José Antonio del Moral

FERIA DE SAN PEDRO EN BURGOS

 

OREJAS PARA JOSÉ IGNACIO RAMOS Y EL CID EN OTRA TOMADURA DE PELO DE JOSÉ TOMÁS

 

En la parte normal del festejo, el diestro burgalés salió a hombros tras torear como buenamente supo y pudo, sobre todo al cuarto toro de Cuvillo que fue el mejor de la corrida y del que cortó una merecida oreja (de ninguna manera la pueblerina que le regalaron del torillo que abrió plaza), mientras el sevillano, con el lote más lucido en conjunto, anduvo como suele: clásico y hasta bien con algún pero e irregular con la espada por lo que tuvo que contentarse con otra merecida oreja del tercero que hubieran sido dos de no haber pinchado al sexto.

Y en la parte digamos paranormal que, !cómo no¡, correspondió al incondicionalmente adorado diestro de Galapagar, destacó el desbordado entusiasmo que provocó su presencia antes, durante y después de pegar un indisimulable petardo con sus dos toros, ciertamente los peores del encierro. Con ambos dio un recital de incompetencia profesional aunque tan fiel a su tancredista estoicismo como a su nulo sentido del temple al tiempo que la mayoría de los espectadores se le entregaron rendidos a no sé qué, presos de una locura indescifrable. Primero le regalaron una oreja de risa por una entrecortada y deslavazada labor que terminó con infamente bajonazo, y después le ovacionaron con pasión por torear (?) pegando contínuos trapazos y enganchones como un vulgar e indocumentado principiante que, además, repitió pinchazos. Eso aparte del ínfimo trapío y de las vergonzosas cabezas de las reses a las que se enfrentó, tal y como en Alicante y es de suponer que también en Algeciras. Dejando atrás el acontecimiento de Barcelona que todos celebramos, ¿son estas, por ahora y aún reconociendo su gran tirón de taquilla, la seriedad, la verdad y el revulsivo que, supuestamente, iba a traer Tomás a la Fiesta?. Visto lo visto y tan bien como andaba la temporada, hasta vergüenza dará seguir hablando de ello si sigue tomándonos el pelo en este mismo plan por mucho que digan o traten de ocultar sus panegiristas. Sobre todo los que escriben bajo las instrucciones de su propia organización.

 

Burgos. Plaza del Plantío. 28 de junio de 2007. Cuarta de feria. Tarde por fin veraniega con lleno hasta los topes. Siete toros de Núñez del Cuvillo, incluido el sobrero que reemplazó al tercero, devuelto por muy flojo, Desigualmente presentados entre los muy terciados de la primera mitad y los más cuajados de la segunda y todos con escasísimas y más que sospechosas cabezas. Por más nobles destacaron el sobrero que hizo de tercero, el más completo cuarto y el sexto. El primero careció de fuerza y por completo de raza. El segundo resultó tan soso como distraído. Y el quinto, sin raza alguna, llegó a la muleta muy cortó de viajes. José Ignacio Ramos (celeste y plata): Pinchazo y buena estocada, oreja netamente burgalesa. Estoconazo caído y dos descabellos, oreja. Salió a hombros. José Tomás (rosa y oro): Bajonazo, oreja de risa aunque pedida por la mayoría. Dos feos pinchazos y estocada trasera desprendida, petición insuficiente y gran ovación con improcedentes saludos desde los medios. El Cid (encarnado y oro): Pinchazo muy hondo tendido y descabello, oreja. Dos pinchazos y estocada, ovación.         

 

El ambiente en Burgos, parecido al de Barcelona aunque salvando las distancias. Sobre todo porque en esta bella e histórica ciudad del Arlanzón todavía no hay aeropuerto. Ni imagino la que se hubiera formado de haber podido aterrizar aquí gentes de todo el mundo. De todos modos, cuando eché un vitazo con mis prismáticos sobre los tendidos de sombra y pasé rápida lista, no eché en falta a casi nadie. Vamos, que estábamos todos y, de Madrid para arriba, no digamos. De Bilbao concretamente, todos y cada uno de los tomasistas que nunca lograron verle bien en su plaza y aún siguen esperándolo posesos. ¡Pobres ricos¡

 

Ante tal estado de cosas y como casi todos llegaron para comer cordero asado en Ojeda, algunos tomamos precauciones para no contagiarnos y nos fuimos al fantástico asador que acaban de estrenar en Lerma, donde nos deleitamos con mollejas rebozadas, morcilla retostoneada en la sartén, que es como está mejor, y una merluza en salsa verde como para chuparse los dedos. 

