José Antonio del Moral
FERIA DE SAN PEDRO EN BURGOS
TRIUNFAL DESPERTAR CON UN
FAENÓN DE CASTELLA Y OTRA LECCIÓN DE EL JULI
Ambos espadas que, con casi lleno, actuaron
mano a mano, empataron en trofeos y salieron a hombros, consiguieron sus
mejores actuaciones con los toros cuarto y quinto de Antonio Bañuelos a los que
cortaron dos orejas. La gran faena del francés fue un prodigio de asombrosa ligazón
y temple. Y la del madrileño, una señera obra de creciente orfebrería técnica.
Otra oreja de menor importancia arrancó El Juli de la
anovillada res que abrió el festejo. Y la tercera de Castella, también menos valiosa, la logró del sexto toro,
el más cuajado y bravo aunque muy a menos en la muleta de una desigual corrida
que empezó como si fuera de pueblo y terminó digna de la capitalidad del coso.
Burgos. Plaza del Plantío. 26 de junio de 2007.
Segunda de feria. Tarde fría con casi lleno. Seis toros de Antonio Bañuelos,
muy desigualmente presentados en creciente cuajo desde el anovillado
primero y el flacón segundo a los más cuajados siguientes y el más serio sexto.
También de juego desigual y en creciente importancia con le denominador común
de la nobleza en distintos grados fuerza, más escasa la de los primeros toros.
El primero embistió protestando por su carencia energética. El segundo, se rajó
nada más iniciada la faena. El tercero llegó a la muleta corto de viajes y
mirando mucho al torero. El cuarto fue docilísimo, humilló y duró mucho aunque un punto desrazado y soso. El quinto obedeció notablemente a los
engaños aunque sin demasiado celo ni repetir a la muleta. Y el más pesado sexto
fue bravísimo en el cababallo y alegre en palos pero
se vino después abajo por el exceso de castigo y por renquear. El Juli (azul prusia y oro):
Estocada muy baja, oreja pueblerina. Dos pinchazos, buena estocada y
descabello, silencio. Gran estocada, dos orejas. Sebastián Castella
(añil y oro): Más de media atravesada que escupe, estocada baja trasera
atravesada y descabello, ovación. Estoconazo trasero,
aviso y dos orejas. Estocada, oreja a favor de obra. Ambos espadas salieron a
hombros. Entre las cuadrillas, destacó a caballo Enrique Campuzano por su gran
puyazo al sexto toro y Curro Molina por sus pares de banderillas en este mismo
animal. El Juli y Castella
salieron a hombros.
La forzada ausencia de dos de los espadas anunciados – José
María Manzanares y Cayetano – fue suplida con gran acierto empresarial por
Sebastián Castella y se halló un también atractivo
pleno con el mano a mano entre el gran matador francés y El Juli,
único superviviente del cartel y seguro triunfador en cualquier parte, bien
como indiscutible estrella o como apaga fuegos de superlujo.
Y si a tal enfrentamiento entre ambos diestros se añadía la corrida del
ganadero burgalés, Antonio Bañuelos, ya me dirán ustedes si la cita era o no
era como para chuparse los dedos.
Tanto, que ni siquiera le importó a la gente que la corrida
empezara como si fuera de pueblo con un primer toro de tercera, una demasiado
rápida faena de El Juli que no sé si es que tenía
prisa o qué razón le acuciaba a torear tan amontonado y destemplado, un
bajonazo que fue tomado por la gente como si fuera perfecto volapié y una oreja
de plaza de carros. Tampoco fue para tirar cohetes lo de Sebastián Castella con el escasamente presentado segundo toro que se
rajó nada más salir al ruedo y no cesó de huir de la bien intencionada muleta
del francés, para colmo nada fino con la espada.
Y cuando ya empezábamos a estar mosqueados y no solo con la
presencia del ganado, saltó al ruedo un tercer toro como Dios manda y empezó a
cambiar la decoración de una tarde que, a partir de ese momento, se convirtió
en el acontecimiento que todos deseábamos. Porque aunque este tercero de Bauñuelos solo le sirvió a El Juli
para lucirse en su gran recibo de capa por verónicas, en un preciso y variado
quite por tafallera, tijerilla y revoleras, y en un
esperanzador y valiente arranque de faena de rodillas – el toro se vino después
completamente abajo –, en plena merienda salió el cuarto y la plaza recobró su perdido
aliento.
