioso colorao sobrero que reemplazó al quinto, devuelto antirreglamentariamente aunque forzado el palco por las protestas del público al quedar lastimada la res en turno tras ser pisoteada por un caballo en el momento de rodar por la arena en pleno puyazo. Los demás toros, más feos de hechuras, resultaron prácticamente inservibles para el lucimiento por muy débiles y descastados. Enrique Ponce (grana y oro): Metisaca en los blandos, pinchazo y estocada tendida muy caída, silencio tras ovación antes de ser arrastrado el toro. Pinchazo y estocada baja con vómito, silencio. Sebastián Castella (lila y oro): Pinchazo hondo y cuatro descabellos, aviso y silencio. Dos pinchazos y estocada, gran ovación con saludos desde el tercio. Morenito de Aranda (añil y oro): Cuatro pinchazos, estocada atravesada y dos descabellos, silencio. Pinchazo y estocada, palmas. Tras el paseíllo, el público cantó el himno de Burgos puesto en pie.

 

La mayoría del público acudió tranquila y naturalmente hasta llenar las localidades sin necesidad de tantos prolegómenos ni preconcebidos alocamientos. Comento esta circunstancia no como suceso insólito sino para mostrar que las plazas se llenan también cuando no torea José Tomás. Y es que es inevitable volver al polémico asunto para dejar las cosas en su sitio. De igual manera constatar que tras la desproporcionada tempestad de anteayer, volvió la calma.

 

Esa calma anticiclónica, por cierto nada apasionada con la que toreó Enrique Ponce al primer juanpedro de la tarde. Un toro con sobrada romana, evidente hondura, más que suficiente trapío y bien puestos pitones que pareció el padre de los cuvillos de la corrida anterior. Pero allí nadie se rasgó las vestiduras como tampoco Ponce, aplicado desde el inicio de su larga e intensa faena hasta su final en templar con tan facilidad como elegancia las muy nobles aunque ciertamente sosas embestidas del animal hasta el punto de ir calentando a la en principio fría parroquia como suele suceder en la lidia de los primeros toros de casi todas las corridas.

 

Este caro precio de abrir cartel, sumado a lo muy mal que Ponce mató al toro que tan sencillamente bien había toreado, enfrió más aún la situación y, a partir de ahí, la corrida se hundió totalmente hasta la salida del sobrero que reemplazó al quinto toro. Quizá de haber matado pronto y bien el valenciano, y cortado la oreja que tenía en el bote – para esta misma faena se hubieran pedido dos de haberla cuajado en cuarto lugar -  el transcurso ambiental de la corrida hubiera sido mejor. O quizá no. Porque con los toros que siguieron no hubo más que intentarlo a sabiendas de sus matadores e incluso del paciente público que solo se enfadó con el accidente que sufrió el quinto al caerse bajo en caballo justo en el momento de recibir un puyazo y ser luego pisoteado de mala manera por el equino mientras la gente bramaba doliéndose del sufrimiento del bovino. Así de sensible es ahora el público con los animales como podemos comprobar en muchísimas ocasiones, lo que fuerza a la presidencia a cambiar el toro por otro aunque sea incumpliendo el reglamento.

 

La gran faena del por lo demás aburrido y decepcionante festejo – ni Castella, ni Morenito con ninguno de sus dos toros, ni Ponce con el cuarto pudieron hacer nada interesante aunque lo intentaron con evidente desprendimiento hasta que se cansaron – tuvo lugar con el precioso sobrero de pelo colorao que le correspondió a Sebastián Castella en su segundo turno. Inexplicable que este animal no hubiera sido enlotado. Pero en fin, sea como fuere, lo cierto y verdad es que Sebastián empezó templándose maravillosamente en el recibo de capa y aún más quintaesenciado en su faena de muleta que comenzó en tablas y siguió en los medios donde, pisando ese sitio que tanto se canta a quien todavía no lo ha pisado una sola vez desde que reapareció, y manteniéndose atornillado en la arena sin mover un solo músculo ni rectificar terrenos salvo en los instantes imprescindibles, se complació primero en torear por redondos y naturales perfectamente encadenados, lentamente recetados y rematados hasta más allá de lo posible, para finalmente volver a rizar el rizo siendo eje inmóvil y a su alrededor el toro subyugado y girando una y otra vez, tal y como lo consumó el francés en su tarde anterior y en otras tantas faenas memorables que, ahora mismo, nadie más que él es capaz de hacerlo tan limpia y magistralmente.

 

Y vuelvo a repetir: ¿Qué lío no se hubiera formado si en vez de Castella hubiese hecho lo mismo, exactamente lo mismo el señor José Tomás? Pues que le habrían dado el rabo del toro a pesar de los pinchazos y todos los telediarios abriendo con las correspondientes imágenes. Una pena que no haya más programas taurinos en los canales de televisión. Yo hubiera pasado las faenas de Tomás y luego las de Castella y habría abierto los micrófonos para que la gente las comentara. A ver si le ocurre a alguien hacerlo, si le dejan. Creo que no.