 

Y allí empezamos a hablar del misterioso tema que acaba de resurgir con José Tomás y de sus extraños efectos contaminantes sobre la afición, llegando a la conclusión de que esa tercera fase que dicen posee, no es puramente torera sino la capacidad cada vez mayor que tiene el de Galapagar de convertir a miles de personas en taurinamente imbéciles. ¡Oigan, pues es verdad!, dijo uno de mis acompañantes cuando, tres horas después, miles de pañuelos pedían la oreja y hasta la otra del segundo minitoro sin apenas cuernos de Cuvillo, pese a lo deslavazado de los pases que pegó Tomás de allá para acá, fuera de cacho, con el pico, sí , y hasta con la pala, echándose el toro a Pernambuco, y ni siquiera el bajonazo con que lo mató.  

 

Y es que este tío es acojonante porque, haga lo que haga y sea el toro como sea, hasta con los más pequeños o esmirriados y los más vergonzosamente arreglados, logra que la gente crea estar en el mismísimo cielo taurino – es como ver torear a la vez a Joselito, a Belmonte, a Manolete, a Luís Miguel, a Ordóñez, a El Juli y a Ponce, va escribiendo y diciendo por ahí uno de sus más locos panegiristas - y, encima, les de igual ocho que ochenta. Esa, esa es su grandiosa, su divina, su inalcanzable y exclusiva potestad. No me choca, pues, que los demás toreros y sobre todo los que llevan siendo figuras desde hace más de diez años, desesperen cada vez que les cuentan estos efectos alienígenos y más cuando torean con él. Por eso en las corridas de José Tomás siempre hay dos partes separables. La normal, que es la que protagonizan los desgraciados que actúan de comparsas del divino y la paranormal que se desarrolla con los toros que le corresponden al genio.

 

Ayer, sin embargo, al local Ramos le regalaron la oreja del primer toro por hacer como solía Antonio Bienvenida y ahora Esplá cuando no hay casi nada que rascar. Fue para preparar el ambiente y al palco presidencial ante lo que vino después. Aunque, llegado el quinto al ruedo, algo debió fallar aparte de la mala condición del toro porque la inconmensurable cantidad de trapazos y de pases enganchados que le pegó Tomás – unos citando desde lejos, otros desde cerca, los más en la media distancia - ni uno, pero que ni uno bueno ni en serio logró -, sumieron en cierta confusión a los que esperaban otro milagro del santo de Galapagar. Se entristeció un poco la plaza, es verdad. Se vinieron ligeramente abajo los efluvios, es cierto. Y es que alguien gritó desde un palco: ¡Oigan, que el temple sirve para algo y a este torero parece que se le ha olvidado por completo que la única manera de arreglar a esta clase de animales es templándolos¡ ¿O no? O, ¿no es eso lo que venimos leyendo, diciendo y repitiendo toda nuestra vida?

 

Pues para muchos no. Porque, entre tan repentino desencanto, hubo montones que siguieron aplaudiendo y hasta quienes pidieron la oreja después de dos pinchazos y un sablazo. Y, de nuevo, se incendiaron los tendidos de ovaciones cuando Tomás salió a saludar una vez arrastrada la ruina, llegando a los medios como si lo que acababa de hacer hubiera sido la mismísima obra en mármol rosa del Taj Majal.

 

Comprenderán ustedes que si comparamos estas maravillas de las mil y una noches con las vulgaridades que llevaron a cabo tanto José Ignacio Ramos como El Cid, aquí no demos tanto espacio a ambos espadas aunque sí debamos dejar constancia de que lo único bueno que vimos ayer dentro de la normalidad, fueron la segunda faena de Ramos con el estupendo quinto, que ni él mismo se creyó lo bueno que era porque jamás se había encontrado con un toro así, y las dos tersas obras muleteras de El Cid que, con todos sus defectos, resultaron bastante mejores que todo lo demás. Viéndole en comparación con lo que hizo Tomás, hasta el mismísimo Antonio Ordóñez pareció reencarnarse en Manuel Jesús mientras – me cuentan – la estatua en bronce del verdadero Cid que hay en Burgos, tomó carne y, por un instante, se hizo mortal.