Un gran toro este cuarto por su mucha clase y especial
embestir muy a lo mexicano que allí lo llaman caminar. Caminaba despacito, en
efecto, el animal y demás con el morro por el suelo desde el principio hasta el
final de cada lance o pase y Castella, que ya había
descubierto este virtuoso modo de embestir tantas veces aprovechado con otros
tantos toros parecidos en sus anchas excursiones americanas, se fue enseguida a
los medios y, tras iniciar la faena con sus clásicos pases cambiados por la
espalda, se dispuso a torear lento y pluscuamperfecto sin casi darle
importancia a su quietud ni a su desprendida despaciosidad hasta el punto de
resultar inesperadamente arrollado por el toro por lo muy cerca que se lo
estaba pasando. Vamos, que el toro se echó materialmente a los lomos al francés
y el público, hasta ese instante más atento a la cecina con cebolla y a las
botas de vino que a lo que sucedía en el ruedo, despertó raudo al mismo tiempo
que Castella retomaba la faena en su otro plan.
Puedo decirles que de las muchas grandes obras que le llevo
vistas a Sebastián, esta segunda parte de su faena al cuarto toro de Bañuelos
es la que más me ha conmovido – también a los aficionados burgaleses – porque
no se puede torear más absolutamente quieto ni más despacio a un toro
obligándole a volver sobre sus propios pasos una y otra vez sin que pare ni un
segundo hasta rizar el rizo de lo que se llama el ocho. Tal era la obediencia
del animal a la muleta del torero y tal la calma y la precisión milimétrica con
que siempre fue templado el animal – ni una sola vez enganchó la muleta – que
aquello más pareció ser obra de un mago que de un torero digamos normal.
Mientras la maravilla acontecía, yo me estaba acordando da
aquella faena histórica de Paco Ojeda al toro de “Jandilla”
en una memorable feria de Málaga y, de paso, imaginando que no dirían ahora algunos
de José Tomás si alguna tarde osara hacer cosa parecida. Algo que jamás logró
el de Galapagar ni de milagro y sí este Castella que,
además, solo es de Beziers. No de Marte, ni de Venus,
ni de Júpiter. Acabáramos, pues. Como acabó Castella
con el magnífico e inaccesible cuadro de una estocada entera arriba y, de
seguido, con las orejas del toro en sus manos mientras la gente permanecía
atónita y en pie.
Como no podía ser de otra manera, la respuesta de El Juli llegó tan segura como lo es la superdotada cabeza
torera del madrileño aunque con un toro quinto de no tan buena ni siquiera
parecida condición al anterior. Se revolvió raudo sobre sus manos en el recibo
de capa, blandeó en varas y, aunque galopó en banderillas, no acabó de rematar
en la muleta. Y, encima, saltó el viento. Pero nada de ello importó para que El
Juli empezara a trabajar, primero para recomponer
todo lo que más les molestara y, poco a poco, ir engarzando unas suertes a
otras a base de filigranas técnicas que, unas veces quieto, y otra yéndose o
viniéndose al paso, cuando no buscándole las vueltas al toro, la faena se
convirtió de simple diseño sobre blanco papel, en bello edificio hermosamente
edificado que terminó enhiesto sobre la arena de la plaza de Burgos y, al
final, liquidado con la mejor estocada de la tarde y con otras dos orejas sobre
el ya lujoso mantel.
Faltaba, claro está, ese toro de Bañuelos inequívocamente
bravo para que Castella lo indultara y a fe que el
sexto pareció que lo iba a ser. Sobre todo por la presencia, la esencia y la
potencia del animal frente al caballo de Enrique Campuzano que fue quien lo picó en magno puyazo. Pero no sé si fue por el gran peso del
torazo, o porque acusó demasiado el castigo, o porque a consecuencia de todo
ello el toro empezó a renquear de patas, le costó mucho embestir y, no digamos,
repetir, y la faena por tantos ansiada solo llegó a prolijo trasteo que a unos
les pareció suficiente para que Castella empatara con
El Juli a tres orejas mientras otros se quedaron con
las ganas de comprobar cómo se hubiera comportado el toro si Castella le hubiera citado desde lejos en vez de hacerlo
siempre desde cerca. Y en tal incógnita aunque felices y no tan helados como
anteayer, por cierto, nos fuimos al hotel mientras los dos grandes toreros y,
me cuentan, que en compañía del ganadero eran sacados a hombros de esta plaza,
ya digna de su capitalidad.